viernes, 20 de marzo de 2009

FIESTAS POPULARES

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Soy un tipo raro. Tengo que confesar que, aunque no soy contrario a ellas, no suelo participar en las fiestas populares. Me agobian. Normalmente procuro estar lejos del lugar donde se desarrollan, porque las considero como la manera que emplea la sociedad para ritualizar el exceso, sea éste del tipo que sea: exaltación de las tradiciones, manifestación religiosa, reunión gastronómica, conmemoración histórica o patronal...

Bajo la disculpa de que "estamos en fiestas" se permiten acciones y comportamientos que no se toleran fácilmente durante el resto del año; todo sea por pasarlo bien. Pero como tienen una ubicación concreta en el calendario y una duración limitada, las consecuencias posteriores se asumen con naturalidad como un mal necesario. Al fin y al cabo es una vez al año.


Reconozco que en una época de mi vida participé en ellas, más por experimentar la novedad que por sentirme integrado en el éxtasis colectivo. Siempre recordaré el momento que pasé junto a mi novia en las fallas, intentando acceder por una calle lateral a la Plaza del Ayuntamiento de Valencia en medio de la aglomeración... Durante un instante que se nos hizo interminable nos encontramos suspendidos en el aire, sin hacer pie, desplazándonos por la presión ejercida por la masa en lento movimiento... Lo pasé tan mal que no me quedaron ganas de repetirlo. No siento la necesidad. Prefiero mantener mis particulares equilibrios con el entorno. Aún así, comprendo las ganas de disfrutar y el ánimo con el que se toma la mayoría del personal este tipo de celebraciones, independientemente de la edad o del nivel social . Es una buena forma de romper con la rutina del día a día. No todo va a ser trabajar...

Lo que no acabo de entender del todo es la evolución imparable del fenómeno del botellón. Inicialmente lo consideraba como una manifestación espontánea provocada por la necesidad de relacionarse de una manera diferente, al mismo tiempo que una reacción al ambiente y a los precios impuestos por los bares de copas. Hasta aquí nada que objetar, en todo caso, un motivo de aplauso. Así era en sus inicios no tan lejanos en el tiempo.

Pero el modelo se ha extendido como una mancha de aceite y se ha generalizado hasta llegar a institucionalizarse. Se está convirtiendo en "la fiesta sin fin" en la que sólo participa gente de una determinada edad, mientras que el resto sólo la observa ajeno a ella o, en el peor de los casos, llega a padecerla como un auténtico calvario... de forma continua durante todo el año... varias veces por semana...

Cuando la fiesta de unos se desarrolla a costa del sufrimiento de los otros ya no es una fiesta de todos. Pierde toda su gracia. Sobre todo cuando la medida de la diversión se calibra en función de la cantidad de alcohol ingerido, o de la cantidad de gente reunida, o de la cantidad de basura que deliberadamente se ha tirado en la zona. ¡Ya la recogerán los de la limpieza! ¡La próxima, más grande y más sonada! ¡Macrobotellón!

(Campus de Elviña al amanecer del 20-3-09 tras la fiesta de "San Pepe")

Cuando la fiesta se convierte en un fin en sí mismo es que faltan otras expectativas mejores. Algo huele a decadente en todo esto...

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1 comentario:

jcvb dijo...

Bueno, yo también puedo ser algo "raro" en esto, como tú. De todas formas, creo que la fiesta es, en muchas ocasiones, un instrumento de liberación colectiva.

Creo que, normalmente, estamos sujetos a múltiples "encorsetamientos" de todo tipo: económicos, sociales, de relación con nosotros mismos y con los demás... y supongo que se necesitan espacios de liberación, bajo unas formas que, a veces, no nos son cómodas a algunos. Estas "liberaciones" convienen al conjunto social o al verdadero "poder"... (esto lo explica mucho mejor que yo Marcial Gondar Portasany).

En ocasiones, además, en la fiesta se ridiculiza a quién, desde una posición de inferioridad, no se puede ridiculizar el resto del año. Piensa en el carnaval gallego y sus soeces disfraces de "prebostes de la Iglesia o de otros poderes"; o los "Peliqueiros de Laza" dando "host...", que creo son, históricamente, la representación de los recaudadores de impuestos a los que trabajaban las tierras para la Iglesia o la nobleza...


En cuanto al "botellón"... ahí se juntan, en mi opinión, muchas cosas: precios abusivos del alcohol, intento de significarse como grupo de edad, espíritu de rebeldía social "mal encauzada" (aunque... ¿se puede encauzar la rebeldía?)...
Redirigir este fenómeno es algo muy difícil y mucho más complejo que el "pues yo esto lo solucionaba rápidamente con un par de coj..." Quizás habría que intentar desplazarlo a lugares en los que las molestias sean mínimas y dejar que vaya muriendo...