martes, 6 de noviembre de 2012

ETAPA 16: ZAMORA - GRANJA DE MORERUELA

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Por el Camino de los Mozárabes: Vía de la Plata

Viernes 1-6-2012 - De Zamora a Granja de Moreruela (41,3 Km.)
Salida: 6.30 - Llegada: 14.05

La Tierra del Pan... es un horno.

Nubosidad variable y mucho calor. Presagio de tormenta (Máx. 35ºC)



Durante la noche anterior, los hospitaleros dejaron preparado en el comedor todo lo necesario para el desayuno, de modo que a partir de las 6 cada uno podía servirse a su gusto. Nescafé o infusiones, cereales, galletas... Cuando bajé ya había movimiento por la planta de los dormitorios, pero fui de los primeros en desayunar. Quería salir a buena hora, porque para hoy tenía prevista una etapa larga y se repetía la predicción de altas temperaturas.



Cuando sali al exterior, las calles todavía mantenían la iluminación nocturna. Desde la Plaza Mayor hay que atravesar casi toda la ciudad, enlazando calles y rotondas en dirección a la carretera de La Hiniesta, pero la señalización no es muy buena y puede provocar algún despiste. Una vez sobrepasada la zona industrial, el itinerario se desvía separándose del asfalto por un camino que bordea una escombrera, para abrirse poco después a la inmensa llanura que, tras cruzar el Río Duero en Zamora, cambia su nombre anterior de Tierra del Vino por el de Tierra del Pan. Unos cientos de metros por delante me precede el francés Tierry, con el que nuevamente he coincidido en el albergue, y casi juntos atravesamos las calles todavía dormidas de Roales del Pan, la primera población de la jornada, que tiene junto a la pequeña Iglesia de la Asunción su edificio público más representativo, el ayuntamiento.





Durante los siguientes 12 kilómetros, el Camino de Montamarta avanza en paralelo a la carretera N-630, siempre en línea recta, siempre enfrentado a un horizonte rectlíneo y solitario, casi sin sombras u otros lugares donde protegerse del sol, del viento o de la lluvia, y sin otro sonido que el crotoreo que provocan las cigüeñas con sus picos, que de tan frecuente se va convirtiendo en algo familiar.

El Zapatón, la Gallosa, los Comunes, la Paniega, Laguna Quemada, las Tizoneras, el Bruñero, el Arroyo de las Arrieras... son distintas denominaciones del terreno por el que voy pasando, ya se trate de fincas en barbecho, estén recién roturadas o se vistan de verde con el cereal todavía creciendo, pero que para mí, que no soy capaz de ver diferencias apreciables en este paisaje, no tienen otro significado que el de ir quemando etapas a ritmo ligero...  y monótono...





En la Plaza Mayor de Montamarta dejo atrás la Iglesia de San Miguel Arcángel, y al salir del pueblo y atravesar uno de los brazos, ahora seco, del Embalse de Ricobayo, me encuentro de frente, elevada sobre un pequeño cerro, con la bella estampa de la Ermita de la Virgen del Castillo, que cuenta con restos románicos cuya construcción data del Siglo XII, y que quizá sea la imagen más destacable de esta monótona jornada.


Se bordea el pequeño cerro subiendo por detrás del cementerio para remontar de nuevo a la llanura, pero pronto el camino ha de desviarse a causa de unas obras, recuperando la cañada original poco antes de llegar al cuerpo principal del Embalse de Ricobayo, que retiene las aguas del Río Esla. Otra vez se repite aquí la confusión de flechas y señales para los peregrinos, y algunas indicaciones poco claras señalan hacia el interior de la masa de agua. Mejor bordear por la carretera para cruzar el siguiente brazo del pantano, y seguir por el arcén hasta que sale un camino a la izquierda que conduce al Despoblado de Castrotorafe.



Presente ya en las crónicas del Siglo XII, Castrotorafe fue una antigua ciudad amurallada situada en este lugar estratégico de la Vía de la Plata, en cuyo extremo noroeste se construyó un castillo para controlar el paso por el puente que cruzaba el Río Esla y recaudar el portazgo,  tarea que fue encomendada a los caballeros de la Orden de Santiago. Al estar situada en una zona próxima a la frontera con el vecino Reino de Portugal, el dominio de la villa pasó por distintas vicisitudes, a lo que contribuyeron también las disputas dinásticas entre los Reinos de León y Castilla y la guerra de sucesión entre Isabel y Juana, siendo arrasada en sucesivas ocasiones y reconstruida otras tantas. Fue perdiendo importancia a partir del Siglo XVI, hasta quedar completamente despoblada. Actualmente, a pesar de que tanto el castillo como el recinto amurallado que rodeaba la población han sido catalogados como Monumento Nacional, ambos se encuentran en estado ruinoso y de aparente abandono.


Y yo, que al pasar junto a este lugar desconocía su historia, seguí de largo por el camino que bordea estos restos abandonados, sin llegar siquiera a ver las ruinas del castillo, ni contemplar la excelente panorámica sobre el río que se controla desde la fortaleza, ni el lugar donde reposan para siempre los restos del puente que sirvió para financiar una parte de la construcción de la Catedral de Zamora...

Pero el camino sigue atravesando la llanura y, ya superado el mediodía y retiradas las nubes que matizaban sus efectos durante las primeras horas, el sol comienza a demostrar su fuerza. No hay brisa... ni sombras... ni fuentes... y a la altura de la pequeña población de Fontanillas de Castro, que el itinerario deja a un lado, encuentro de nuevo a Tierry caminando a pleno sol, con aspecto sofocado, la mochila a la espalda, y sin otra vestimenta que el calzado y unas bermudas... se le había acabado la bebida.



Vacié en su cantimplora el agua de uno de mis bidones y, aunque ya llevaba otros dos vacíos, todavía me quedaba un cuarto casi con medio litro que me llegaría para alcanzar el siguiente pueblo, que estaba a poco más de media hora de camino.

A esas horas, Riego del Camino parecía un pequeño poblado del oeste mejicano. Poco más de cuatro casas a cada lado de la carretera, puertas y ventanas cerradas y persianas bajadas, sólo un pequeño cartel de Bar pintado en la pared, con una flecha que apuntaba hacia una oscura entrada, aportaba una leve señal de hospitalidad. Estuve tentado de continuar andando y seguí unos cuantos metros hasta el desvío que retoma el camino, pero ante el riesgo de no encontrar nada mejor hasta el final de la etapa, decidí dar media vuelta.

Al atravesar la puerta, entré en una sala oscura y fresca donde había una barra de bar y unas mesas, y que no tenía más iluminación que la pantalla de un televisor al fondo. Me costó unos instantes adaptar la vista al lugar hasta que vi a una señora sentada frente al aparato... Buenas, ¿Podría ponerme algo de beber? Ahora mismo voy... Me tomé un Aquarius y vacié otro en uno de los bidones. ¿Sabe a qué distancia queda Granja de Moreruela? No, pero aquí hay albergue, si no te quedas es porque no quieres...

Moreruela es el siguiente pueblo, y quedaban poco más de 6 kilómetros bajo un sol infernal, pero yo ya había llenado mis depósitos y estaba dispuesto a enfrentarme en solitario al último tramo de la jornada. El camino sigue en línea recta y pasa junto al pequeño Cerro de la Horca, atravesando poco después el llano de Pilatos y, más adelante, El Rasón, hasta que poco antes de llegar al final se desvía para salir a la carretera. Llegando al pueblo, alcancé a un grupo de tres valientes peregrinas canarias que avanzaban casi arrastrando los pies, como si se tratase de una procesión de penitentes de andar cansino, pero ya tenían la meta al alcance de la mano... ¡Ánimo!





El albergue de Granja de Moreruela está a la entrada, en un pequeño local junto al bar del pueblo, en el mismo edificio del teleclub de la localidad, que es a su vez sala de fiestas, con lo que la animación está asegurada al llegar el fin de semana. Como sólo tiene 10 plazas y es fin de etapa para mucha gente, han habilitado otro dormitorio con literas, dividiendo uno de salones del local social, pero las condiciones no son buenas. Allí se hacinan los peregrinos, que comparten la terraza y algunos de los servicios con los que van al bar a pasar la tarde, o con los que quieren prolongar la fiesta hasta más allá de las tres de la madrugada. Si a todo ello se añade el ruido que genera el tráfico de la carretera nacional que  tiene enfrente, va a ser difícil encontrar unas horas en las que dormir de un tirón. Pero es lo que hay.


El principal atractivo turístico de la zona está situado a casi 4 kilómetros, y radica en las ruinas románicas del Monasterio de Moreruela, erigido en el Siglo XII por los monjes del Císter con la finalidad de repoblar y cultivar la zona reconquistada a los musulmanes. Aparte de la Iglesia de San Juan Evangelista, en la que hoy están celebrando el funeral previo a un entierro, la localidad tiene pocos argumentos para ser destacados, pero constituye un punto estratégico donde se bifurca el camino. Desde aquí se pueden seguir dos direcciones hacia Compostela, continuar hacia el Norte por la Vía de la Plata para enlazar en Astorga con el Camino Francés, o desviarse hacia el Oeste siguiendo el Camino Sanabrés, que entra en Galicia por Orense. Y esta es la opción que eligen la mayor parte de los peregrinos.



Según avanzaba la tarde, el cielo se fue cubriendo de nubes hasta que se liberó la tensión acumulada durante la jornada, y una benéfica tormenta terminó por refrescar el ambiente. Cuando volvió la calma, en un pequeño ultramarinos pude comprar lo necesario para aprovisionar mi mochila para el día siguiente, bebida, fruta y bocadillo, y de regreso al albergue reservé un lugar para cenar en el bar, donde me sirvieron un menú aceptable. El resto de la tarde lo pasé sentado a la terraza, compartiendo conversación con lugareños y peregrinos. Allí conocí a Andreas, un estudiante alemán con aspecto de seminarista que empezaba aquí el camino, y que fue objeto de las burlas de alguno cuando declaró que estaba haciendo un doctorado en teología. Tuve oportunidad de charlar con él, ya que hablaba en un correcto español, y también crucé impresiones con Tierry, al respecto del estado en que lo había encontrado unas horas antes.





Me llamó la atención un árbol plantado en la explanada frente al albergue, en el que había colgadas dos monigotes con formas humanas y por lo que pude enterarme, se mezclan aquí dos tradiciones que se conservan en la zona, la Fiesta de los Mayos, en la que los jóvenes solteros rondan a las mozas casaderas y plantan un tronco en la plaza del pueblo con un trofeo difícil de alcanzar, y la representación del Zangarrón, persona o cargo público del pueblo al que se hace objeto de todo tipo de burlas, y al que finalmente se termina indultando o quemando en la hoguera.

Debido a la animación y al nivel de ruido generado justo a la entrada del dormitorio, acostarse e intentar dormir se convertía en un caso perdido, con lo que dejé pasar las horas, manteniéndome entretenido hasta que el nivel de bostezos que fui consiguiendo me garantizó que podría tumbarme y caer rendido sin grandes problemas. Y al final me dormí pensando en que al día siguiente tendría que desviarme hacia el Oeste...


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3 comentarios:

Andrés Guerra dijo...

¿Cómo puedes distinguir entre las fotos cuál es Llanos de la Horca y cuál LLanos de Pilatos? ¿Por la tierra más clarita? ¿Seguro que cada una es cada cuál?

Miguel Aradas dijo...

Hola Andrés. Tu comentario indica que te fijas en los pequeños detalles, lo que no deja de tener su mérito, sobre todo porque debe de ser complicado entretenerse leyendo mis intrascendentes peripecias, que a veces pienso que no interesan a nadie. Por eso te agradezco y te animo a que intervengas en este blog todas las veces que te apetezca.

Me lo pones difícil con tu pregunta, porque me obligas a desvelar uno de mis más preciados secretos, pero, en atención al interés que demuestras, intentaré satisfacer de modo satisfactorio tu curiosidad. Podría responderte dándote la razón sobre los colores del terreno, pero aunque algo hay de eso, creo que no acabarías muy convencido. Tampoco creo que quedases satisfecho si te hablase de mis cualidades extrasensoriales, o de que es un tipo de conocimiento que voy adquiriendo por simple transmisión espiritual al entrar en contacto con los lugares por donde paso...

Por otra parte, es evidente que, salvo raras excepciones, el campo no tiene carteles incorporados que indiquen la toponimia, y también lo es que mi memoria no daría para mucho más que para una simple transcripción de las notas escritas que hubiese ido acumulando a lo largo del camino, pero te confesaré que no tomé ninguna.

Por tanto, la respuesta no puede estar más que en las horas de elaboración que dedico a preparar cada etapa y en los medios que empleo para ello, que paso a enumerarte:
1.- Multitud de fotografías, con los datos que incorpora la cámara en cada una de ellas.
2.- Cartografía E=1:25.000 de las zonas por las que paso, donde se refleja la toponimia.
3.- Herramientas informáticas basadas en la localización GPS y en imágenes cenitales obtenidas por satélite.

Con todo ello puedo ser bastante preciso a la hora de localizar un lugar concreto, aunque no siempre lo consigo del todo. Aún así, a veces no me queda más remedio que "lanzarme a la piscina", porque estoy convencido de que no siempre las denominaciones que se obtienen de un mapa, por muy completo que sea, se corresponden exactamente con los nombres que los lugareños atribuyen a cada zona. También hay denominaciones que llamo "flotantes" que abarcan zonas extensas cuyos límites no se precisan, con lo que no se puede tener la certeza de estar ubicando correctamente una determinada imagen...

Y después de todo este rollo insoportable, te diré que estoy convencido de que en los dos casos que citas, el Llano de la Horca y el Llano de Pilatos, he acertado de pleno...

... y que aunque no hubiera sido así, habría pocas personas capaces poner en duda esa certera atribución de nombres, con argumentos convincentes capaces de desarmar mi teoría...

... y por ello te felicito.

Lola Hiniesto dijo...

jaja, gracias por tu extensa explicación, Miguel. Así da gusto. Así, ¿quién va a dudar de ti?