jueves, 17 de enero de 2013

ETAPA 24: OURENSE - O CASTRO DE DOZÓN

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Por el Camino de los Mozárabes: Ruta Sanabresa

Sábado 9-6-2012 - De Ourense a O Castro de Dozón (43,3 Km.)
Salida: 6.25 - Llegada: 16.40

De vuelta al invierno.

Cielo cubierto de nubes. Tarde fría y lluviosa (Mín. 8ºC - Máx. 12ºC)



Cuando salí del albergue, las calles de Ourense ya tenían cierta animación. Bajo la luz de las farolas recorrí la Rúa Bedoya pasando junto al Parque de San Lázaro, y continué la cuesta abajo por la Rúa do Concello hasta llegar a la Iglesia del Colegio Salesiano. La claridad de la mañana empezaba a asomar mientras atravesaba el Río Miño caminando sobre las históricas piedras de A Ponte Vella. Ya en la otra orilla, para salir de la ciudad se presentan dos itinerarios alternativos que llegan hasta la localidad de Cea, ambos bien señalizados y con una similar proporción de asfalto. Elegí el que se desvía inicialmente hacia el Oeste, pasando por delante de la estación de ferrocarril y siguiendo por las aceras o el arcén de la carretera N-120, que se dirige hacia Vigo en paralelo al cauce del río. Durante casi cinco kilómetros la urbe va perdiendo densidad y, junto a numerosos bloques de viviendas, gasolineras y naves industriales, en la zona perviven todavía las construcciones en piedra de varios núcleos tradicionales.













A la altura de la aldea de Quintela, la ruta abandona la N-120 y de desvía hacia el Norte, para alejarse del cauce del Río Miño siguiendo la carretera que sube a Castro de Beiro. Poco después de pasar bajo el viaducto del AVE que salva el Regato do Porto comienza la Costiña de Canedo, que en realidad no se ajusta a su nombre (costiña: cuestecita, cuesta pequeña...) porque se trata de una pronunciada pendiente en línea recta de casi 2 kilómetros que salva un desnivel de 300 metros. La pista no tiene arcén y, aunque el tráfico no es muy intenso, los coches bajan por ella a velocidades endiabladas, a pesar de que antes de cada cruce alguna mente lúcida decidió colocar pivotes de hormigón que estrechan la calzada y que sin duda habrán provocado más de un disgusto.













Con una dosis similar de esfuerzo y precaución llegué sin contratiempos al cruce situado en la Cima da Costa, donde termina el asfalto, y pude disfrutar de un furtivo respiro debajo de un guindo que me permitió continuar con el ánimo más reposado por el Camino Real de Santiago. Se alternan a partir de aquí amplios caminos con estrechos senderos y algún que otro tramo de asfalto, aunque siempre rodeados por un entorno natural envidiable, que recorren los lugares de Liñares y O Reguengo antes de cruzar el  Río Barbantiño por las piedras romanas de Ponte Mandrás.
















Tras la aldea de Mandrás, el Camino Real conserva en varios tramos su empedrado medieval, lo que proporciona a los ciclistas algunos "momentos vibrantes" no exentos de dificultades y de algún que otro riesgo. Así, al llegar a Pulledo adelanté a un grupo de portugueses que se detuvieron a repasar el estado de sus bicicletas y a reponerse de ciertas contusiones provocadas por el estado del firme. ¡Buen camino!

En Casas Novas se vuelven a juntar los dos itinerarios que se separaron a la salida de Ourense, para llegar hasta las primeras casas de Cea por un camino que avanza bajo la sombra del bosque que rodea la aldea de Paramios.













Conocida como "La Villa del buen Pan", la localidad de San Cristobo de Cea se desarrolló a partir de la producción artesanal de este producto, que ya en la Edad Media ocupaba a gran parte de sus vecinos en el suministro de pan a los ocupantes del Monasterio de Oseira y de su territorio de influencia. Su fórmula tradicional de elaboración, actualmente protegida por una denominación geográfica, se ha ido transmitiendo durante sucesivas generaciones, y aún hoy continúa sustentando a la principal actividad económica de la localidad, a la que se dedican al menos 20 hornos.















En el centro de su Plaza Mayor destaca una singular Torre del Reloj, construida en la primera mitad del Siglo XX y sustentada sobre cuatro pilares de los que manan otras tantas fuentes de agua potable. En un pequeño bar de la plaza entré a tomar un café y a descansar unos minutos. Cuando me disponía a retomar la marcha, llegaban al recinto un grupo de buenos amigos, el sevillano Javier y el trío de italianos especialistas en todo tipo de pasta. La foto nos la sacó el dueño del bar, y ésta fue la última vez en que coincidimos juntos.























Al salir de Cea hay un itinerario alternativo también señalizado que pasa por Oseira y, aunque es casi 6 kilómetros más largo que la ruta oficial, si se quiere visitar el monasterio merece la pena alargar el paseo por este tramo final de la provincia de Ourense. Y con ese objetivo abandoné esta villa de ilustres panaderos, por el camino que rodea su campo de fútbol y atraviesa el Monte da Agrela, O Carballo das Covas, O Rego de Silvaboa y el Monte de Fenampardo, internándose en una zona casi deshabitada. Por aquí desaparecen las señales oficiales, pero nunca faltan las flechas amarillas que sirven de auxilio en los momentos de duda y, a veces avanzando sobre un camino con buen firme, otras enlazando tramos de vía empedrada o aventurándose por senderos embarrados o poco definidos, se llega sin grandes problemas hasta la aldea de Pielas. Allí se enlaza con la carretera que viene desde Cea y que llega hasta el valle del Río Oseira, que da nombre al lugar, refugio de osos, donde se alza el monasterio.














El Monasterio de Santa María la Real de Oseira es un grandioso edificio ubicado en un paraje alejado de cualquier población y rodeado de montañas, y constituye uno de los monumentos religiosos más espectaculares de Galicia. Su fundación se remonta al año 1137, cuando el rey Alfonso VII donó los terrenos a cuatro religiosos que mostraban su intención de llevar una vida monástica: "Yo Alfonso, juntamente con mi esposa doña Berenguela, con ánimo generoso, voluntad sincera y sin coacción alguna, por amor de Dios y en remisión de los pecados de mis padres y míos, hago carta de donación a Dios nuestro Señor, a la Iglesia de Santa María de Ursaria y a don García, electo abad de aquel lugar y a los demás monjes presentes y venideros que construyen el monasterio y viven en él observando la religión y la regla de san Benito, de toda aquella heredad mía donde ahora se está construyendo el mencionado monasterio junto al río Ursaria..."














El conjunto cuenta con tres claustros de distintos estilos y exteriormente es de construcción muy sobria, pero su iglesia románica con tres naves y planta de cruz latina, finalizada y consagrada en 1239, está considerada como una de las obras maestras de la arquitectura cisterciense. Aunque de una época posterior, también es de gran belleza su sala capitular, de estilo tardogótico, digna de mención por las cuatro columnas que sustentan su original techo abovedado y que le dan la denominación de Sala de las Palmeras.

El recinto conoció su época de mayor esplendor durante los siglos XII y XIII, y en los siglos posteriores experimentó sucesivas fases de decadencia y florecimiento hasta que en el Siglo XIX fue abandonado a causa de la Desamortización de Mendizábal, lo que originó el expolio de sus obras de arte y su progresiva ruina. A lo largo del siglo XX, con la vuelta de los monjes, se han acometido importantes obras de reconstrucción que le han devuelto su aspecto anterior. Actualmente cuenta con un albergue para peregrinos y con un horario de visitas guiadas.



















Junto a la hermosa portada de piedra que da acceso a sus jardines hay un par de bares que dan servicio a los visitantes, pero como yo llevaba provisiones en la mochila, me senté a reponer fuerzas junto a la fuente de piedra de la entrada. Antes de volver al camino tuve que abrigarme, porque el cielo estaba cubierto y el fino orballo amenazaba con transformarse en lluvia.

Se abandona el lugar por una empinada cuesta desde la que se pueden obtener buenas imágenes del edificio y que todavía conserva algún tramo de sendero empedrado. Al cabo de un buen rato se llega a la aldea de Vilarello, el primero de una serie de pequeños núcleos habitados que, en un constante subir y bajar, irán apareciendo en los muchos recovecos de esta parte del itinerario. A Carballediña y Outeiro de Coiras son los últimos rincones habitados de la provincia de Ourense, y con los lugares de A Gouxa y Bidueiros nos recibe la provincia de Pontevedra, aunque nada hay que lo delate cuando se avanza por estos caminos de Dios.
















 La ruta se reencuentra con el progreso a la altura de San Martiño, donde confluye con la carretera N-525 que marcha en paralelo a la autovía AG-53, y en los últimos kilómetros de la etapa ya no se abandona el asfalto. Se entra en Castro-Dozón por el arcén de la carretera nacional, que se convierte en acera a la entrada del pueblo, y aquí se recupera también el trazado oficial del camino que había abandonado en Cea para visitar el monasterio.

Situada a 740 metros de altitud, la localidad  se encuentra diseminada en varios núcleos próximos que no forman un conjunto urbano definido. Unas casas que bordean la carretera nacional dan entrada al cruce que parece ser su centro neurálgico, formado por un centro escolar, un jardín y un bar multiusos que aloja también un pequeño supermercado. Me quedaba todavía localizar el albergue, situado a la salida del pueblo, y como la tarde se estaba poniendo fea, para no tener que volver atrás decidí entrar en el súper, con intención de comprar todo lo necesario para no tener que salir hasta la mañana siguiente. Hoy tocaba tarde de descanso.













Y salí cargado con un par de bolsas donde llevaba todo lo necesario para la cena de hoy, el desayuno de mañana, y con comida y líquido suficiente para beber durante la noche y equipar la mochila para el día siguiente. Y siguiendo las indicaciones del camino me fui en busca del albergue. En uno de los núcleos rurales que conforman la población se encuentra la Iglesia de San Salvador, rodeada del cementerio parroquial, pero al final de las casas no aparecía lo que yo buscaba, aunque podría ser un edificio que se veía al final de la cuesta... pero tampoco. Estaba cerrado a cal y canto y sin nadie para preguntar. Seguí un poco más, hasta un terreno preparado para polígono industrial con un par de naves desangeladas... Ni rastro del dichoso albergue, ni una indicación. Tardé un rato hasta que me convencí de que tenía que volver al principio y preguntar... Y allá fui paseando mis bolsas. Y, efectivamente, nunca lo hubiera encontrado donde lo buscaba... porque no estaba allí.













Como me habían informado en el súper, el albergue se encuentra "al final del pueblo", pero en otra dirección distinta a las indicaciones del camino y sin ningún cartel que lo anuncie. La Xunta de Galicia lo montó provisionalmente en Julio de 2007, ubicándolo en varios contenedores prefabricados en torno a un patio central cubierto. Sus instalaciones no son malas, aunque el edificio está en un lugar bastante desprotegido, y en pleno mes de junio era necesario tener la calefacción encendida. También es verdad que el día no ayudaba, porque el viento y la lluvia, que empezaron a azotar con fuerza a media tarde, eran más propios de una jornada de invierno.

Cuando llegué, sus 28 plazas casi estaban completas, pero pude aposentarme en una de las pocas literas libres. En mi dormitorio se alojaba un nutrido grupo de coreanos que desplegaban sus prendas de ropa a secar, y varios españoles que, como yo, habían conocido el polígono industrial antes de encontrar el albergue. A media tarde me encontré con Andreas, el teólogo aleman, que se alojaba en el otro dormitorio, y al menos pude compartir un rato de charla mientras me preparaba la cena. La tarde no dio para mucho más, y acabé en el saco de dormir aún más temprano que de costumbre.













El final de la jornada de hoy no se prestaba a dedicar el tiempo libre visitando lugares de interés, pero, ahora que ya he abandonado la provincia de Ourense, merece la pena destacar la magnífica colección de esculturas en piedra que señalizan el camino dentro de los límites de su territorio. Todas ellas son distintas y han sido realizadas por el escultor ourensano Nicanor Carballo, componiendo un original conjunto de 180 piezas en el que se combinan de manera creativa las flechas que indican la dirección a seguir con símbolos jacobeos. El color amarillo ha sido añadido posteriormente y, en algunos casos, de forma bastante chapucera.
























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5 comentarios:

Nando dijo...

Veo un poco triste esta etapa, quizás podrías haber hecho algún comentario que nos ilustre sobre esos majestuosos gallos que inmortalizas en la foto, pero ante lsu ausencia me quedo con la curiosidad

Miguel Aradas dijo...

La etapa no es triste, es espiritual, y de haber tenido el mismo amor que tienes tú por la gastronomía, la foto del pollo sería otra, porque lo tenía al alcance de la mano.

Lola Hiniesto dijo...

Sigo encantada con tu camino. Y en esta etapa también conozco parte de él: el Monasterio de Oseira, me parece uno de los lugares más románticos que he conocido, y Cea donde me dieron a probar filloas de sangre, cuando era aún una novata en la gastronomía gallega... y las comí antes de saber lo que eran porque si me lo dicen... de qué las pruebo!

Lola Hiniesto dijo...

Ah, maravillosas las esculturas de Nicanor Carballo.

Miguel Aradas dijo...

Lola, en lo de las filloas de sangre ya me llevas delantera, porque yo no las he probado (y tampoco creas que tengo mucha intención...)