miércoles, 8 de diciembre de 2010

Etapa 11: VILLAFRANCA MONTES DE OCA - BURGOS

-
Jueves, 7-10-2010: De Villafranca Montes de Oca a Burgos (39 Km.)

  Del milagro a la tentación

Cielos cubiertos con algún claro y tormentas por la tarde. Temperaturas suaves


Después de un potente desayuno en El Pájaro, a las 7.30 h. ya estoy tirando cuesta arriba por la empinada pendiente con que comienza el ascenso a los Montes de Oca. Aún es de noche, pero hoy he salido un poco más temprano por si tengo la oportunidad de visitar las excavaciones de Atapuerca, que quedan a mitad de etapa. Las rampas son duras durante algo más de un kilómetro, hasta el mirador de la Fuente de Mojapán, al que llego cuando el sol empieza a despuntar a mi espalda. Bajo la marquesina del mirador me encuentro al grupo de la mula con el personal desperezándose dentro del saco, después de dormir toda la noche al raso.


Aunque siempre subiendo, desde aquí la pendiente se suaviza y  el camino atraviesa un hermoso bosque autóctono de  robles y encinas. Al llegar al Alto de la Pedraja, muy cerca del puerto por donde pasa la N-120, se interna por una amplia pista forestal abierta entre grandes pinares que, aunque con algún tobogán intermedio, se transforma en un largo y agradable paseo de bajada hasta el Monasterio de San Juan de Ortega.


El llamado Juan de Ortega fue discípulo de Santo Domingo y continuador de sus obras en favor de los peregrinos. Se le atribuye la terminación hasta Burgos del tramo de camino que su maestro había iniciado en Nájera, así como la construcción del hospital de peregrinos y del monasterio que lleva su nombre, donde falleció en 1.163. En la iglesia del monasterio, ampliada por Isabel la Católica, se encuentra su tumba bajo un soberbio baldaquino gótico construido por Gil de Siloé.

El lugar es muy conocido porque, en los días del equinoccio, se puede contemplar el llamado Milagro de la Luz, que se produce cuando un rayo de sol, que entra a eso de las cinco de la tarde por la ventana ojival que hay bajo el campanario, ilumina un capitel que representa los misterios de la Anunciación, la Presentación y la Natividad de la Virgen, simbolizando la intervención del Espíritu Santo.


Con un firme muy bien acondicionado, el camino sigue a continuación por un  rebollal, hermoso bosque autóctono de robles, que se abre más adelante a panorámicas más amplias. Más de una cancela limita aquí  los movimientos del ganado, que se mueve por la zona con relativa libertad.

Después de los días que llevo en ruta empiezo a tener la sensación de que mis piernas responden a cualquier esfuerzo, llegando al final de las etapas sin gran sensación de fatiga. Pronto entraré en la meseta y siento que ya estoy bien preparado para hacer kilómetros.



Aún así, después de más de tres horas andando me ha entrado hambre. Pronto llegaré a Agés, pequeña localidad que cuenta con una iglesia dedicada a Santa Eulalia, un par de albergues y varias casas restauradas que componen un buen muestrario de la arquitectura popular castellana. Aquí encuentro un buen lugar donde me sirven una empanada todavía humeante, recién salida del horno, con una cerveza bien fresquita. El hombre que atiende el bar no conoce los horarios de visita a las excavaciones; hay que seguir.





A la salida del pueblo se deja a un lado un pequeño puente medieval, construido también por San Juan de Ortega, para entrar en una pista asfaltada que conduce directamente a la localidad de Atapuerca, a donde llego 15 minutos antes del mediodía.

Se trata de un pequeño núcleo en el que sobresale la Iglesia de San Martín, situada en lo alto de un cerro. Aparte del movimiento que originan los peregrinos, la actividad principal del pueblo se centra en la atención a los numerosos visitantes del yacimiento arqueológico, que se concentran principalmente en los fines de semana. En la oficina dedicada a la recepción de visitas me informan de que ya no me puedo acoger al horario del recorrido, que comenzó a las once. Me planteo dos alternativas, quedarme hasta el día siguiente o seguir mi camino. Me recomiendan como mejor opción una visita al Museo de la Evolución Humana  que, inaugurado recientemente en Burgos, está basado en todos los hallazgos de estas excavaciones. ¡Otra vez será!


La Sierra de Atapuerca se atraviesa subiendo por un accidentado y pedregoso camino, bordeado por la destartalada alambrada que limita unos terrenos militares, hasta llegar por un pequeño encinar a los 1.079 m. del Alto de San Vicente, una explanada pedregosa presidida por una gran cruz de madera, desde donde se domina una  amplia panorámica con la ciudad de Burgos al fondo. La bajada también avanza por un sendero bastante abrupto, hasta que se transforma en una amplia pista agraria que dejará Villaval a la izquierda del camino.

A partir de aquí, cuando un sol plomizo se ha abierto paso entre las nubes, comienza la parte más desagradable de la etapa, en la que ya no se abandona el asfalto hasta el final. En Cardeñuela me paro un momento a tomar una cerveza en un bar, donde la posadera, con aspecto de estar permanentemente enojada, no hace más que quejarse de que el ayuntamiento ha cerrado el albergue de forma unilateral, sin reparar en los perjuicios que supone para los pequeños establecimientos como el suyo. Al poco llegan un par de francesas con las que ya me había cruzado anteriormente y que, con aire de autosuficiencia, se quejan de lo mismo. Ellas pensaban terminar aquí la etapa y se ven obligadas a continuar 14 kilómetros más, porque hasta Burgos ya no hay albergues.

¡Y qué 14 kilómetros! Siempre por asfalto se deja atrás Orbaneja, se cruza la autopista A-1 y, dando un gran rodeo por el arcén de una carretera en que los coches van a gran velocidad, se bordea la pista de aterrizaje del aeropuerto. Tras una gran rotonda y un nuevo cruce de autopista se llega hasta Villafría. Ya no quedan más que 8 kilómetros de tormento. Me desvío hasta la plaza de la iglesia para coger agua en una fuente, y justo allí... delante de mí... surge La Tentación: Junto a la Iglesia de San Esteban, donde la línea 8 de autobuses urbanos de Burgos tiene su estación término, un autobús parece esperarme... durante un buen rato... Pero del duro combate entre las dos voces antagónicas que se produce en mi interior, esta vez saldrá victoriosa la posición sufridora... la que decide seguir a pie hasta el final... "Con lágrimas en los ojos" veo que el bus abandona la parada e inicia su trayectoria hacia el centro de Burgos. No queda otro remedio que caminar.


En la entrada a Burgos por la N-1, el paisaje se transforma en una interminable y ancha recta flanqueada por  infinidad de naves industriales. Aquí peregrinar consiste en caminar siempre por la acera, subir y bajar bordillos, atravesar cruces, rodear rotondas, esperar al semáforo en verde... Más cruces, más aceras, más sedes de empresas... Hasta llegar al moderno y populoso barrio de Gamonal, principal zona de expansión del casco urbano, donde los modernos bloques de viviendas sustituyen a las instalaciones industriales, pero sigue la amplia avenida en línea recta con todos sus cruces y semáforos. Nada menos que 8 kilómetros, aproximadamente una hora y media, para completar este tramo, que se me antoja horroroso, para llegar al casco antiguo de Burgos, a orillas del Río Arlanzón.

Una vez superado el territorio hostil me dirijo directamente al albergue municipal La Casa del Cubo, ubicado en un espléndido edificio recientemente rehabilitado y situado muy cerca de la parte trasera de la Catedral. Con unos buenos espacios colectivos y los dormitorios distribuidos en cinco plantas, tiene capacidad para acoger a más de cien peregrinos. Sobrado de diseño, en su interior es todo muy moderno, pero con un ambiente poco acogedor. En cada planta, los espacios reservados a las literas están comunicados entre sí, pero también lo están con los pasillos, las escaleras y los espacios de ducha o aseo, con lo que cualquier movimiento afecta a todos. Otra vez me toca rodear mi cama con unas cortinillas si quiero dormir sin que me afecte el exceso de luz o de ruido. Comparto litera con un maño que viene en bicicleta desde Zaragoza, siguiendo la ruta que sale de Montserrat y asciende por el Valle del Ebro.


Cuando he acabado mis tareas son casi las siete de la tarde. Salgo del albergue con el tiempo justo para entrar a visitar la Catedral y, cuando todavía estoy rodeando su parte trasera, empieza a descargar una tromba de agua que me obliga a refugiarme en el primer portal que encuentro. Con la entrada para las visitas a escasos cincuenta metros, me resulta imposible salir a riesgo de echar a perder la cámara de fotos. El tiempo pasa, y para cuando remite la lluvia ya han cerrado el acceso al interior del recinto. Aunque pronto empezará a oscurecer, me queda el consuelo de callejear por Burgos.




Qué contar de Burgos en pocas palabras, del amplio conjunto monumental y de la dilatada historia de una ciudad que durante más de dos siglos fue capital del Reino de Castilla. Sólo decir que  me gusta todo, me encantan las calles y plazas, los edificios góticos, las iglesias y los restos de sus murallas, el acierto con el que han peatonalizado todo el centro histórico... Pero el tiempo de que dispongo se me agota fotografiando su monumento más representativo, la Catedral  de Santa María la Mayor, desde todos los ángulos posibles. Me quedo con el que se ve en esta foto.


Dejaré para mejor ocasión la visita al Monasterio de las Huelgas, la Cartuja de Miraflores, el Convento de Santa Clara, las iglesias de San Gil Abad, San Esteban, San Nicolás de Bari o Santa Gadea, el Palacio Arzobispal, el Arco de Santa María, el Palacio de los Condestables de Castilla... ¡Burgos es Burgos!


Para volver al índice de etapas, clicar AQUÍ
-

lunes, 6 de diciembre de 2010

Etapa 10: SANTO DOMINGO - VILLAFRANCA MONTES DE OCA

-
Miércoles, 6-10-2010: De Santo Domingo de la Calzada a Villafranca Montes de Oca (35 Km.)

  Una jornada sin pena ni gloria

Cielos soleados con algunas nubes. Temperaturas agradables


Me sirven el desayuno en una madrugadora cafetería, café con leche y un par de ahorcaditos, pasteles de hojaldre y crema de almendra típicos del lugar. Emprendo la ruta por la Calle Mayor, que me lleva hasta el final del recinto amurallado. Antes de alcanzar el puente que cruza el Río Oja, ya enfilada la salida de Santo Domingo, un niño de unos 5 ó 6 años que va de la mano de su madre me desea ¡Buen Camino! y pasan unos segundos antes de que le conteste con un ¡Gracias!  A estas horas...¡Qué curioso! él tan despierto... y yo tan dormido.

 Emprendo hoy una nueva etapa en la que, siempre en paralelo a la N-120 que une Logroño con Burgos, dejaré atrás los caminos de La Rioja para entrar en tierras de Castilla. Me espera un rosario de pequeñas localidades que se suceden a poca distancia unas de otras, ninguna con una especial significación histórica, siguiendo un camino que me llevará por parajes casi desarbolados hasta la ladera de los Montes de Oca, separación natural entre las cuencas del Ebro y el Duero.

Desde Santo Domingo hay que recorrer algo más de seis kilómetros para llegar a Grañon, típico pueblo del camino  atravesado por una Calle Mayor, con la iglesia de San Juan Bautista en el centro, que en su día estuvo rodeado de murallas para defenderse de los musulmanes. Es el último pueblo de La Rioja.


Tras cruzar un arroyo jalonado por unas choperas, el camino asciende a una pequeña elevación donde sólo un cartel nos anuncia que ahí se encuentra el límite con Castilla. Al fondo de la imagen se puede ver la localidad de Redecilla del Camino, situada del otro lado de la carretera, que también se atraviesa a lo largo de su Calle Mayor. Robusta iglesia parroquial con una famosa pila bautismal de estilo románico, buenas casas de piedra y algún escudo heráldico.



Otro arroyo y otra pequeña subida nos llevan hasta Castildelgado, del mismo estilo que el pueblo anterior, pero más pequeño. Volviendo a bajar, se vuelve a repetir la misma historia. Hay que cruzar un arroyo y ascender una loma alargada  para llegar  Viloria de Rioja, que es un pueblo castellano a pesar de su nombre. En general de construcción más humilde, aquí el estilo de las edificaciones es distinto, ya que la piedra se alterna con el adobe y la madera como materiales predominantes. La iglesia y alguna de sus casas han sido restauradas recientemente con gran acierto y utilizando esos materiales originales.



En esta pequeña localidad nació  y fue bautizado en el año 1019 un tal Domingo García, que dedicó su vida a la atención a los peregrinos. Construyó la calzada entre Nájera y Redecilla del Camino y, por sus numerosas obras, fue elevado a los altares como Santo Domingo de la Calzada. Actualmente es el patrón de los Ingenieros de Caminos.

El camino sigue su curso entre campos de cereal  y nos acerca a la N-120. Durante un buen trecho un andadero avanza en paralelo a la carretera y, pasando por Villamayor del Río, se prolonga después hasta las inmediaciones de una fábrica de maderas, donde el terreno se estrecha y hay que cruzar de nuevo el asfalto,  ahora en una zona peligrosa y con poca visibilidad. Bajando por una pista que bordea un arroyo arbolado, el Camino de los Paúles, entramos en Belorado por el barrio de su antigua judería.

Situada al pie de un cerro donde se conservan las ruinas de un castillo que defendía la antigua frontera entre los reinos de Castilla y Navarra, Belorado es la localidad más importante de la etapa de hoy, con algo más de 2.000 habitantes . Además del Convento de las Clarisas, cuenta con otras dos iglesias, la de Santa María la Mayor (Siglo XVI) y  la de San Pedro (Siglo XVII). Por ser un tradicional punto de fin de etapa, es también uno de los pueblos del camino que cuenta con más albergues. Entre los soportales de la Plaza Mayor, donde cada lunes desde el Siglo X se celebra un mercado, encuentro un buen lugar para tomar una cerveza y reponer fuerzas. También aprovecho para rellenar un pequeño hueco en la mochila con un bocadillo y un par de frutas.


Hasta aquí me he cruzado frecuentemente con grupos de peregrinos, pero ninguno tan singular como el que encuentro a la salida de Belorado. Se trata de dos hombres jóvenes en compañía de un perro y una mula que van peregrinando en familia. Con aspecto de venir de muy lejos, avanzan a un ritmo relajado, con la carga acomodada sobre alforjas a lomos de la mula, que despreocupadamente ramonea todo lo verde que va encontrando a la vera del camino. Duermen al raso o en cualquier refugio improvisado y llevan  consigo todo lo que necesitan. El perro les abre camino. Progresan sin prisa, pero sin pausa, como los antiguos romeros medievales.

Pronto me encuentro con un tramo que me trae recuerdos, justo en el lugar donde el año anterior fuimos atacados salvajemente por el "barro asesino" que estuvo a punto de inutilizar nuestras bicicletas. Pero en esta ocasión no se repetirá el problema porque, al igual que en muchos otros tramos, han renovado la plataforma del camino y cambiado su firme para facilitar el tránsito a los peregrinos, lo cual es de agradecer. También pude identificar la casa en la que amablemente nos prestaron ayuda, justo a la entrada de  la localidad de Tosantos. Desde allí se puede ver la Ermita de Nuestra Señora de la Peña, construida en el interior de una cueva situada en la ladera de un cerro próximo.


La pista agraria sigue entre campos de cereal, ahora roturados, hasta llegar a Villambistia. Muy próximo a la Iglesia de San Esteban hay un pequeño parque con una fuente que mana abundante agua, un lugar con buena sombra para detenerse a dar buena cuenta del bocadillo que llevo en la mochila y llenar la cantimplora. Alcanzo a cruzar unas palabras con un grupo de simpáticas francesas y, al despedirse, una de ellas accede a sacarme una foto para el recuerdo.

Ya de camino hacia el final de la etapa voy ganando altura progresivamente, aunque de forma poco perceptible, siempre con la presencia cercana de la N-120. Una vez ha quedado atrás Espinosa del Camino se deja a un lado lo poco que queda de las ruinas mozárabes del Monasterio de San Felices de Oca, construido en el Siglo XI, que acogió en su día los restos del Conde Diego Porcelos, fundador de la ciudad de Burgos.


Se entra en Villafranca Montes de Oca caminando al borde de la carretera por un pequeño puente de madera que atraviesa el Río Oca; enseguida aparecerá el albergue. Ubicado en el edificio de la antigua escuela, sus aulas, ahora dormitorios, conservan todavía la pizarra en su pared frontal. El gran patio trasero se usa como lavadero-tendedero de los peregrinos. Hay que aprovechar el poco tiempo de sol que queda para secar la ropa recién lavada. Estamos  al pie de la sierra a 950 metros de altitud y esta noche hará frío.


Como el resto del pueblo, el albergue es bastante austero aunque cuenta con los servicios suficientes. Aquí me vuelvo a encontrar con  el risueño japonés con el que ya he coincidido en las dos jornadas anteriores y  que seguía ruta en compañía  de la peruana amante de los astros y del canario de verbo fácil. Parece que ha decidido seguir en solitario porque entre sus dos compañeros han surgido otros intereses comunes difíciles de compartir.

El pueblo de Villafranca Montes de Oca está formado por poco más de cuatro casas a ambos lados de su Calle Mayor,  la N-120, que por su estrechez y el abundante tráfico que soporta se convierte en una peligrosa travesía. Aparte del antiguo Hospital de San Antón Abad, reconvertido en establecimiento hotelero que cuenta también con albergue, el principal edificio del pueblo es la Iglesia de  Santiago, reconstruida a principios del siglo XIX en estilo neoclásico. Los peregrinos que deciden salir de ronda se encuentran forzosamente en la tienda-bar donde se puede tomar una cerveza, o en el restaurante El Pájaro, donde sirven un buen menú del peregrino para la cena.



Poco más queda por recorrer que comprobar el comienzo del itinerario para el amanecer del día siguiente, que se inicia en una pronunciada subida. El sol se oculta pronto tras las montañas y habrá que retirarse al albergue. Después de consultar el correo electrónico, toca charlar un rato o aprovechar al máximo las horas de sueño. Ya vendrán días con emociones más fuertes.


Para volver al índice de etapas, clicar AQUÍ
-

jueves, 2 de diciembre de 2010

Etapa 9: VENTOSA - SANTO DOMINGO DE LA CALZADA

-
Martes, 5-10-2010: De Ventosa a Santo Domingo de la Calzada (32 Km.)

  El valor de una cortinilla

Cielos casi despejados. Temperaturas agradables


 Está amaneciendo cuando salgo del albergue de Ventosa. Después de recorrer un pequeño tramo que me devuelve de nuevo al camino, comienza la subida por un  firme pedregoso que, aunque no muy larga, el año anterior nos obligó a echar pie a tierra y a empujar las bicicletas, el alto de San Antón, zona donde multitud de peregrinos se han entretenido en construir con cantos rodados gran cantidad de hitos piramidales, similares a los que me encontré  en la segunda etapa antes de llegar a Puente la Reina de Jaca, pero menos.

Más adelante, en una pequeña elevación denominada el Poyo de Roldán, se encuentra un guardaviñas, curiosa construcción circular propia de esta zona, que se usaba para vigilar los viñedos y para que los pastores se resguardasen de las inclemencias del tiempo. Menos mal que ahora es poco más que un elemento decorativo, porque si me echan cuenta de las uvas que he ido comiendo estos días...




Según se narra en el Códice Calixtino, en el Siglo VIII se produjo por estos parajes el combate entre Roldán, sobrino de Carlomagno, y Ferragut, un enorme musulman de origen sirio que dominaba sobre Nájera y que había hecho gran cantidad de prisioneros entre los cristianos. Ambos tenían tras de sí a un numeroso ejército, pero la contienda derivó en una lucha personal de la que salió victorioso Roldán, liberando a los cristianos de la tiranía del sarraceno. De ahí le viene el nombre al Poyo.

Una vez en el valle del Río Najerilla, los viñedos siguen dominando el paisaje. Por caminos rodeados de terreno arcilloso se bordea una enorme gravera en plena actividad extractiva y, tras atravesar por dos veces la carretera N-120, llegamos a las inmediaciones de Nájera, ciudad histórica que fue frontera entre moros y cristianos. No queda más remedio que recorrer su parte nueva por la Calle de San Fernando, que llega hasta el cauce del río, para entrar en el casco antiguo cruzando el puente de San Juan de Ortega.


En el Siglo XI, bajo el reinado  de Sancho III el Mayor, Nájera fue capital del reino cristiano  que abarcaba buena parte del norte de la península. A su muerte en 1035 repartió su imperio entre sus tres hijos, dando origen a los reinos de Navarra, Aragón y Castilla. En el mismo siglo se culminará la obra del Monasterio de Santa María la Real, monumento emblemático de la ciudad y panteón de los reyes de Nájera-Pamplona, aunque su iglesia actual, de estilo gótico florido, fue levantada  a lo largo de los Siglos XV y XVI. En su interior se conserva  una entrada a la cueva en la que en 1044 el rey encontró una imagen de la virgen y que fue el primitivo origen del monasterio. A ella se atribuyeron las posteriores victorias en las guerras contra los musulmanes.


Los característicos cortados verticales de piedra rojiza que limitan la ciudad por el Oeste se superan rodeando el monasterio y subiendo por la Calle de la Costanilla, hasta que se convierte en un camino que continúa el ascenso por un agradable paisaje entre pinos. En la parte alta entramos de nuevo en las amplias extensiones cubiertas de viñedos, con la Sierra de la Demanda que se presenta en el horizonte y, en poco más de una hora de avanzar por caminos agrícolas, entramos en Azofra.


Se trata de un pueblo  de origen árabe, bastante anodino, atravesado por una carretera que es también su Calle Mayor, y cuyo edificio más visible es la  robusta iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles.  Un par de escudos blasonados en alguna de sus fachadas, una casona rehabilitada como establecimiento turístico y poco más que destacar aparte del descomunal albergue de nueva construcción que se puede ver al abandonar la localidad. A poco más de un kilómetro de la salida del pueblo se encuentra una picota, columna de piedra en la que se aplicaba a los malhechores y salteadores de caminos la justicia empleada en el siglo XVI.




Azofra va quedando atrás, y también las últimas grandes extensiones de viñedos de  La Rioja. El paisaje cambia ahora progresivamente y abandona las tierras rojizas donde crecen las cepas de tempranillo para internarse en  otras en las que dominan los colores pardos, más apropiadas para el cultivo de cereal. El camino pasa a escasos kilómetros de San Millán de la Cogolla, con los Monasterios de Suso y de Yuso, lugar donde se sitúa el origen de los primeros textos escritos en lengua castellana.



Ya superados mis problemas con la tendinitis  puedo volver a recuperar el ritmo alegre de los primeros días. La llanura es amplia, el camino llevadero y el sol colabora aportando la temperatura adecuada para hacer de la ruta un agradable paseo. El camino está salpicado hasta donde alcanza la vista por multitud de peregrinos que avanzan a diferentes ritmos o se paran a descansar aprovechando una sombra protectora. Con todos ellos es probable que comparta albergue al final de la jornada. ¡Buen camino, peregrino!


Al aproximarse a Cirueña el camino atraviesa una enorme urbanización de calles rectilíneas, levantada en medio de la nada junto a un campo de golf que también parece haber caído del cielo. El contraste con el entorno es tan grande que seguro que  esta aparición repentina podría considerarse como un hecho digno de estudiar  por los entendidos en fenómenos milagrosos. En el pueblo me detengo para meditar un rato sobre el asunto, junto a una gran jarra de cerveza y una ración de tortilla recién salida de la cocina pero, no habiendo encontrado ninguna explicación plausible, sigo mi itinerario en dirección a la villa de Santo Domingo de la Calzada que, situada a orillas del Río Oja, ya queda a un tiro de piedra.

Después de dejar a un lado varias naves industriales se entra en la Calle Mayor pasando a través de los restos todavía en pie de sus murallas medievales. El la Plaza de la Alameda se encuentra el magnífico albergue de la Cofradía del Santo, institución fundada por Santo Domingo y que ejerce esta labor hospitalaria hacia los peregrinos desde el Siglo XI. Está ubicado en un edificio completamente reconstruido del que sólo se conserva la fachada original, que agrupa la de las tres casas que aparecen en la foto.



Cuenta con  200 plazas para alojar a los peregrinos en unas instalaciones envidiables, con una  cocina muy bien equipada, un gran comedor central, sala de estar con televisión, un patio con buenos lavaderos y tendederos, guarda bicis, servicios médicos... Me asignan la cama alta de una litera en el dormitorio principal, de unas 40 plazas, en una esquina que me pareció bien situada porque me daba soltura para desplegar mis pertenencias y tenía un enchufe en el que cargar la batería del móvil y de la cámara. Todo a pedir de boca. Al fin y al cabo, lo que necesita un peregrino no es  más que una buena ducha y una cama en la que dormir sin ser molestado.

Con las tareas ya hechas, salgo a dar un  paseo por la ciudad antes de que la tarde se eche encima. La Plaza Mayor,  varios conventos  y murallas medievales, arcos góticos, palacios, casas y edificios barrocos... son muchos los monumentos destacables y escaso el tiempo para recorrerlos, pero sobre todos ellos sobresale la torre de la catedral.

Con más de 70 metros de altura y visible a kilómetros de distancia, se trata de una magnífica obra barroca construida en el siglo XVIII, pero separada del edificio principal de la catedral. El motivo es que las corrientes de agua subterráneas no permiten la correcta cimentación en el lugar que se había proyectado su construcción, que resultó fallida en dos ocasiones anteriores.
















La Catedral, separada de la torre por una calleja, se construyó en el Siglo XII para albergar los restos de Santo Domingo. Además del sepulcro del santo, en su interior hay un curioso gallinero gótico ocupado por un gallo y una gallina, ambos de color blanco, que recuerdan el milagro de "la gallina que cantó después de asada". Destacan también el claustro gótico-mudéjar y la sillería del coro, de estilo plateresco.


Después de cenar vuelvo al albergue con ganas de echarme a descansar hasta el día siguiente y entro en el dormitorio donde, aunque todavía son menos de las diez, ya hay gente durmiendo y está la luz apagada. Mi sorpresa es mayúscula cuando descubro el rincón de mi cama completamente iluminado debido a una circunstancia en la que no había reparado a plena luz del día. Un muro translúcido de cristal de pavés lo separa del patio central  que comunica los lugares comunes, que ahora están completamente iluminados. Me toca esperar a que todo el mundo se acueste y  se apaguen las luces.

Pero no, al cabo de más de media hora de espera, esa no parece ser la solución. Las luces centrales se iluminan mediante un detector de presencia que se activa constantemente, cada vez que alguien se mueve en el interior del albergue, por ejemplo para ir a los aseos, haciendo imposibles todos mis intentos por conciliar el sueño. Mi compañera de la cama de abajo y los de varias literas vecinas están como yo, con los ojos como lechuzas, pero no valen de nada nuestras gestiones ante la responsable del albergue. Su capacidad se ha completado y no quedan otras camas disponibles, lo que pude comprobar por mi mismo recorriendo todos los dormitorios, uno a uno.

Aprovecho el desistimiento de uno de uno de mis vecinos, que se marcha a buscar un hotel, para ocupar la cama inferior que tenía asignada. ¡Es mi salvación! Me apaño con la toalla, unas camisetas, pinzas, imperdibles... todo el pequeño arsenal del que dispongo para montar unas cortinillas que, ancladas en el somier de arriba, me aislen de la luz que me atormenta, producto del bello diseño constructivo de un brillante arquitecto. Y...  por fin...  consigo quedarme dormido. ¡Con lo fácil que sería tapar el rectángulo de pavés con una cortina opaca! ¡Cuántos padecimientos acechan la vida de un peregrino a la vuelta de cada esquina!



Para volver al índice de etapas, clicar AQUÍ
-