sábado, 1 de septiembre de 2012

ETAPA 6: MÉRIDA - ALCUÉSCAR

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Por el Camino de los Mozárabes: Vía de la Plata

Martes 22-5-2012 - De Mérida a Alcuéscar (38,4 Km.)
Salida: 6.40 - Llegada: 16.20

El que no tiene cabeza... tiene que tener pies.

Cielos despejados. Vuelve el sol y el calor (Máx. 28ºC)



Me levanté intentando no molestar al personal y ordené todo mi equipo fuera del dormitorio. Como a esas horas no había nada mejor, desayuné de pie en las estrecheces de la cocina del albergue y eché a andar antes del amanecer siguiendo las indicaciones de las flechas. A partir de aquí comienza realmente el trazado de la Vía de la Plata, antigua calzada romana que unía las ciudades de Augusta Emérita y Astúrica Augusta, pero todavía tendré que esperar hasta poder caminar sobre sus históricas piedras.

Se sale de Mérida bordeando la ciudad por la avenida del Ferrocarril y, cruzando el cauce del Río Albarregas sobre un puente romano que discurre en paralelo al Acueducto de los Milagros, por la avenida del Lago se dejan atrás las últimas urbanizaciones de la parte más moderna de la ciudad, hasta enlazar finalmente con la carretera que conduce al embalse de Proserpina. Cuatro kilómetros de asfalto me separan de esta antigua obra romana que actualmente sigue en pie, y que sirve como lugar de ocio y recreo para la población de los alrededores. Su presa, de más de 400 m. de longitud y 21 m. de altura, fue la más grande construida por el antiguo imperio.

















Ya llevaba un buen rato caminando hacia el embalse cuando, al empezar el sol a tomar altura, eché en falta las gafas y la gorra. ¡Vaya cabeza la mía! ¡Me las he dejado en la cocina! Con el cielo completamente despejado y la predicción de una nueva subida de las temperaturas, no podía continuar sin dos de mis elementos principales de protección. Muy a mi pesar, no me quedó otra opción que dar media vuelta y regresar al albergue para recuperarlas, con lo que perdí un tiempo precioso para evitar los rigores del sol a mediodía y la ventaja que llevaba al resto de peregrinos. Ya de vuelta al camino, me encontré de nuevo con Jerónimo, que me acompañó en el recorrido que rodea la presa pero, como él iba a otro ritmo más pausado, otra vez le volví a perder la pista.

El itinerario sigue durante un buen rato por asfalto, hasta que una borrosa flecha pintada en un tronco que casi pasa desapercibida lo introduce de nuevo en la dehesa. Se recupera aquí un entretenido paisaje que parecía olvidado desde la Sierra de Sevilla y, por un camino entre encinas y alcornoques que avanza hacia la aldea de El Carrascalejo, se puede contemplar una buena muestra del abundante ganado que se cría casi en completa libertad.

















En esta pequeña población de menos de 100 habitantes destaca la Iglesia de la Consolación, construida a finales del Siglo XIV y conocida también como Santa María del Camino. A escasa distancia, después de pasar bajo la autovía y superar una pequeña loma en la que se encuentra un crucero, entramos en Aljucén, otro pequeño pueblecito en el que destaca la Iglesia de San Andrés. Se trata de la última localidad de la provincia de Badajoz, está situada en las estribaciones de la Sierra Bermeja y da acceso al Parque Natural de Cornalvo en su extremo más al Norte.
















A la entrada del parque se encuentra el edificio principal del Cortijo de la Dehesilla, que cuenta con una  gran letra G como símbolo que preside su fachada, y que durante un buen trecho será la marca de las muchas ovejas que se encuentran sueltas a lo largo del itinerario. Hasta finalizar esta etapa, quedan otros 20 kilómetros en los que no se pasa por ninguna zona habitada y el agua escasea. En las horas centrales del día el sol ya comienza a hacer notar sus efectos, pero el recorrido por el interior parque es relajante. Hoy siento que el descanso de la jornada anterior me ha venido muy bien para recuperar nuevos bríos.

















En el límite entre las provincias de Badajoz y Cáceres, justo al final del parque natural, me detengo unos minutos a beber y a reponer fuerzas bajo la sombra de una encina. Allí mismo hay un cubo de granito gris que marca la dirección a seguir, acompañado de un gran panel explicativo, también de granito, que tiene todas sus inscripciones borradas por la acción del sol y del tiempo. Me llaman la atención los tres impactos de escopeta de caza con los que alguien ha querido hacer puntería en un elemento tan costoso como ahora inútil. ¿Quién habrá sido el cafre? Sin reparar en otros detalles, sigo después por el camino principal que avanza por la izquierda sin percatarme de que voy en dirección equivocada. Cuando el sol ya ataca con fuerza desde la vertical, en la zona del Hoyo de las Huertas me encuentro con un gran rebaño de ovejas diseminadas a lo largo del camino. Muchas duermen la siesta o se protegen del sol pero, a causa del calor, ni una de ellas se toma la molestia de apartarse cuando paso a su lado. Me siento completamente ignorado y sin capacidad de intimidación alguna.

Poco después empiezo a pensar que llevo ya un buen rato caminando sin encontrar ninguna flecha o señal que me confirmen que voy por buen camino, pero no me preocupo en exceso porque tampoco he visto ninguna desviación en la que me pudiese despistar... hasta que llego a un cruce en que me encuentro de frente con la autopista, algo que no entraba en mis planes, y ninguna indicación de la dirección a seguir...

Después de sentir durante un rato el vacío de un peregrino descarriado perdido en la inmensidad de la dehesa, buscando flechas amarillas por donde no las hay, decido regresar sobre mis pasos hasta llegar a terreno fiable... y vuelvo otra vez al lugar en que una hora antes había estado sentado a la sombra... y compruebo la dirección que indica el cubo gris... y me lamento por segunda vez del mal pie con que me he levantado esta mañana.














Vuelto al redil, las flechas de los árboles me introducen por un estrecho sendero que, aunque a la entrada está bastante difuminado, unos cientos de metros después está señalizado como "Cordel de Mérida" y avanza entre matorrales y encinas por un terreno ondulado que se aleja del cauce del arroyo del Valle de la Zarza. En la parte alta, y tras sobrepasar una cancela, se accede a una pista más amplia que sigue ganando altura progresivamente.














El terreno se vuelve más despejado y los árboles escasean al recorrer las zonas de MontánchegoEl Coscojal y Las Cañameras, donde dejo atrás la Cruz de San Juan como única referencia significativa de este largo tramo. A la altura del Cerro de la Carbonera se toma un desvío hacia el camino del Valle de la Jara, desde donde se aprecia a lo lejos la torre de la Iglesia de la Asunción en la localidad de Alcuéscar, punto final de una etapa que, por mi mala cabeza, en lugar de los 38 kilómetros previstos se ha ido alargando al final hasta  sobrepasar los 46... pero llego fuerte y con ánimo.














El albergue se encuentra en la carretera de entrada al pueblo, en el interior de un edificio dedicado a residencia de discapacitados y regentado por la congregación religiosa de los Esclavos de María y de los Pobres. Me toca esperar un buen rato porque no abren la recepción de peregrinos hasta las 17 horas, intervalo en el que va llegando algún que otro andarín. Para mi sorpresa, y a pesar de todas mis gloriosas peripecias de esta jornada, he sido el primero en llegar y elijo cama en un dormitorio completamente vacío. El voluntario que lo atiende nos anuncia que el centro organiza cada día a las 19 h. una cena colectiva para todos los peregrinos. Si quiero estar a la hora, tengo el margen justo para ducharme, ocuparme del equipo y salir a buscar un súper donde comprar todo lo necesario para el día siguiente. Hoy no me quedará mucho tiempo para visitar el pueblo.























En el comedor me siento junto a Marcia, una italiana de aspecto bohemio que comparte la mesa con otros peregrinos. Me encuentro de nuevo con Jerónimo y con la pareja de norteños con la que ya había coincidido en el albergue de Villafranca de los Barros. Se sienta también con nosotros Agustín, el hospitalero, un sevillano muy animoso que consigue que todos participemos en las tareas de atender el comedor. Una gran ensalada de tomate, una fuente de judías verdes rehogadas y otra de fritos variados, acompañados de fruta, pan y bebida, saciaron con creces el apetito de los más hambrientos, porque no fuimos capaces de terminar con todo lo que se puso sobre la mesa.














Para terminar, sesión colectiva de fregoteo en la que participamos de buena gana, trabajando en serie y turnándonos en el manejo de los estropajos y del grifo articulado con ánimo divertido. Y después, una peregrina alemana que estaba de cumpleaños nos invitó a todos a compartir unas copas de vino y, sentados en la terraza del bar de enfrente, continuamos con una animada conversación en varios idiomas. El ambiente agradable se prolongó hasta que el sol comenzó a declinar y empezamos a pensar en el descanso necesario para afrontar un nuevo día...















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4 comentarios:

Lola Hiniesto dijo...

Me pregunto algo que hasta hoy no había pensado: ¿el horario del peregrino coincide con el de las gallinas?

Miguel Aradas dijo...

Sabia deducción...
...talmente, pero sin cacareo matutino cuando se trata de un gallo de corral. Jejeje

Nando dijo...

Aclárame una duda, ¿la foto con el cuadro que nos muestras a la entrada del albergue, es quizás de San Juan Bosco?
Por cierto, Así como te veo en la mesa comiendo no te veo en la cocina fregando, y en ambos casos se supone que la cámara es tuya. No hacen falta explicaciones .....

Miguel Aradas dijo...

Nando, te felicito por tu buena vista y por tu gran capacidad deductiva. Ya sabes que siempre que puedo me entrego a la molicie. Jejeje.