martes, 15 de febrero de 2011

ETAPA 23: SARRIA - GONZAR

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Martes, 19-10-2010: De Sarria a Gonzar (31 Km.)
  
¡Vamos de romería!

Niebla y frío a primera hora. Cielo despejado y buena temperatura el resto del día.



Al llegar a Santiago sólo obtienen La Compostela aquellos peregrinos que acreditan haber hecho al menos 100 Km. a pie o a caballo. Por este motivo, la ciudad de Sarria es el punto donde comienza su andadura un mayor número de personas, muy por encima de otros lugares tradicionales como O Cebreiro, Astorga, Roncesvalles o Saint Jean Pied-de-Port. El principio de la Escalinata Mayor está a 111 Km. de la Plaza del Obradoiro, y hasta allí se desplazan desde todas partes los que quieren cumplir con ese requisito. Y vaya que si se nota...

Después de la fiesta de la noche anterior, en la habitación del albergue nadie parece querer levantarse cuando pasa ya un buen rato desde que dieron las siete. Después de desperezarme bajo una buena ducha, me preparé el desayuno. Terminé de acondicionar la mochila en cuanto mis compañeros de cuarto encendieron las luces, y ya se había hecho de día cuando en medio de la niebla comencé a subir por la Calle Mayor. Antes de salir de la ciudad, una vez delante de la fachada del Convento da Madalena,  me veo envuelto en medio de una multitud que parece iniciar en ese momento el mismo itinerario que yo. Se trata de un grupo de 150 adolescentes franceses que van haciendo ciertas etapas seleccionadas del Camino Francés como parte de sus actividades escolares. Coordinados por sus profesores, y con un apoyo logístico bien organizado, llevan ya varios días de ruta.

A pesar de que llevo un ritmo algo más vivo que ellos, al llegar al Ponte da Áspera, un puente romano de cuatro ojos que salva el cauce del Río Pequeno, todavía no alcanzo a ver la cabeza del grupo, que marcha bastante estirado. La niebla sigue siendo espesa y la temperatura fresca, y no será hasta un buen rato después, en que sus profesores deciden hacer un alto, cuando puedo por fin dejarlos atrás.



Pero lejos de llegar a alcanzar de nuevo el sosiego del caminante solitario, la realidad me hace ver que eso va a ser muy difícil en la jornada de hoy. Es tal la cantidad de gente que me voy encontrando a lo largo del camino, que parece que estoy participando en una multitudinaria romería, y por mucho que vaya adelantando gente, siempre quedan muchos otros que caminan por delante de mí. Mal acostumbrado en las jornadas anteriores a disfrutar de cada rincón casi en exclusiva, esta sensación de ir permanentemente rodeado de gente llega a ser un poco agobiante. En cada pequeña parada, aunque sea para una simple foto, me adelantan al menos 15 ó 20 personas a las que acababa de sobrepasar, y a las que volveré a encontrarme poco después cuando recupere el ritmo que llevaba. En estas circunstancias, las palabras ¡Buen Camino! que se dedican normalmente dos peregrinos que se encuentran, se convierten ahora en un ritual absurdo.



Entre los pocos que marchamos en solitario caminan parejas o grupos, de jóvenes y no tan jóvenes; de hombres, de mujeres o mixtos; riendo, hablando o en silencio... cada uno a su ritmo. Entre gente muy variopinta se ven detalles curiosos que no había apreciado en todo lo que llevo andado hasta aquí, como aquella que va caminando sobre las piedras del camino en chanclas de ducha, llevando unas relucientes botas de montaña atadas a la parte superior de la mochila... o la que lleva el saco de dormir en la mano... o el que, además de la mochila, va cargando con dos voluminosas bolsas de plástico, una en cada mano... o los que, tras poco más de una hora de camino, se tienen que parar a descansar porque ya no pueden más, o porque las ampollas les queman en los pies... u otro que lleva múltiples elementos del equipo atados a la mochila, balanceándolos a cada paso como si se tratase del carro de un buhonero errante... ¿De dónde habrá salido toda esta gente?



A medida que voy avanzando, van quedando atrás los lugares de Vilei, Barbadelo, Rente, Mercado da Serra, Peruscallo, Cortiñas, Lavandeira, O Casal y A Brea. Poco antes de llegar a Morgade se encuentra el Marco K.100 que señala la distancia hasta la catedral, y es a buen seguro uno de los objetos más fotografiados del camino. Por fortuna, después de algo más de dos horas de ruta, muchos caminantes se han ido rezagando, y ya se puede disfrutar del paisaje sin tantos agobios.


Ya no hay que superar los grandes repechos de las jornadas anteriores, pero el paisaje sigue siendo espectacular. Las carballeiras se alternan entre zonas de cultivo, y generosos soutos alfombran el camino de erizos rebosantes de castañas, dando paso a verdes prados donde grupos de vacas pastan en aparente libertad. Algunos tramos de asfalto se alternan con otros de tierra, o con estrechos senderos que a veces se encharcan al salvar pequeños cursos de agua. Zonas abiertas a pleno sol se convierten de pronto en sinuosas y umbrías corredoiras, haciendo muy agradable y variado el transcurrir de la jornada. En el lugar de Ferreiros, junto a la Iglesia de Santa María, se prepara un equipado avituallamiento con coche escoba incluido, en espera del grupo de escolares que no tardará mucho en llegar.



Mirallos, A Pena, As Rozas, Moimentos y Cotarelo son tranquilos lugares de paso antes de comenzar el largo descenso al Valle del Miño, que ya se ve a lo lejos completamente cubierto por la niebla. Se acerca el mediodía, y al llegar a Mercadoiro es buen momento para detenerse aprovechando la amplia terraza al sol que han montado las hospitaleras que gestionan el albergue, una casa de piedra restaurada con gran acierto, y que poco a poco se va llenando de grupos de peregrinos necesitados. Sentado a la sombra de los árboles, en una mesa junto a un muro cubierto de hiedra, aprovecho el momento para dar un poco de paz a mi pierna, que ya empezaba a pedirlo.


A pesar de que la energía no me falta, y de que en ningún momento se me ha hecho excesivo el esfuerzo, en los últimos días he ido notando que la pierna izquierda se me carga progresivamente a la altura de la tibia hasta ocasionarme dolor. No me impide caminar, pero me obliga a detenerme cada poco más de dos horas para darle 15 ó 20 minutos de tregua hasta que la tensión se vuelve a relajar. Son ya muchos días acumulados y no me vendría mal un día completo de recuperación, pero a estas alturas seguiré tirando mientras pueda, con la ayuda de los antiinflamatorios que todavía me quedan. Aunque también he observado que si acompaño el descanso con una cerveza bien fría, la relajación es más efectiva, y en ello me aplico.



En la bajada hacia el Embalse de Belesar pasaré por las aldeas de Moutrás, A Parrocha y Vilachá antes de que aparezca la carretera y el largo viaducto que cruza el Río Miño. En la ladera de enfrente se levanta actualmente el pueblo de Portomarín, que aunque queda al margen del camino, los peregrinos que quieren finalizar aquí su etapa han de alcanzarlo subiendo por una escalinata que salva la carretera sobre el arco de piedra de un antiguo puente medieval, rematado por la Capilla de la Virgen de las Nieves. El embalse está ahora vacío, y a ambos lados del viaducto se aprecia la magnitud del valle inundado. También se pueden ver completamente descubiertos los restos de la primitiva ubicación de la villa, del malecón y del puente romano que cruzaba el río, construido en el Siglo II.



El primitivo Portomarín se asentaba inicialmente a una altitud inferior, junto al margen del río, pero al construirse la presa de Belesar en 1962, hubo de trasladarse por completo a la cima del Monte do Cristo, donde sus principales edificios fueron reconstruidos piedra a piedra en calles de diseño rectilíneo. Subiendo junto a las arcadas de la calle principal, en la plaza situada en la parte más alta destaca la Iglesia de San Nicolás (antes, de San Juan), una auténtica fortaleza de estilo románico levantada a finales del Siglo XII por los Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén, a quienes se encomendó el control del puente sobre el Río Miño. Coronada por dos torres almenadas, sobre su pórtico de entrada destaca un gran rosetón.


 Vuelvo atrás para salir de Portomarín y, tras cruzar el estrecho puente metálico que salva uno de los ramales del embalse, me  reencuentro de nuevo con el camino, que a partir de ahora se convierte en una prolongada subida hasta abandonar el Valle del Miño. En los poco más de ocho kilómetros que quedan hasta Gonzar vuelvo a la tranquilidad del caminante solitario, ya que Portomarín es un final clásico de etapa y allí se va quedando la mayor parte de los que empezaron a caminar en Sarria. El primer tramo de la subida marcha junto al cauce de un arroyo, el Rego de Torres, bajo la agradable sombra de los castaños, pero más adelante el camino se transforma en andadero, y avanza monótono en paralelo a la carretera.



Al paso por el lugar de Toxibio se puede ver el excelente hórreo de una finca bordeada por un murete de piedra, entrando aquí en una carballeira a la que siguen varios pequeños pinares que van separando el camino de la carretera. Enseguida se llega a la parroquia de Gonzar, un pequeño grupo de casas en el que se puede elegir entre dos albergues; uno público, en el edificio de la antigua escuela, y otro privado, en una casa de aldea rehabilitada recientemente.



Para llegar al Albergue Casa García hay que separarse de la carretera  por una calle en la que no falta el "tráfico pesado".  Está atendido por un par de hospitaleras originarias de Europa del Este, cuya recepción inicial es un poco "áspera", pero las instalaciones son buenas. Cuenta con bar, comedor y un acogedora sala de estar con chimenea en la que destaca una gran pantalla de televisión. Elijo una cama a mi gusto en un dormitorio soleado, casi vacío, y mientras llegan otros peregrinos despliego mis pertenencias sobre la cama.

Después de la ducha y el paso por la "lavandería" ya tengo todo listo para salir de paseo. Pero, para mi sorpresa, no saldré solo. En el dormitorio de al lado me encuentro con Philippe, que también ha llegado hace rato y en unos minutos termina de prepararse.



Cuatro casas mal contadas y un par de establos se agrupan en torno a la Iglesia de Santa María, pero al final de la aldea encontramos un bareto, El Descanso del Peregrino, donde por fin nos podemos tomar con tranquilidad un par de Estrellas. Philippe me hace la crónica de estos dos últimos días y de su visita a Samos. Dice estar encantado de su recorrido por Galicia, ya que tanto su paisaje como su gente le inspiran paz. Yo le hablo también de mi experiencia, y le muestro en unas fotos lo que son las berzas, porque en la cena de Fonfría me fue difícil explicarle de dónde salía la verdura que llevaba el caldo que nos comimos. Ambos perfeccionamos idiomas.



De vuelta al albergue nos espera todavía otra sorpresa. Allí nos encontramos con Pablo, el mejicano que me acompañó durante la travesía desde Carrión de los Condes hasta Calzadilla de la Cueza, y al que ambos habíamos conocido durante la cena internacional en el albergue de Boadilla del Camino.

Cenamos los tres en el albergue y, después de un rato de conversación, acordamos hacer juntos el resto del camino hasta llegar a Santiago. Antes de acostarnos todavía nos dio tiempo a ver la primera parte del partido de la Liga de Campeones entre el Real Madrid y el Milan. Lo suficiente para que el Real Madrid se adelantase por 2-0 en el marcador con goles de Cristiano y Özil.



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3 comentarios:

Nando dijo...

Desconocía las virtudes de la cerveza como antiinflamatorio, pero si a ti te ha dado resultado habrá que probarlo. Va a ser que lo de la barriga cervecera era una leyenda urbana je je je.

Miguel dijo...

Antiinflamatorio, reconstituyente, diurético, reconfortante... y hasta quita la sed.

¡Sobre todo si es Estrella!

Be* dijo...

Tomaré buena nota por si me cae en algún examen...jeje

Por cierto, pagaría por verte tratando de explicarle a Philippe de donde salen las berzas.