martes, 9 de octubre de 2012

ETAPA 12: VALVERDE DE VALDELACASA - SAN PEDRO DE ROZADOS

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Por el Camino de los Mozárabes: Vía de la Plata

Lunes 28-5-2012 - De Valverde de Valdelacasa a San Pedro de Rozados (41,1 Km.)
Salida: 6.35 - Llegada: 15.20

Toro bravo y pata negra

Sol, calor y algunas nubes (Máx. 25ºC)



Como los dueños del único bar de Valverde no eran muy madrugadores, en el mismo albergue me preparé un desayuno con lo que había conseguido comprar allí la tarde anterior, un par de magdalenas embolsadas y un batido de chocolate que calenté en el microondas. Todavía era de noche cuando abandoné esta pequeña aldea y comencé a caminar por la carretera, que avanza en paralelo al cauce del Arroyo del Cerezo y va ganando altura progresivamente  hasta llegar a Valdelacasa.














Llegué allí con el día recién amanecido y, a pesar de ser lunes, no había un alma por las calles, por lo que pasé sin detenerme. La ruta sigue ascendiendo luego por una carretera en suave pendiente, hasta que se desvía por un camino de tierra que atraviesa una zona de robledal, para internarse más adelante en la amplia llanura del Valle de La Calzada. Un buen rato después se entra en la localidad de Fuenterroble de Salvatierra por la Calle Larga, que la atraviesa casi en línea recta.














Todavía no eran las 9 cuando llamé a la puerta de la señora del ultramarinos, a la que sorprendí recién levantada y ataviada con un albornoz, pero en pocos minutos ya estaba lista para despacharme amablemente un par de frutas y una botella de bebida isotónica que, junto con un bocadillo que ya llevaba en la mochila, me dieron confianza para seguir la marcha. Me esperaban ahora otros 30 kilómetros de travesía sin pasar por ninguna población donde poder abastecerme.

En el centro del pueblo hay una pequeña plaza presidida por la Ermita del Cristo del Socorro, de gruesos muros con contrafuertes, y el camino se desvía antes de pasar por el principal monumento local, la Iglesia de Santa María la Blanca, construida en el Siglo XV en estilo gótico y situada en el extremo de la villa. Dicen que tiene un retablo esculpido por el mismo Churriguera, pero yo no pude verlo.














Caminando sin apenas dificultades, siempre hacia el Norte y casi en línea recta, se recorre una extensa llanura por donde avanza la calzada romana, una larga travesía jalonada por los carteles ilustrativos que reproducen los textos originales grabados en cada miliario. Los lugares de Pradofeo, Santa Bárbara, Los Rompidos, Prado Grande... preceden a la Dehesa Boyal, donde abunda el ganado vacuno que pasta a sus anchas por la finca, hasta que se llega al lugar de Arroyomolino. Allí empieza una nueva zona arbolada de encinas, y el camino se vuelve más quebrado e irregular. También aparecen las sombras que permiten detenerse unos minutos a cubierto y recuperar fuerzas.




















En El Carrascal,  hice un pequeño alto a la sombra de una encina antes de comenzar la subida al Pico de La Dueña. Allí me alcanzó un solitario peregrino que venía en bicicleta y que se detuvo un rato a cruzar unas palabras. Se trataba de un esforzado navarro de la zona de Tudela que prefirió seguir por el camino que marcan las flechas para los peregrinos a pie, a pesar de que hay un desvío aconsejado para las bicicletas. Dando un pequeño rodeo hubiera evitado esta parte complicada del itinerario que, tanto de subida como de bajada, se convierte en un sendero bastante irregular, pedregoso y con dificultades ciertas.














El Pico de La Dueña es un risco desgarbado situado en la cima de una pequeña sierra alargada, que ha sido coronada en gran parte de su longitud por las torres de un parque eólico alineado con el itinerario de subida. Se hace difícil de creer que el trazado original de la Vía de la Plata recorriese este intrincado sendero, principalmente porque se puede sortear sin dificultad por otras zonas de más fácil acceso y mejor viabilidad. Pero es hasta aquí donde me han traído las flechas, en un punto casi a mitad de camino entre Sevilla y Compostela que, con 1.170 metros de altitud, pasa por ser el de mayor elevación de toda esta vía de peregrinación hasta la entrada en Galicia, y desde el que, junto a una Cruz de Santiago, se domina una excelente panorámica del territorio charro.


Por un sendero pedregoso se desciende entre chaparros hasta la carretera, para entrar en un territorio ondulado de pradera donde se crían toros bravos. En esta época del año, la dehesa de Calzadilla de Mendigos está inundada por multitud de pequeñas flores de variados colores que alegran la marcha por la Cañada Real, que en este tramo avanza en paralelo al asfalto. Al llegar al Arroyo de Mendigos, junto al tentadero de la Ganadería Montalvo, se puede observar el detalle de un grupo de gorrinos, que disfrutan de una cómoda siesta a la sombra mientras van madurando los que pronto serán, sin duda, unos excelentes Jamones de Guijuelo. (ver en las fotos el detalle del recuadro ampliado)














Bien sobrepasado el mediodía, el calor ya se hace sentir, pero en esta zona no se encuentran muchas sombras donde detenerse y hay que seguir adelante hasta que, al final de una larga recta, sobresale una gran encina junto a la carretera. Me dirijo hacia ella cuando, para mi sorpresa, al llegar a su altura me encuentro con que ya estaba ocupada por Tierry, el francés con el que me he cruzado en ocasiones anteriores y que habla un extraño lenguaje híbrido. Tras tomar una fruta, beber un poco de agua, y algo de conversación, allí le dejé continuar disfrutando de su siesta a la sombra.














Soy partidario de no detenerme más que lo indispensable, haciendo altos cortos de escasos minutos para comer, beber o cubrir otras necesidades, y de acumular el descanso al final de la jornada para no alargar la duración de la marcha más de lo necesario, evitando con ello acentuar el cansancio. Después de atravesar una zona de encinar donde abunda el ganado, sólo me queda una llanura de varios kilómetros de terrenos de cultivo para llegar a San Pedro de Rozados, punto final de esta etapa.

















El albergue Mari Carmen lo han habilitado recientemente los dueños del centro de turismo rural VII Carreras, pero estaba completamente vacío y no me pareció recomendable. Por un momento descargué allí mis cosas y fui a inspeccionar los locales del otro albergue de la localidad, El Miliario, que está ubicado en una casa de aldea y me pareció más acogedor. De regreso con mi equipaje, la primera habitación en la que entré tenía cuatro camas individuales, una de ellas ocupada por los pertrechos de un peregrino. Dudé durante un rato, pero enseguida me cambié a la habitación de enfrente, en la que había dos literas dobles y estaba vacía. En caso de que no llegase nadie más, prefería dormir en un cuarto para mí solo.
















Al cabo de un rato llegó el ocupante de la habitación vecina gesticulando y hablando francés en voz alta. Se trataba de un corpulento suizo ya entrado en años, con unos grandes mostachos rizados en los extremos, unas voluminosas patillas blancas, y un aspecto de lobo solitario que difícilmente pasaría desapercibido. Aunque yo ya me preparaba para la ducha, crucé unas palabras con el personaje, que había llegado al albergue un par de horas antes y, después de comer y tomar un café en el hotel rural,  se disponía a echar una siesta.

La casa no tenía otro lugar de aseo que un pequeño cuarto de baño, donde había un inodoro, un lavabo y un plato de ducha, y de los grifos de agua caliente salía un caudal de agua ridículo. Como tampoco había lavadero, puse mi ropa interior a remojo dentro del lavabo y me metí en la ducha. Apenas había pasado un par de minutos cuando el de Gruyère empezó a dar voces desde el exterior pidiendo paso para usar el aseo. Sorprendido por su actitud, le dije que apenas salía agua, y que me diese un pequeño margen de tiempo para terminar, apenas cinco minutos. Encore cinq minutes? me contestó él. Non, cinq minutes seulement, repliqué molesto desde la ducha.

Su urgencia debía de ser grande, porque no había pasado la mitad de ese tiempo cuando empezó a vociferar con frases difícilmente inteligibles y a aporrear la puerta. Violentado por lo absurdo de la situación, me dí toda la prisa posible para terminar y, casi sin secarme y sin poder lavar la ropa, abandoné el cuarto de baño. Al salir, con cara de toro bravo se atrevió a decirme il faut respecter les autres. Yo le miré fijamente a la cara y le repetí C´est vrai, il faut que tout le monde respecte les autres. Al instante me dí cuenta de que lo que pretendía el individuo era simplemente... ducharse. Aquellas fueron las últimas palabras que nos dirigimos el uno al otro, afortunadamente había elegido una litera en el otro dormitorio
















San Pedro de Rozados es un pequeño pueblo de la comarca del Campo de Salamanca, situado a 22 Km de la capital, cuyo núcleo central es un grupo de pequeñas casas arracimadas que conforman varias calles irregulares en torno a la Iglesia de San Pedro, una construcción del Siglo XVII rematada en una espadaña que recuerda a las iglesias de las montañas leonesas. Cuenta con poco más de 300 habitantes, y su topónimo podría venir del gran número de caminantes que se desviaban de la calzada para curarse aquí de sus heridas y rozaduras.


Fui a cenar al centro rural, que cuenta con un agradable comedor y oferta un menú a precio razonable: judías verdes rehogadas, filete con patatas y arroz con leche. La atención es buena, pero la calidad de la carne, más parecida a la suela de un zapato, deja mucho que desear. Algo increíble en una zona con tanta ganadería como ésta. Al salir casi era ya la hora del ocaso, y buscando un lugar por los alrededores del pueblo donde fotografiar una buena puesta de sol, me encontré con una porqueriza donde pude entretenerme un rato.














Sus orondos habitantes eran extremadamente tímidos y desconfiados, y cuando me vieron aparecer huyeron despavoridos en manada hasta el extremo más alejado del recinto. Permanecí junto al muro casi sin moverme mientras fueron recuperando la confianza, y poco a poco se fueron acercando curiosos hacia mí. Cuando el grupo estaba listo para una foto, el destello del flash volvió a desencadenar la estampida, pero una vez llegaron al fondo pronto se tranquilizaron de nuevo, y volvían apiñados, protegiéndose detrás del que parecía más atrevido, que se acercaba a mis gestos de llamada. Cualquier aspaviento o movimiento brusco volvía a desencadenar sus apelotonadas carreras, y cuando uno de ellos echaba a correr los otros le imitaban automáticamente...

Y así estuve un buen rato contemplando el curioso comportamiento de estos futuros Jamones de Guijuelo, hasta que la diversión no dio para más, y entonces me di cuenta de que el sol ya se había metido por el horizonte...


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5 comentarios:

Lola Hiniesto dijo...

Te pierde la imaginación, Miguel. No doy crédito a que te perdieses la puesta de sol por jugar con los "futuros jamones", jaja.
Te ha quedado una etapa de lo más divertida, entre el mostacho de Mr. Gritos y su cortesía, los Guijuelo y tu expresión: "haciendo altos cortos de escasos" (que me parece un trabamentes) lo he pasado pipa (como siempre). Merci.

Miguel Aradas dijo...

Alto: Detención, parada, descanso...
... pero si lo escribo así, no te ríes.

Nando dijo...

Bueno yo quería decir que el mostacho no es símbolo de falta de civismo o mala educación. Los que llevamos a gala un decoroso bigote, somos por lo general afables y educados. La excepción confirma la regla.

Miguel Aradas dijo...

El problema no está en el bigote, sino en lo que viene detrás...
Y ahí, cada uno aporta lo suyo, sin excepciones.

Anónimo dijo...

El origen de la toponimia de San Pedro de Rozados se debe a la roza del terreno, es decir, la eliminación de las matas y hierbas para el aprovechamiento agrario de las tierras. Esto mismo ocurre, por ejemplo, en una localidad cercana llamada Santo Tomé de Rozados.
Saludos.