miércoles, 2 de febrero de 2011

ETAPA 20: PONFERRADA - TRABADELO

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Sábado, 16-10-2010: De Ponferrada a Trabadelo (33 Km.)
  
¡Ay va! ¡La cartera!

Frío y niebla a primera hora. Cielo despejado y buenas temperaturas el resto del día.


Después de una noche en "ambiente espeso" me levanté sin prisa y, ya con el equipo guardado en la mochila, me preparé el desayuno que había comprado la tarde anterior. La cocina tenía gran movimiento a esas horas, y los hospitaleros aligeraban al personal con el aviso de que a las ocho se cumplía la hora límite para abandonar el recinto. Unos minutos antes saqué la cartera, aboné "la voluntad" en el buzón habilitado sobre un mostrador, y salí al exterior. Bien abrigado del frío y de la niebla con los guantes y la bufanda tubular, eché a andar hacia el interior de Ponferrada.

Al salir del albergue se enlaza de nuevo con el camino en la Plaza del Temple, por la parte de atrás de la Iglesia de San Andrés. Se atraviesa el casco antiguo por las Calles del Comendador y del Reloj para desviarse hacia el cauce del río en la misma Plaza Mayor. Una vez cruzado el Río Sil, el itinerario urbano prosigue ahora por calles modernas y arboladas. Entre edificios de viviendas, urbanizaciones y algún colegio, la larga Avenida de las Huertas del Sacramento se dirige hacia la salida de la ciudad en paralelo al río, pasando junto a la escombrera donde hace no muchos años se levantaba la enorme montaña de carbón que surtía a la central térmica Compostilla I de Endesa, cuyo edificio quieren recuperar ahora para convertirlo en el Museo Nacional de la Energía. A pesar de que han hecho un gran esfuerzo para urbanizar la zona, el paisaje no es muy sugerente. Llevo un buen rato caminando y sigue haciendo frío.

Subiendo por la avenida que entra en el poblado de Compostilla, construido para alojar a los empleados de la central y a sus familias, siento una extraña sensación de desnudez y, como queriendo descubrir dónde está el error, empiezo a palparme en los costados... ¡Ay va! ¡La cartera! El dinero, las tarjetas, la documentación, el móvil, la cámara de fotos, la credencial de peregrino... ¡Todo lo que llevo de valor! ¡Me lo he dejado en el albergue! ¡Alarma general! Mi cabeza empieza a funcionar muy rápido... querían que lo dejásemos libre a las ocho y ya son casi las nueve... no puedo volver andando... corro hacia la carretera y, plantado en medio del asfalto, obligo a pararse al primer coche que pasa hacia Ponferrada... parece que al conductor le convence mi historia de peregrino en apuros... ¡Sube! ... pasan los minutos y el tráfico a esas horas apenas avanza ¿Habrán cerrado? ¿Estarán al menos las de la limpieza? ¡Esta ciudad es enorme! Mi corazón bombea rápido... ya casi estamos... a la entrada hay una excursión de gente joven descargando maletas... ¡Está abierto! ... corro hacia el mostrador y allí veo a uno de los hospitaleros con gesto de estar esperándome desde hacía rato... aquí la tienes... ¡Salvado! No conozco su nombre, ni él tampoco el mío, pero me hizo un gran favor llevándome en su Ford Fiesta, también volviéndome a dejar casi en el mismo punto en donde le había asaltado... ¡Muchas gracias!



De vuelta a la calma,  entro por fin en Compostilla, colonia obrera de casas bajas  y calles arboladas, con una coqueta capilla en el centro y unas extensas instalaciones deportivas. Siguiendo siempre por asfalto, después de salvar la antigua N-VI bajo un túnel se accede al núcleo de Columbrianos donde, tras pasar junto a la Ermita de San Blas y de San Roque, se abandona la gran zona urbana de Ponferrada y ya se empiezan a ver las típicas cepas de Mencía características del Bierzo. Todavía por una pista asfaltada voy dejando atrás las localidades de Fuentes Nuevas y Camponaraya. Son ya casi las once y aún no ha levantado del todo la niebla cuando, tras pasar sobre la Autovía del Noroeste por un puente de hormigón, entro en la pista agraria que atraviesa la vega del Río Magaz entre viñedos y choperas.



Entrando en  Cacabelos por el Barrio de Cimadevila es parada obligada la casona denominada Moncloa de San Lázaro, donde se encuentra el  restaurante Prada a Tope. Construida en el Siglo XIII como hospital y lazareto, en el Siglo XX fue rehabilitada para utilizarla como vivienda y local de hostelería, y hoy es una de las referencias arquitectónicas y gastronómicas de la comarca. Por sus dimensiones y su cuidado aspecto, llama la atención entre el resto de las casas que forman la calle de entrada a la villa, aunque muchas de ellas también se han visto favorecidas en los últimos años por un profundo "lavado de cara".



Entre recias casonas de piedra con balcones y algún escudo heráldico, en el centro urbano de Cacabelos se encuentran la modesta Ermita de San Roque y la Iglesia de Santa María, con su aguda torre neorrománica. La localidad, hoy capital comarcal del vino, perteneció a la diócesis de Compostela hasta 1890 y  todavía se escucha en la calle a gente que habla en gallego.

Cruzando el Puente Mayor sobre el Río Cúa se accede al Barrio de las Angustias, donde se puede ver un antiguo molino junto al Santuario de la Quinta Angustia, con su característica espadaña neoclásica.



El camino sigue ahora en ligera subida por el arcén de la antigua N-VI para pasar junto a Pieros, y después de cruzar el puente sobre el Arroyo de Valtuilles abandona el asfalto para entrar en el Camino de la Virgen. Buen nombre para un hermoso paisaje frente a las montañas donde, entre subidas y bajadas, se alternan huertas de cerezos con viñas, higueras, pinos y algún castaño. No puedo dejar pasar la oportunidad de saborear unos cuantos higos, un auténtico placer del que no disfrutaba desde tierras riojanas.



Un  "cazador de peregrinos" apostado junto al camino me anuncia las bondades de un albergue poco antes de llegar a la románica Iglesia de Santiago, a la entrada misma de Villafranca del Bierzo. Llego así al final de la décima etapa de las relatadas en el Códice Calixtino, el lugar donde por una bula papal obtenían el jubileo los peregrinos que no podían llegar hasta Compostela.



Situada en la confluencia de los Ríos Burbia y Valcarce y rodeada de montañas, la histórica villa cuenta con sus propios fueros desde el Siglo XII, otorgados durante el reinado de Alfonso IX. Convertida por los Reyes Católicos en capital de un marquesado otorgado al Conde de Lemos, en el siglo XIX fue designada por el Gobierno, durante un corto período de once años, capital de la quinta provincia gallega, que comprendía los valles de Valdeorras y El Bierzo.

Además de la Iglesia de Santiago, a la entrada del camino, son de destacar el Monasterio de San Francisco, con iglesia gótica del Siglo XIII, el Castillo de los Condes, los Conventos de San José, de La Anunciada y de San Nicolás el Real, y la Colegiata de Santa María, que en su día quedó sin terminar al no poder cumplirse el deseo de los condes de convertirla en catedral. Sus calles estrechas, entre las que destaca la Rúa del Agua, acogen destacables edificaciones en piedra como el Palacio de Torquemada y el Palacio de los Toledo. Todo historia a las puertas de Galicia.


De tanto recorrer y callejear se me ha hecho un gran hueco en el estómago. Justo al final del pueblo encuentro un buen lugar para comer en el Restaurante Casa Méndez, en un comedor con vistas al Río Valcarce, donde caen una sopa de verduras, media docena de truchitas fritas, natillas caseras y una gran cerveza para reponer líquidos.

Se sale de Villafranca por la Calle del Espíritu Santo. A estas horas el sol está bastante elevado y hace una temperatura que invita a echarse una buena siesta, pero todavía me quedan otros diez kilómetros para terminar la etapa y hay que seguir andando. Al abandonar el Valle del Bierzo, el camino enlaza con la antigua N-VI y avanza durante un largo trecho en paralelo al cauce del Río Valcarce, un angosto valle encajonado entre montañas que deja pocas alternativas al andadero de asfalto en que han convertido uno de los arcenes de la carretera, separándolo de la calzada por un murete de hormigón. A pesar de que el espacio natural es muy hermoso y de que la circulación de vehículos es escasa, se hace un poco agobiante caminar tanto tiempo encajonado de esta manera, rodeado por los cuatro costados de metal, asfalto y hormigón.


 Sólo se abandona el andadero para acceder a algún núcleo habitado, en este caso al pasar por Pereje, lo que supone un cierto alivio. A lo largo de esta jornada, después de que la mayor parte del itinerario haya sido por asfalto, mis gemelos se han ido sobrecargando y empiezo a tener molestias en la pierna izquierda, precisamente la que no me había dado ningún problema hasta ahora.

Un último esfuerzo y ya alcanzo  el desvío que me llevará hasta Trabadelo, una pista rodeada de grandes castaños que en esta época dejan caer sus frutos al suelo sin que nadie los recoja. ¡Lástima de no poder cargar con un saco! Aunque un poco más adelante hay uno público, me dirijo al Albergue  Crispeta, que  está justo a la entrada del pueblo.

Como en anteriores albergues privados situados en poblaciones pequeñas, se repite el mismo esquema: Edificio nuevo o restaurado, no muy grande, pero con unas cuidadas instalaciones, aseos y servicios comunes, donde el peregrino es el protagonista y se siente bien atendido. Por un precio similar (entre cinco y siete euros) los prefiero al trato adocenado de los albergues públicos en las localidades que tradicionalmente se toman como inicio y fin de etapa. Esta vez también he acertado en la elección. Sin que sirva de precedente, hoy me tumbaré un rato a descansar antes de salir a recorrer el pueblo, que creo que no me deparará grandes emociones aparte del paisaje espectacular donde está ubicado.


Antiguo burgo nacido junto al desaparecido Castillo de Outares, cuyo Señor cobraba un portazgo de entrada en Galicia, la localidad de Trabadelo es hoy un conjunto de casas que se extiende a lo largo de casi un kilómetro a ambos lados de la primitiva carretera de acceso a la meseta. Típicas construcciones de piedra con tejados de pizarra entre las que destaca el campanario de la Iglesia de San Nicolás, construida en el Siglo XVII, componen este núcleo de montaña cuya tranquilidad sólo se ve alterada por el paso de los peregrinos. Junto a los dos albergues, un restaurante de carretera que da servicio al tráfico de la autovía, un pequeño supermercado y algún aserradero, parecen ser los principales soportes de la economía de sus escasos 150 habitantes.


Compartía habitación con un francés, Olivier, y con otras dos chicas, también francesas. Después de un buen rato de charla, ellos se fueron a cenar al restaurante de la carretera, por lo que la cocina con televisión incluida quedó a mi entera disposición para prepararme sin agobios una ensalada y un plato de pasta. Me sentía "el rey de la casa" con todo el albergue para mí solo. Después de ver un rato las noticias de las nueve, me fui a dormir. A la mañana siguiente me esperaba la subida a O Cebreiro, una de esas etapas en las que se debe de estar fresco de cuerpo y mente.



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5 comentarios:

Be* dijo...

Seguro que te entristeció ver los higos tan pequeños en comparación con los que cogías en anteriores etapas a puntito de estallar y con chorretones de miel saliendo al exterior, jejeje

Miguel dijo...

El que no tiene cabeza tiene que tener Ford Fiesta

Nando dijo...

Estaba visto, yendo tan deprisa uno se olvida de todo, de los donuts, ... de la cámara de fotos, con la cantidad de buenas fotos ya sacadas y ... de la cartera, media vida metida en documentos que allí quedaban.
Visteme despacio que tengo prisa, dice el refran y no por mucho madrugar amanece más temprano, señala otro, no menos valioso.
Suerte del conductor y hospitalero que se apiadaron del peregrino.

IÑAKI dijo...

VAYA SUBIDON LO DE LA CARTERA....TE CONSIDERO UNA PERSONA TRANKILA...PERO EN ESES MOMENTOS.......APRIETAAAAA

Miguel dijo...

Un poco apretado sí que iba... sí.