sábado, 20 de octubre de 2012

ETAPA 13: SAN PEDRO DE ROZADOS - SALAMANCA

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Por el Camino de los Mozárabes: Vía de la Plata

Martes 29-5-2012 - De San Pedro de Rozados a Salamanca (21,2 Km.)
Salida: 6.20 - Llegada: 10.30

En la ciudad de la piedra dorada

Sol, calor y cielos casi despejados (Máx. 27ºC)



Me desperté pronto y, antes de que a las 5.30 sonase la alarma, ya estaba recogiendo el saco de dormir. Mientras preparaba la mochila y hacía un repaso visual de que todo iba en su sitio, me percaté de que me faltaba el bastón y, después de buscarlo durante un rato con todo mi afán, decidí que sólo podía estar en un lugar de la casa adonde había entrado la tarde anterior... ¡El dormitorio de enfrente!

La cocina estaba completamente en silencio y, mientras desayunaba, iba pensando la estrategia a seguir por si tenía que encararme de nuevo con la fiera, que a estas horas debía de estar todavía dormida. Después de ajustar los últimos detalles dejé la mochila en la calle, y con la linterna encendida en la mano entré en su habitación... Allí estaba el bastón, apoyado en la pared del fondo, justo donde lo había dejado la tarde anterior recién llegado al albergue, y sólo tenía que atravesar la estancia para recuperarlo. Alertado por mi irrupción en la sala, el individuo de enorme bigote se incorporó de medio cuerpo sobre la cama como impulsado por un resorte, y en estado de semiinconsciencia acertó a decir...  Qu´est-ce qui se passe? Qui est là? Pero por entonces yo ya volvía con mi presa bien agarrada, y mientras salía al exterior se iba dibujando en mi rostro una sonrisa pícara de victoria, como si hubiera perpetrado una pequeña venganza...

La etapa de hoy es por terreno llano, y como el trazado de la Vía de la Plata está sepultado bajo el asfalto de la carretera que lleva hasta Salamanca, las flechas desvían a los peregrinos por un itinerario alternativo más agradable que, siguiendo en su mayor parte por pistas de tierra, da un pequeño rodeo hasta Morille y entra en la capital siguiendo la Cañada de Miranda de Azán.














Como la distancia a recorrer no es muy larga y mi principal objetivo era llegar cuanto antes para dedicar la mayor parte de la jornada a visitar la ciudad, decidí seguir el itinerario más rápido avanzando por el sendero que va en paralelo a la carretera, que apenas lleva tráfico. Pero sólo pude hacerlo durante un escaso trecho porque, al no ser muy utilizado por los peregrinos, se ha cubierto de maleza y obliga a caminar pegado al arcén.

El terreno es completamente uniforme y la carretera, aburrida, pasa entre las pequeñas poblaciones de Santo Tomé de Rozados y Cilleros el Hondo antes de llegar al caserío de Aldeagallega, donde se junta con el cauce del Arroyo del Zurguén, cuya compañía no abandonará hasta la entrada a la ciudad.















En Aldeatejada comienzan a verse las modernas urbanizaciones típicas de las periferias urbanas, y desde aquí se puede caminar más tranquilo por un paseo peatonal con carril bici que sigue en paralelo a la trayectoria del riachuelo. A estas alturas, el asfalto ya ha hecho gran parte de su callada labor, y las consecuencias se hacen sentir en las ardorosas plantas de mis pies, que empiezan a necesitar un poco de respiro.

Al final del paseo, la Calle de la Fregeneda enfila directamente al Puente Romano sobre el Río Tormes, que con sus 26 arcos fue durante siglos la principal puerta de entrada a Salamanca, ciudad histórica declarada Patrimonio de la Humanidad y sede de la más antigua universidad europea. Eran las 10.30 cuando, desde el centro del puente, llamé a casa para comunicar la noticia.


















Al otro lado del puente, por la rampa de la Calle de Tentenecio y la Calle del Expolio llegamos hasta el lateral de la Catedral Nueva que da al Patio Chico. De allí mismo sale la Calle del Arcediano, en cuyo extremo se encuentra el edificio del albergue de peregrinos Casa la Calera, junto al arco de entrada al Huerto de Calixto y Melibea, sugerente jardín que quedó inmortalizado por Fernando de Rojas desde que en 1502 se publicó su más conocida novela: La Celestina.

Todavía nos eran las once cuando llegué hasta allí y ya sabía que el albergue permanece cerrado para los peregrinos hasta las doce. Pero como no quería continuar andando por la ciudad cargado con la mochila, decidí sentarme en un banco del jardín bajo una agradable sombra, donde podía disfrutar del suave tintineo de una fuente mientras que mis pies se relajaban del maltrato sufrido por tanto asfalto.

















Éramos cinco los peregrinos que esperábamos cuando a mediodía se abrieron las puertas del albergue. Antes de acceder al recinto, un hospitalero de aspecto rígido, ya entrado en años, se dirigió a nosotros como si de un sargento de marines se tratase, y con un marcado acento extranjero cuya nacionalidad no sabría precisar, nos fue relatando con voz seca y contundente una serie de normas de obligado cumplimiento. Sólo se abrirían las puertas durante una hora, y exclusivamente para dejar las mochilas, lo que no suponía en modo alguno que tuviésemos plaza asegurada, por lo que el que tuviese intención de alojarse allí tendría que regresar a las cuatro de la tarde...

... la puerta se cierra con llave a las 22, sin posibilidad alguna de prórroga, y se vuelve a abrir a las siete en punto de la mañana; como límite, a las ocho todos fuera... ¿Quedaremos cerrados con llave?¿Y si esto se incendia de noche? Si hay un incendio os quemáis todos dentro... ¿Me puedo duchar ahora? No. ¿Y no se podría salir antes de las siete? He dicho que la puerta se abre a las siete...

A todos nos causó una desagradable impresión el recibimiento. Uno se dio media vuelta y se alejó murmurando, algún otro entró cabizbajo con intención de desprenderse por fin del peso de la mochila, ¡Es lo que hay, lo tomas o lo dejas! Yo no le dí demasiada importancia al asunto, no en vano me acostumbré ya hace muchos años a esa forma de usar el lenguaje. Tampoco había hecho hasta aquí una gran caminata y, aunque me habría apetecido, podía prescindir de la ducha. Pero el detalle con el que me quedé es que tendría que estar de nuevo a las 16.00 horas, quizás para competir por una plaza...

















Tomada en el Siglo III a. C. por Aníbal en su avance por Hispania, la antigua Helmántica fue también un importante enclave en tiempo de los romanos, que en el Siglo I construyeron el Puente Romano para dar continuidad a la Vía de la Plata. Tras la invasión musulmana quedó prácticamente despoblada, y no fue hasta después de la reconquista cuando cobró nuevo auge, y en ella se fueron reuniendo gentes de muy distinto origen. Castellanos, portugueses, gallegos, leoneses, serranos procedentes de las montañas asturianas... fueron repoblando los diferentes barrios y levantando sus respectivas iglesias. La mayor parte de sus monumentos y edificios emblemáticos están construidos en piedra arenisca proveniente de las canteras de Villamayor de Armuña, que tienen un característico tono dorado.

La Catedral Vieja de Santa María, proyectada también como fortaleza, comenzó a construirse en el primer tercio del Siglo XII. Combina elementos románicos y góticos, entre los que destaca el cimborrio de inspiración bizantina, popularmente conocido como La Torre del Gallo, el magnífico retablo del Altar Mayor y varias de sus capillas interiores. De su fachada original y de sus torres casi no quedan restos, ya que fue tapada por la construcción posterior de la Catedral Nueva, quedando adosada a ella como si fuese una más de sus capillas.

La Catedral de la Asunción de la Virgen fue construida entre los Siglos XVI y XVIII, debido al crecimiento de la ciudad, en una mezcla de estilos donde se pueden apreciar importantes elementos del gótico tardío y del barroco. La torre y algunas partes de su estructura quedaron seriamente dañadas por el Terremoto de Lisboa del año 1755, por lo que tuvieron que ser reforzadas o sustituidas. Uno de sus elementos más destacados es su fachada principal, pero se encuentra dando frente a una calle estrecha y poco vistosa.




















Alfonso IX de León otorgó en 1.218 el grado de Studium Generale a las escuelas catedralicias de Salamanca, pero no fue hasta 1.254, después de unido su reino con el de Castilla, cuando Alfonso X El Sabio le otorgó el título de Universidad, ratificado al año siguiente por el Papa Alejandro IV, y es desde entonces la primera institución educativa europea en ostentar ese título. Nombres como Antonio de Nebrija, Francisco de Vitoria, Fray Luis de León, Luis de Góngora, San Juan de la Cruz, Calderón de la Barca  o Miguel de Unamuno permanecerán para siempre unidos a su historia. Al denominado Patio de Escuelas da frente la fachada plateresca de su edificio principal o Escuelas Mayores, que se comenzó a construir en 1411 y se terminó en 1533, tras la muerte de los Reyes Católicos. Desde allí se accede también al claustro de las Escuelas Menores, donde los alumnos recibían las enseñanzas básicas previas al acceso a la universidad
















La vida social de Salamanca pivota en torno a su Plaza Mayor, construida en el Siglo XVIII según un proyecto de Alberto Churriguera en forma de cuadrilátero irregular, en el que destaca la fachada del Ayuntamiento, cuyas torres nunca llegaron a construirse. Como en otras plazas castellanas, al amparo de sus 88 arcos se encuentran innumerables bares y terrazas, y es uno de los lugares principales de paseo para sus visitantes.



















Callejeando por esta ciudad plagada de monumentos, en el escaso tiempo de que dispongo no es posible abarcar con gran detalle todo lo que merece la pena ser visitado, pero entre los edificios que me llamaron la atención destacaría también la Casa de las Conchas, que construida a finales del Siglo XV como palacio de un caballero de la Orden de Santiago, llegaría a ser más tarde una cárcel para universitarios, y actualmente alberga una biblioteca pública.

La impresionante fachada de la Iglesia de La Clerecía, sede actual de la Universidad Pontificia, es de estilo barroco, y su construcción fue impulsada por la esposa de Felipe II en desagravio a la prisión sufrida por Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuitas, condenado por la Inquisición.

El Palacio de Monterrey, el Colegio de Calatrava, iglesias, conventos, palacios y casas señoriales, colegios, museos... componen una lista interminable imposible de abarcar en una sola jornada. Y con tanta caminata se ha ido haciendo la hora de ir a comer...














Regresé al albergue con margen de tiempo suficiente y, mientras esperaba la hora, fui a refugiarme de nuevo bajo las sombras de mi rincón favorito del jardín. Allí, tendido sobre un banco de piedra, un estudiante repasaba las páginas de un libro de filosofía. Resultó ser un joven estadounidense de padre salmantino que, bien aconsejado, había venido a conocer España y a cursar estudios en la universidad durante un año. Como ambos teníamos ganas de charla, mantuvimos durante unos minutos una agradable conversación, que duró hasta que se abrieron de nuevo las puertas del albergue.

A pesar de mi precaución por llegar con tiempo para coger una de las plazas, a la hora señalada no había más que tres personas esperando para inscribirse, y de ellas, sólo yo sobrevivía a la recepción del mediodía, con lo que no tuve problemas para elegir una cama que me pareció bien situada. Después de instalarme, de una buena ducha y de un rato de descanso, ya estaba listo para reanudar la visita.

















Me impresionó la fachada plateresca de la Iglesia de San Esteban, un auténtico retablo labrado en piedra, pero no pude visitar el interior del convento, sede de la Facultad de Teología. Llama la atención también la robusta construcción de la fortaleza que albergó al clavero de la Orden de Alcántara, de la que sólo se conserva una robusta torre.

Pasear por las calles del casco histórico, desde la Rúa Mayor a la Gran Vía, también tiene sus alicientes, y en sus bares y terrazas se puede disfrutar de un momento placentero con una cerveza bien fresquita...















Según la tarde iba llegando a su fin, en la Cuesta de Carvajal me llamó la atención un rincón especial. Se trata del pasadizo que da acceso a una torre medio escondida, que aquí llaman la Cueva de Salamanca, donde según la tradición popular, aprovechando la oscuridad de la noche, el mismísimo diablo impartía clase de adivinación, brujería y demás ciencias ocultas. Cuentan que uno de sus alumnos más aventajados fue el propio Maestre de la Orden de Calatrava, el Marqués de Villena. Fue la misma Isabel La Católica quien durante su reinado ordenó tapiar sus entradas.















De vuelta ya al albergue, tuve la oportunidad de recorrer el único sector que se conserva de las antiguas murallas, que circunda la parte exterior del Huerto de Calixto y Melibea, y que hasta hace bien poco permanecía oculto tras unas construcciones menores adosadas a la piedra. Durante el recorrido tuve que rodear el edificio de la Casa Lis, sede del Museo de Art Nouveau y Art Déco, y pasé frente a la fachada del Colegio de San Ambrosio, antiguo hospicio que actualmente alberga la sección del Archivo Histórico Nacional donde se almacena la documentación referente a la guerra civil española.

Al anochecer, ya dentro del albergue me preparé algo con qué cenar y un bocadillo para llevar en la mochila. Allí estaba el hospitalero, que sentado en una de las mesas de la sala de estar, mataba su aburrimiento enfocando el objetivo de una gran cámara réflex hacia diferentes rincones del interior de la estancia, quizá para fotografiar las telarañas de los rincones. Me pareció un hombre solitario y, en contraste a la imagen con que nos había recibido, de un aspecto algo tímido y hasta cierto punto desvalido.

Me acerqué hasta él, y le pregunté si en verdad no había posibilidad de salir del albergue antes de las 7... ¿A qué hora quieres salir? ¿Te parece bien a las seis y media? ¡Por mi parte, perfecto! Pues a esa hora estará abierta la puerta.

Cuando me disponía a acostarme eran casi las diez de la noche. Al cabo de unos minutos oí cómo el hospitalero giraba la llave de la puerta exterior y subía las escaleras para encerrarse en su dormitorio, pues pasaba la noche dentro del albergue como un peregrino más...

Y entonces, como ya sospechaba, comprobé que los sargentos de marines no siempre son tan malos como aparentan, sino que a veces lo que les falla es su estrategia de comunicación...


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1 comentario:

Lola Hiniesto dijo...

"Perpetrar: cometer, consumar un delito o culpa grave". Justicia, lo tuyo se llama justicia. Fuiste a buscar lo tuyo, lo cogiste y te fuiste.
Nunca estuve en la Cueva de Salamanca (y conozco bien esta ciudad), que ya me hubiera gustado. Quizá por eso mis intentos de brujería no dan resultado.