jueves, 16 de junio de 2011

ETAPA 2: SALAS - POLA DE ALLANDE

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El Camino Primitivo en Bici: Oviedo - Santiago de Compostela

(Clicar en cada imagen para ampliarla)

- Lugares de paso: 1. Salas - 2. Puerto de La Espina (Bodenaya) - 3. Tineo - 4. Alto de Piedratecha - 5. Borres - 6. Alto de Lavadoira - 7. Pola de Allande

- Longitud: 50 Km - Hora de salida: 09.10 h. - Llegada: 17.35 h.
- Desnivel acumulado en subidas: 1.803 m.
- Altitud inicial: 240 m. - Altitud final: 547 m.
- Altitud máxima: 913 m. - Altitud mínima: 240 m.
- Nivel de dificultad: 0 - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - E
- Para descargar y ver el recorrido con Google Earth: Clicar AQUÍ


Miércoles, 25 de mayo de 2.011:
De segundo, músculos al vapor con guarnición de barros y truenos.

Nubes y claros en el cielo con temperaturas agradables. Tormentas por la tarde.

Todos dormíamos cuando, poco antes de la una de la madrugada, momento en que debíamos de haber ascendido ya al quinto cielo, dos individuos abrieron la puerta de nuestro dormitorio del albergue y entraron en él encendiendo la luz y dando voces, como si la habitación estuviese vacía. Cuando fueron advertidos de que molestaban a la gente que estaba durmiendo, contestaron con muy malos modales y siguieron a lo suyo. Eligieron cada uno una cama libre a su gusto y, vestidos tal como iban, se acostaron con intención de dormir, manteniendo su respiración agitada durante un buen rato.

El resto de habitantes del dormitorio parecieron recuperar pronto el ritmo acompasado y profundo que acompaña al sueño, pero desde ese momento yo no volví a pegar ojo en toda la noche. ¿Pero quiénes son estos impresentables? ¡Estos no pueden ser peregrinos! ¿Serán indigentes? ¿Serán huidos de la justicia? ¿Cómo es posible que la puerta del albergue esté abierta a estas horas? La noche agranda la imaginación, y yo, que después del sobresalto estaba sobre la cama con los ojos abiertos como una lechuza, analizaba cada uno de sus movimientos por si delataban alguna maniobra sospechosa, pero poco a poco ellos también se fueron diluyendo encima del colchón. Sólo el que parecía de mayor edad dejó escapar algún tímido ronquido a lo largo de la noche hasta que, poco antes de las 6 de la mañana se levantaron y se fueron por donde habían venido. Esta vez, eso sí, sin hacer mucho ruido. Fue entonces cuando el cansancio se adueñó otra vez de mí, y no recuperé la conciencia hasta que a las 07.30 h. el despertador de Víctor entonó su particular melodía.

La sorpresa nocturna fue el principal tema de conversación entre nosotros y los otros dos pacíficos ocupantes de nuestra habitación, que también estaban molestos por los malos modos con que se desenvuelven algunos. Cuando terminamos de recogerlo todo, y estábamos ya en el exterior del albergue montando las alforjas sobre las bicis, vimos en un prado cercano que los dos  molestos personajes eran jinetes, al parecer padre e hijo, que estaban en ese momento terminando de embridar a sus caballos y se disponían a marchar, demostrando con sus ademanes que tenían mucha experiencia en tratar con el ganado...

Ya más tranquilos, desayunamos con ganas en el Café-Bar Berlín, donde en un letrero luminoso anuncian los Carajitos del Profesor, una especie de pastas de té a base de avellana triturada, típicos de Salas. Una vez en marcha, tras pasar bajo el arco que une la torre medieval con el Palacio Valdés, salimos de la villa disfrutando de un camino en suave ascenso, que se interna en un bosque de robles y marcha durante un buen rato en paralelo al cauce del Río Nonaya.



Al acercarse al fondo del valle, la ruta da un brusco giro y el camino empieza a picar para arriba de modo serio, hasta alcanzar la carretera N-634 que sube al Puerto de la Espina. ¡Chavales! ¿Sabéis qué os digo? ¡Que es menos de lo que parece, a por ella! Pero no, la realidad terminó por poner una vez más a cada uno en su sitio, y el nuestro en ese momento era empujando la bicicleta por las piedras, camino arriba.



Tras un breve respiro al entrar en el asfalto, la cosa se vuelve a endurecer después, cuando el itinerario continúa por una pista amplia que asciende bordeando los taludes de la nueva autovía hasta sobrepasar la aldea de Porciles, ya casi en el alto. Pero en esta  gloriosa ocasión... ¡Pudimos con ella!. Se entra a partir de aquí en una amplia meseta abierta a los cuatro vientos, que aquí llaman El Llanón, y ya con ganas de un respiro llegamos al albergue de Bodenaya, donde paramos a sellar las credenciales. El resultado es el mismo que en otras ocasiones anteriores: está cerrado y sin nadie que lo atienda. Seguimos ruta...



Enseguida llegamos a La Espina, localidad que da nombre al puerto, y a La Pereda, donde se encuentra la Ermita del Cristo de los Afligidos, para adentrarnos en un tramo de varios kilómetros que resultó ser de extrema dificultad. Avanzamos como podemos por caminos y senderos que marchan a media altura rodeados de vegetación, en paralelo a la carretera, aunque a cierta distancia de ella, y donde las zonas de barro espeso son la tónica dominante. Pedalear sobre la bicicleta, cuando es posible, supone un fuerte desgaste, y cuando no lo es... también. Empujarla con todo su peso, con los pies y las ruedas que se hunden en el barro, ocasiona un sobreesfuerzo que no estaba previsto, además de poner en riesgo la integridad de alguno de sus elementos mecánicos. En el caserío de Bedures nos ceden amablemente una manguera con la que quitamos el barro del cambio, cadenas, platos y piñones, lo que nos permite proseguir nuestra marcha.



Pero, aunque ahora ya íbamos sobre aviso, la tranquilidad dura muy poco, porque después de bajar a la carretera a la altura de El Pedregal, la situación se vuelve a repetir en el tramo siguiente. Aunque se suceden las subidas y las bajadas, el barro sigue siempre presente... negro... pastoso... y difícil de evitar, porque el camino va a veces encajonado como una auténtica corredoira. La pesadilla termina al llegar al campo de fútbol situado en lo alto de Tineo, muy próximo a la Ermita de San Roque, donde entramos en un amplio paseo con excelentes vistas, que nos conduce hacia el interior de la villa pedaleando con una comodidad que ya habíamos olvidado.



Como la localidad está situada a lomos de la ladera de un monte, las calles de Tineo son casi todas en pendiente, y su configuración hace que casi desde cualquier lugar se domine una buena panorámica del valle que tiene enfrente. En una esquina de la Plaza del Ayuntamiento encontramos el Mesón Cervantes, un buen sitio para esta bien merecida parada. Hemos empleado casi tres horas de gran esfuerzo para llegar hasta aquí, y sólo hemos recorrido los primeros 20 Km de la etapa. La plaza está animada, hay mucho movimiento y la luz del día invita a sentarse un rato en la terraza exterior, donde van cayendo unas cervecitas y unos buenos bocatines especialidad de la casa.



Después de descansar, y con los depósitos otra vez llenos, intentamos probar suerte en el albergue local, a ver si conseguimos estampar algún sello en nuestras casi vacías credenciales. Pero después de dar un gran rodeo, el resultado obtenido no mejora los anteriores. ¡Increíble! Ni en una localidad de un tamaño considerable como ésta hay hospitaleros para atender a los peregrinos por la mañana. A este paso, cuando lleguemos a Santiago no se van a creer que hayamos hecho el Camino...


Saliendo de Tineo por la Calle de la Fuente, proseguimos nuestra ruta nuevamente cuesta arriba, por un terreno que se vuelve cada vez más abrupto. Casi 5 Km. de subida por un camino bastante accidentado nos separan del Alto de Piedratecha, aunque con el día que nos ha tocado en suerte, hoy sí podemos decir que se puede disfrutar del paisaje. Bosques y prados se suceden a media ladera por esta zona prácticamente despoblada, en medio de un horizonte donde domina el verde intenso. A medida que avanzamos, entre vueltas y revueltas dejamos atrás una caseta de pastores, alguna fuente, y buena parte de nuestro sudor,  pero nunca falta el buen ánimo, y César se arranca a cantar:

Voy recordando aquellas calles
que desde niño yo recorrí...
y ahora que estoy rodeado de amigos
levanto mi copa y brindo por ti...


Al llegar al alto se puede dominar un amplio escenario poblado de montañas en todas las direcciones. Una pista de cemento nos llevará hasta el caserío de Piedratecha, ya en la carretera, hasta que poco después nos internamos en un sendero que atraviesa un bosque de hayas, robles y castaños, y que desciende rápido hasta las cercanías del Monasterio de Obona, una  abadía del Siglo XIII en estado de completo abandono y, según las referencias, cubierto por la maleza. ¡Qué rápido hemos bajado lo que tanto esfuerzo nos había costado subir!

Para llegar a las ruinas del monasterio hay que desviarse algo más de 500 m. del camino, y continuar bajando para luego volver a subir al mismo desvío, y como la jornada se nos va echando encima, decidimos pasar de largo y aligerar la marcha. Adelantamos en esta zona a algunos peregrinos a pie que se apartan dejándonos pasar... ¡Buen Camino! ...hasta que después de las granjas de Villaluz enlazamos con la carretera que nos conducirá a  Casa Herminia en Campiello, lugar en el que habíamos previsto detenernos para comer. Pero antes de entrar, en la nave de enfrente nos dejan otra manguera con que limpiar de nuevo el barro que llevamos por todas partes...


El local es lo único que hay abierto en muchos kilómetros, y cuenta con bar, restaurante, y un pequeño supermercado. El lugar es, por razones obvias, punto de encuentro de peregrinos, por lo que recientemente sus dueños han decidido habilitar también unas habitaciones como albergue. En poco tiempo, allí nos juntamos unos cuantos... Por nuestra parte venimos secos y, más que comida, nos apetece fruta y bebida. En la tienda compramos plátanos, naranjas, cerezas y una gran botella de aquarius que consumimos sentados en una mesa del bar para, una vez recuperados, continuar la marcha. Víctor reparte unos geles milagrosos con sabor a manzana que dicen servir para recuperar los músculos cansados. ¡Buena falta nos hace!


Bastante pasadas las tres de la tarde continuamos la marcha, esta vez bajando por un tramo de carretera, hasta que en El Fresno volvemos a salir del asfalto por un camino que nos acerca a Borres, en el inicio de una fuerte subida. Dejamos a la derecha el desvío de la denominada Ruta de los Hospitales, itinerario alternativo que recorre toda la divisoria de las montañas para llegar a Montefurado, más allá del Puerto del Palo, lo que supone más de 30 Km. de pura montaña donde no se ve un alma, y completamente desprovistos de población y de servicios. Poco recomendable, salvo en pleno verano y en días despejados.

La siguiente referencia de nuestra etapa es ahora el Alto de Lavadoira, que ya adivinamos en las montañas del fondo, iniciando a partir de aquí un auténtico tramo rompepiernas de casi 10 Km. que puede llegar a minar la moral del más fuerte. Al puerto asciende una carretera en obras que va ganando altura de forma gradual, y que se adapta con sus zonas de curvas a las numerosas vaguadas que va encontrando a su paso, y a las que va superando siempre a media ladera. Pero el camino por el que nos llevan los indicadores jacobeos es bien distinto, ya que desciende hasta el fondo de cuanta vaguada se encuentra, para volver a subir después hasta el mismo nivel de la carretera cada vez que pasa por alguna aldea, que siempre está situada en un lugar elevado. Y así, entre subidas esforzadas y bajadas vertiginosas, y entre sucesivos holas y adiós a la racional vía de asfalto, vamos alcanzando los núcleos de Samblismo, La Mortera, Colinas de Arriba y Porciles. Aquí ya sólo nos quedaba repetir la jugada una última vez, pero bajo la amenaza de mis piernas, que estaban a punto de declararse en huelga, decidimos saltarnos la ortodoxia y ascender lo poco que nos faltaba de una manera menos pasional... por la carretera.



Pero no sabíamos que con nuestra decisión se abría la Caja de Pandora, porque mientras seguíamos ganando altura, las nubes y claros que dominaron la jornada se fueron transformando en nubes de evolución que, a medida que nos acercábamos arriba, empezaron a descargar sobre nosotros todo su aparato eléctrico. Rayos y truenos eran una misma cosa, sin apenas intervalo, porque los teníamos directamente encima. En Lavadoira, al llegar al puerto, decidimos detenernos y enfundarnos el chubasquero al abrigo de los árboles, porque habían empezaron a caer "unas gotitas". Sin tiempo casi a sacarlos de sus embalajes, comenzó entonces un auténtico diluvio de lluvia y granizo que en unos segundos nos dejó tiritando. ¡Pies, para qué os quiero! Con toda la agilidad posible, emprendimos la bajada por el camino que atraviesa el bosque, aunque controlando la trazada en un descenso que se había puesto peligroso, ya que el firme estaba cubierto de un helado manto blanco y surcado por el agua que seguía cayendo con furia.

En Ferroy encontramos un cobertizo donde estar un rato a cubierto y reponernos del susto. Cuando terminó el chaparrón y se aclaró un poco el panorama, fuimos conscientes de que nos quedaban poco más de cinco minutos para llegar al destino final de nuestra etapa. A la entrada misma de Pola de Allande se encuentra el albergue, al que llegamos mojados, pero triunfantes...


El albergue está ubicado en el edificio de una vieja escuela, a la que se accede por una intrincada escalera de piedra. Cuando llegamos, el dormitorio estaba lleno de peregrinos que esperaban a que alguien los atendiese, pero no había más señales de vida inteligente. Después de algunas dudas, elegimos plaza entre las camas libres y desplegamos nuestro material para comprobar que no había sufrido daños significativos con la lluvia. Como en el recinto no hay nada parecido a un lavadero, me metí bajo la ducha vestido con la ropa que traía puesta, para quitarle al menos el barro. La pusimos a secar después junto a unos radiadores, en la otra sala a la que también subimos las bicicletas. Poco después ya estábamos listos para la conquista del pueblo.



La localidad de Pola de Allande está asentada sobre el cauce del Río Nisón, dentro de un valle encajonado y rodeado de montañas. Aparte del Palacio de Cienfuegos, construido en el Siglo XIV en lo alto de una colina, sus edificios más significativos son el Ayuntamiento y la Iglesia de San Andrés. Poco más salta a la vista en el recorrido por sus calles, además del verde paisaje que asciende hasta las alturas.

Después de tomar unas merecidas cervezas, paramos temprano a cenar en el Restaurante La Nueva Allandesa, recomendado en diferentes guías del Camino para comer platos típicos, con una buena atención y un precio razonable. El responsable del comedor es un tipo simpático y charlatán, de los que son capaces de intentar venderte cualquier cosa, que hasta se prestó a sacarnos una foto de grupo en la mesa, pero con la mala fortuna de que orientó el objetivo hacia las cortinas de la ventana.  Nos sirvió  con mucho arte un completo menú degustación que al final nos costó terminar: Paté de morcilla, Pote asturiano, Pudding con tomate, Repollo relleno de carne, y un surtido de varios postres. Aunque con unos sabores un tanto redundantes y con predominio del picante, todo estaba bastante bien preparado.


Cuando regresamos al albergue con intención de "planchar la oreja", varios peregrinos hacían cola ante el hospitalero que, ahora sí, había aparecido para cobrarnos la estancia de esa noche. Con aspecto de desidia, demostraba su poco apego al trabajo al dejar a cargo de los propios peregrinos la inscripción de sus datos en el libro de registro. ¡Vaya elemento! Al fin y al cabo, ¡Qué más se puede pedir! ¡Si un peregrino no necesita más que una ducha y un colchón bajo techo donde poner a descansar sus castigados huesos!

Y a eso nos disponíamos, pensando en que mañana nos esperaba la "etapa reina" de esta aventura, que parece no querer darnos respiro alguno...


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2 comentarios:

Nando dijo...

Parece toda una Odisea,... no se lo que os resultó más duro, si la llegada de los centauros nocturnos o el barro del camino. Y digo yo ¿nunca intentasteis dormir en un edificio de la parroquia del lugar?

Miguel dijo...

Los locales habilitados para peregrinos son los albergues. ¿Qué te hace pensar que sería mejor alojarse dependiendo de la caridad de una parroquia? No nos plantearíamos esa posibilidad más que en el caso que no hubiese ninguna otra solución. Y las hay.