martes, 20 de noviembre de 2012

ETAPA 18: SANTA CROYA DE TERA - MOMBUEY

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Por el Camino de los Mozárabes: Ruta Sanabresa

Domingo 3-6-2012 - De Santa Croya de Tera a Mombuey (36,8 Km.)
Salida: 6.30 - Llegada: 14.28

Ayuda a tu parroquia, ganamos todos.

Nubosidad variable, se suavizan las temperaturas (Máx. 24ºC)



Santa Croya y Santa Marta son dos pueblos vecinos, separados únicamente por el cauce del Río Tera. Mi primera parada es obligada a escasos 700 metros de haber salido del albergue, porque al otro lado del río se encuentra la Iglesia de Santa Marta, construida en el Siglo XI como parte de un antiguo monasterio. Es conocida porque al inicio de la primavera y del otoño se reproduce en ella el Milagro de la Luz, al igual que en el monasterio burgalés de San Juan de Ortega, y que en este caso consiste en la iluminación de un capitel en que se encuentra una talla del cristo resucitado, al que apunta la luz del sol que en ambos equinoccios entra al amanecer por el óculo situado detrás del altar.

Por este motivo, que en esas fechas aporta al lugar un cierto halo mágico y de misterio, esta iglesia románica es muy visitada por los peregrinos que recorren el Camino Sanabrés, pero también lo es porque, adosada a la portada que da frente al cementerio, se encuentra la talla en piedra más antigua que se conoce de Santiago Peregrino, y que se ha convertido en uno de los símbolos de esta ruta.
















En paralelo al cauce del río, el camino sigue hacia el Oeste atravesando un paisaje rebosante de vegetación que poco tiene que ver con el de jornadas anteriores. El verde tierno de las grandes choperas, las fértiles fincas de regadío, pequeños puentes, viejos molinos, y la presencia constante de agua, son ingredientes que alegran la vista y convierten la travesía en un relajado paseo.

Poco antes de entrar en Calzadilla de Tera, las señales que indican que el camio sigue de frente están anuladas, y después de seguir durante un rato las flechas que indicaban el desvío hacia la derecha, me encuentro caminando por el margen de un canal de riego que rodea el pueblo, y que curiosamente me obliga a rebasarlo sin más oportunidad de pasar por él que volver atrás, cuando el camino más corto hubiera sido seguir de frente y atravesarlo.














Dos kilómetros más adelante se encuentra la pedanía de Olleros de Tera, y a la entrada vuelve a repetirse la misma maniobra. Flechas que indican hacia dos direcciones distintas, seguir de frente hacia el pueblo cruzando el canal o desviarse hacia la derecha dando un rodeo. Como estoy un tanto perplejo por la situación, me detengo a consultar lo que dice la guía, que no hace mención al asunto, e intento salir de dudas preguntando a una señora del pueblo que se aproxima. ¿Usted sabe el motivo por el que el camino está indicado en dos direcciones? Mire, ya no es el primero que lo pregunta. Esto había que denunciarlo al alcalde. En el pueblo hay dos bares, y según vaya por uno u otro lado llega antes a uno de ellos, y sus dueños se pasan el día borrando y pintando flechas, haciéndose la guerra...


Sin pena ni gloria, el camino atraviesa el caserío y sigue adelante por terreno llano, dirigiéndose hacia unas fincas de concentración parcelaria donde destaca a lo lejos la silueta del Santuario de Nuestra Señora del Agavanzal, construida en el lugar en que, según la tradición, apareció una imagen de la Vírgen que dio origen al actual culto mariano. El templo se encuentra cerrado, pero se puede ver el interior a través de una mirilla.













El camino continúa por la margen derecha del Río Tera hasta llegar al Embalse del Agavanzal, que obliga a dar un rodeo hasta alcanzar la presa, para atravesarla y continuar después durante un buen tramo por la otra orilla. Las densas nubes con que se inició la jornada empiezan a abrirse en grandes claros, y el sol caldea el ambiente, pero la temperatura es agradable. Desde que salí de Granja de Moreruela se ve más movimiento por el camino, y hoy me he cruzado con más peregrinos que de costumbre. En la vía de servicio que rodea el embalse para dirigirse hacia Villar de Farfón me adelantó un peregrino alemán de casi dos metros de altura que avanzaba a la velocidad del rayo...














En una de las últimas casas de este pequeño núcleo habitado, la señal de una humeante taza de café que se viene repitiendo desde hace un rato indica hacia la izquierda. Después de casi seis horas andando, no es la curiosidad el principal argumento que me lleva a traspasar el portalón que me separa de una oferta tan tentadora...

En el patio interior hay una mesa donde se ofrece a los peregrinos café y galletas, que pueden servirse a su gusto a cambio de la voluntad. Se trata de una casa particular reconstruida piedra a piedra por un matrimonio de sudafricanos que, después de dar la vuelta al mundo y completar el Camino de Santiago, se enamoraron de este lugar y compraron una ruina para recuperar la casa con sus propias manos y habilitar en uno de sus locales un pequeño albergue para peregrinos, el albergue Rehoboth, y allí viven con sus dos hijos. Aquí me encontré de nuevo con Tierry, que también se había detenido a descansar y a tomar un café.













Saliendo de Villar de Farfón se entra en un sendero arbolado que va ganando altura hasta sobrepasar el  alto de la Peña de la Cruz, para descender de nuevo hasta el cauce del Río Negro. El río se cruza por una pasarela junto a la carretera poco antes de entrar en la localidad de Rionegro del Puente.

Aquí destaca el Santuario de la Virgen de la Carballeda, que da nombre a esta comarca en la que abundan los robles y las encinas. De origen románico, en etapas posteriores fue ampliado y reformado hasta dotarlo de su configuración actual, con una espectacular torre de sillería. Al igual que el albergue, situado en un antiguo hospital rehabilitado, el templo es propiedad de la Cofradía de los Falifos, institución que desde el Siglo XIV se dedica a facilitar la vida a los peregrinos, manteniendo caminos y puentes y proporcionándoles alojamiento.














Junto al santuario, un autobús acaba de descargar a un grupo de romeros de fin de semana que se disponen a hacer a pie el tramo de casi 10 kilómetros que separan Rionegro de Mombuey. Aunque caminan bastante disgregados, poco a poco los voy adelantando a lo largo de la pista que avanza por la derecha de la autovía A-52 y después continúa hasta el final, ya como camino o sendero, en paralelo a la carretera N-525. Cuando alcanzo a la pareja que marcha en cabeza me fijo en un detalle que apenas llama la atención, y es que caminan juntos porque un trozo de cuerda une sus manos: Se trata de un ciego conducido por su lazarillo...













Una vez superado el numeroso grupo, el camino sigue ganando altura y avanza alternando zonas de campo abierto con otras de monte bajo, donde se ven los primeros toxos con sus flores amarillas, símbolo inequívoco de que Galicia está cerca. Aunque me cruzo con una pareja de simpáticas peregrinas que marchan a buen ritmo, durante un buen trecho recupero la tranquilidad del caminante solitario, hasta que el camino de tierra termina en la carretera que entra a Mombuey.

En la Calle de la Iglesia se encuentra el albergue, pequeña casa de propiedad municipal que cuenta con servicios para cubrir las necesidades básicas de los peregrinos, camas y aseos con agua caliente, pero por su aspecto demuestra no estar bien atendido. Los pocos muebles están arrinconados, los colchones y la ropa de cama, completamente descuidados, y la suciedad es evidente, dando la impresión de que nadie se encarga del orden y la limpieza. Bien es verdad que tampoco se exige el pago de ninguna cantidad, sino un donativo voluntario.

Siendo esta una localidad típica de final de etapa, sus escasas plazas se completaron al poco tiempo de mi llegada, y fueron varios los peregrinos que tuvieron que "buscarse la vida" o seguir andando durante un par de horas más para llegar al siguiente pueblo con albergue. Una señora que consiguió una de las últimas camas comentaba que, habiendo trasladado al párroco la sensación de suciedad y abandono que transmitía el albergue, este le contestó: Los peregrinos son muy cómodos y piden mucho, ¡Que lo limpien ellos!













La arquitectura de Mombuey varía sustancialmente con respecto a la que se aprecia en los pueblos anteriores. Aquí dominan las construcciones de piedra con balcones de madera y cubiertas de teja o pizarra, más típicas de las zonas de montaña. Hay varias casas bien cuidadas o restauradas que llaman la atención, pero el edificio que destaca sobre todos los demás es la Iglesia de la Asunción que, construida con piedra de sillería a comienzos del Siglo XIII, cuenta con una inconfundible torre románica de tres pisos rematada con un matacán y una bóveda piramidal, lo que denota el carácter defensivo que tuvo en su origen como atalaya militar.



















La Iglesia está considerada como Monumento Histórico Artístico desde 1931, y su construcción se atribuye a la Orden de los Templarios, que se encargaban de proteger el camino al paso de mercaderes y peregrinos. Se accede al interior por un recio arco ojival, en cuya puerta es bien visible un cartel que anima a señalar la casilla en que se asigna el 0,7 del IRPF a la Iglesia Católica y que reza: X la Iglesia, X todos.



















En uno de sus ventanucos interiores está expuesta una imagen de la Virgen con el Niño un tanto mutilada, que data del Siglo XIII y fue encontrada oculta tras una pared al hacer unas obras. Cuando me encuentro junto a ella, alguien que se acerca por detrás me dice que no se pueden sacar fotografías. Es el párroco, que acaba de entrar, y como no hay nadie más dentro del local, me atrevo a preguntarle sobre el criterio que siguen en este asunto, ya que he entrado en otras Iglesias y catedrales y, salvo contadas excepciones, es raro que me hayan puesto problemas cuando el templo está abierto al público:

Se prohíbe sacar fotografías porque esto no es un local público. Pero está abierto al público, y en su mantenimiento participan los ciudadanos a través de sus impuestos. El estado no aporta nada, la Iglesia se financia sólo con las aportaciones de los fieles. De los fieles y de otros que, como yo, piensan que a su cargo está un patrimonio muy valioso y que entre todos tenemos que colaborar para conservarlo. Espero que su forma de pensar no sea muy extendida, porque desanima a cualquiera que le oiga. (En ese instante entran dos señoras) Bueno, bueno, este no es el momento ni el lugar para hablar de estos temas... Ya entiendo...















Eran las siete de la tarde cuando volví al albergue, acababa de llegar Andreas, el seminarista alemán, que con cara de resignación no encontraba otra opción que continuar andando hasta el siguiente albergue, y a ello se disponía. Poco después fui al patio trasero para comprobar si la ropa que había lavado al llegar ya estaba seca, y allí me encontré con una peregrina alemana que había montado una pequeña tienda de campaña donde se disponía a pasar la noche...

Más tarde, mientras cenaba, comentaba con el dueño del bar sobre la cantidad de peregrinos que paraban en la localidad, y de la poca visión que tenían en el ayuntamiento sobre el tema, porque podrían mantener al menos una nómina si tuviesen otro local bien atendido, habilitado para alojar a los peregrinos en mejores condiciones, y cobrasen por ello una cantidad razonable...














 ...Y también de lo poco observadores que son los habitantes del pueblo, porque en una situación como la actual, con nulas oportunidades de encontrar trabajo, lo que faltan son emprendedores.


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3 comentarios:

Lola Hiniesto dijo...

Leídas de "seguido" etapas 17 y 18. Buff, estoy "cansá" de tantos kilómetros y vueltas. No sé cómo no te pierdes...

Miguel Aradas dijo...

A mí me maravilla que todavía no te hayas perdido tú, y que sigas leyendo todavía. Gracias por tus comentarios, Lola.

Lola Hiniesto dijo...

Pues es que me gusta, Miguel, me gusta: el camino, el viaje y el relato.