sábado, 10 de noviembre de 2012

ETAPA 17: GRANJA DE MORERUELA - SANTA CROYA DE TERA

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Por el Camino de los Mozárabes: Ruta Sanabresa

Sábado 2-6-2012 - De Granja de Moreruela a Santa Croya de Tera (43,3 Km.)
Salida: 6.00 - Llegada: 14.40

Y llegaron los recortes...

Nubosidad variable, calor y chubascos (Máx. 28ºC)



En Granja de Moreruela se abandona la Vía de la Plata, que continúa en su recorrido hacia Astorga, y se inicia la Ruta Sanabresa, que entra en Galicia atravesando las montañas de Ourense, aunque no son pocos los que siguen manteniendo para este trayecto la misma denominación que para la vía romana, e incluso en las señales oficiales continúa siendo la de uso más frecuente.

Durante la tarde anterior había estado analizando el itinerario para poder planificar las siguientes etapas, y todo podía encajar si para hoy decidía finalizar en Santa Croya de Tera, distante algo más de 48 kilómetros de mi punto de partida, con lo que tenía por delante un objetivo bastante ambicioso. A partir de aquí, el recorrido se dirige hacia el Oeste, pero lejos de mantener esa orientación principal, va haciendo sucesivos cambios de dirección para desviarse hacia las poblaciones que se encuentran próximas.

Como ya estaba un tanto escarmentado de ciertos rodeos caprichosos que me había visto obligado a hacer  en etapas anteriores por seguir fielmente las flechas que van indicando el itinerario, me bastó con que el encargado del albergue me dijese que los primeros kilómetros de esta etapa se podían acortar, siguiendo por un camino directo más sencillo que el señalado, para que me plantease otras alternativas. Y me puse manos a la obra, hasta que conseguí reducir nada menos que en 5 kilómetros la longitud a recorrer en esta jornada, lo que ya me parecía un objetivo más asequible. Pero, al no llevar cartografía de la zona, en cada tramo alternativo tendría que intentar memorizar las principales referencias del terreno para superar con acierto la incertidumbre en cada uno de los cruces y desvíos en que no encontrase el apoyo de ninguna señal indicadora...

Tierry, que estaba al tanto de esta maniobra, decidió confiarse a mi criterio en la primera parte de la etapa, que era la que veía más clara, y con el fin de realizarla juntos, acordamos las 6.00 como la hora en que debíamos de estar en condiciones de emprender la marcha. Y a pesar del jolgorio que había junto al dormitorio, que duró hasta casi las tres de la mañana, a las 5 ya estábamos en pie. Saqué en silencio todas mis cosas al pasillo y allí me vestí, desayuné como pude, y preparé mi mochila casi con el mismo detalle que en otras jornadas. Cuando echamos a andar todavía era completamente de noche.













El itinerario alternativo comienza en la calle que sale frente al albergue, sube directo hacia el cerro que domina la población y, ya en la parte alta, enlaza con el Camino de la Dehesa, que mantiene la dirección hasta que vuelve a reconciliarse con las flechas casi 5 kilómetros después, justo antes de entrar en el cauce del Río Esla. Por esta zona, el paisaje cambia de manera apreciable, y la ruta abandona la llanura para entrar en una zona de  jarales y vegetación frondosa, tipica del bosque mediterráneo.

El Río Esla almacena en esta zona un gran caudal de agua, quizás formando parte todavía del Embalse de Ricobayo cuya presa se encuentra a 40 kilómetros aguas abajo, y hay que atravesarlo dando un pequeño rodeo por la carretera en Puente de Quintos, una elegante construcción de mampostería de principios del Siglo XX, con 9 arcos y más de 100 metros de longitud. Por el sendero que viene a continuación se disfruta de un paisaje de gran belleza, que avanza bordeando el agua por la Dehesa de Tardajos hasta que un rocoso desfiladero que estrecha el cauce le obliga a ganar altura en una fuerte subida.

























A medida que el cauce va quedando atrás, la vegetación empieza a perder densidad y el paisaje, a la altura del Val de la Rosa, entra de nuevo en la monotonía de la llanura y de las grandes extensiones dedicadas al cultivo. Las pistas amplias, las grandes rectas y la tierra de color rojizo son las señas de identidad de la comarca de Tierra de Tábara. Una vez conseguido el objetivo para el que nos habíamos asociado, Tierry y yo continuamos avanzando a ritmos diferentes, aunque siempre a la vista, por la larga recta que atraviesa el Valle de los Peralejos, con la localidad de Faramontanos de Tábara al fondo, que con poco más de 400 habitantes tiene en la Iglesia de San Martín su edificio más emblemático.

























La llanura continúa una vez sobrepasado el pueblo, y la recta sigue invariable hacia el Oeste hasta que las flechas obligan a un giro de 90º que señala el desvío hacia Tábara. Aquí me detengo durante un instante para analizar el segundo recorte de la jornada, en el que Tierry, que no las tiene todas consigo, decide no seguirme una vez que ha llegado a mi altura.

Manteniendo siempre a mi izquierda la referencia de la población, sigo avanzando por el llano en la dirección que me interesa, pero no siempre es posible, ya que un par de cruces inesperados y las obras del AVE a Galicia me obligan a hacer más variaciones de las previstas. Finalmente, vuelvo a recuperar las flechas cuando el camino gira al Norte en dirección a la Sierra de las Cavernas, casi una hora después de haberlas abandonado.





















Pero, aunque he conseguido nuevamente mi objetivo, me queda la sensación de haberme perdido algo que merecía la pena. La localidad de Tábara no alcanza los 900 habitantes, pero durante la Edad Media albergó el Monasterio de San Salvador, notable centro religioso del antiguo Reino de León donde llegaron a convivír hasta 600 monjes y monjas formando una comunidad dúplice. Contó con un importante scriptorium donde se elaboraron, copiaron e iluminaron destacados códices y beatos medievales, y fue incendiado a finales del Siglo X por las tropas de Almanzor en su avance hacia Compostela. Sobre sus ruinas se levantó en el Siglo XII la Iglesia de Santa María, cuyo elemento más destacado es una monumental torre de planta cuadrada que logré fotografiar desde la lejanía apurando el teleobjetivo de mi cámara.

Se abandona el valle tras varios kilómetros de ligera subida, y una vez superado el paso por la Sierra de las Cavernas, se entra en una zona de perfil ondulado donde abunda de nuevo la vegetación y domina el sotobosque. La pista es buena, pero atraviesa un laberinto de cruces donde no sería difícil perderse.













En cierto punto del trayecto, las señales vuelven a desviar el itinerario hacia Bercianos de Valverde, cuando mi intención es mantener la misma orientación, recortando distancias por el camino que sigue de frente y lleva a Villanueva de las Peras. Pero en esta ocasión la suerte está de mi lado, porque esta alternativa también está señalizada y no soy el único que la sigue, ya que al poco rato me adelantan varios peregrinos en bicicleta.

Después de atravesar el Arroyo Castrón, en Villanueva de las Peras me encuentro con una agrupación de viejas casas de adobe y ladrillo en aparente desorden, muchas de ellas en estado de abandono o ruina, y tengo la impresión de estar recorriendo una aldea del inframundo, más si cabe que en muchos otros pequeños pueblos por los que he ido pasando, de aspecto también bastante deprimente.













En el último tramo se recorren algo más de 6 kilómetros por el asfalto de una carretera que se adentra en el Valle del Tera, donde abunda el regadío y los viñedos, y son típicas las bodegas semienterradas en el terreno arcilloso, que en ocasiones también forman parte de una vivienda familiar.

Se entra en Santa Croya de Tera por la Calle Mayor, y para llegar al albergue hay que atravesar toda la población, que se me antoja larguísima. Aprovecho el paseo para localizar un ultramarinos donde  poder avituallarme cuando tenga un rato libre y, al fin, encuentro mi anhelado refugio entre las últimas edificaciones que hay justo antes de cruzar el puente, porque el cielo hace ya tiempo que amenaza lluvia y llega el momento de ponerse a cubierto.

























Casa Anita es un albergue de propiedad y gestión privada que cuenta con buenas instalaciones, algo así como un hostal para peregrinos, donde también sirven cenas y desayunos. Teniendo en cuenta que el pueblo no ofrece gran cosa y que la tarde está lluviosa, después de instalarme, ducharme y lavar la ropa, aproveché para disfrutar de una siesta  de tamaño XL de las que ya no recordaba.  Sólo salí al exterior para comprar un par de cosas que necesitaba para el día siguiente, eso sí, armado con un paraguas que me prestaron en el albergue.




















A las 20 horas, hora estándar para la cena de los peregrinos, nos juntamos a la mesa dos españoles y tres extranjeros, entre ellos Tierry, que llegó a media tarde. Levantada la mesa, aproveché que estaba libre el ordenador con acceso a internet y pasé un buen rato conectado al Facebook, para contar brevemente a los amigos mis experiencias de más de una semana sin otro contacto. Lo que viene a continuación es lo que transmitía en ese momento...


Sigo con vida. Hoy he parado en Santa Croya de Tera, provincia de Zamora, que es más larga que un día sin agua (por eso de que estoy en la Tierra del Pan), porque se atraviesa de punta a punta. Como esperaba, muy buena la jornada en Salamanca, y una auténtica sorpresa la visita a Zamora. Espléndidamente rehabilitado su casco histórico. La recordaba muy pobre, como sigue siendo el resto de lugares de la provincia por los que paso. Dentro de un par de días cruzaré el Padornelo, a las puertas de Galicia. Ya tengo ganas de ver el verde de la montaña, porque estoy un poco saturado de los interminables campos de trigo al sol, y sin ver un alma... ni un cuerpo. Aunque hoy ha refrescado un poco, sigue haciendo calor. Si tengo oportunidad, volveré a pasar por aquí antes de llegar de vuelta a casa...


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martes, 6 de noviembre de 2012

ETAPA 16: ZAMORA - GRANJA DE MORERUELA

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Por el Camino de los Mozárabes: Vía de la Plata

Viernes 1-6-2012 - De Zamora a Granja de Moreruela (41,3 Km.)
Salida: 6.30 - Llegada: 14.05

La Tierra del Pan... es un horno.

Nubosidad variable y mucho calor. Presagio de tormenta (Máx. 35ºC)



Durante la noche anterior, los hospitaleros dejaron preparado en el comedor todo lo necesario para el desayuno, de modo que a partir de las 6 cada uno podía servirse a su gusto. Nescafé o infusiones, cereales, galletas... Cuando bajé ya había movimiento por la planta de los dormitorios, pero fui de los primeros en desayunar. Quería salir a buena hora, porque para hoy tenía prevista una etapa larga y se repetía la predicción de altas temperaturas.



Cuando sali al exterior, las calles todavía mantenían la iluminación nocturna. Desde la Plaza Mayor hay que atravesar casi toda la ciudad, enlazando calles y rotondas en dirección a la carretera de La Hiniesta, pero la señalización no es muy buena y puede provocar algún despiste. Una vez sobrepasada la zona industrial, el itinerario se desvía separándose del asfalto por un camino que bordea una escombrera, para abrirse poco después a la inmensa llanura que, tras cruzar el Río Duero en Zamora, cambia su nombre anterior de Tierra del Vino por el de Tierra del Pan. Unos cientos de metros por delante me precede el francés Tierry, con el que nuevamente he coincidido en el albergue, y casi juntos atravesamos las calles todavía dormidas de Roales del Pan, la primera población de la jornada, que tiene junto a la pequeña Iglesia de la Asunción su edificio público más representativo, el ayuntamiento.





Durante los siguientes 12 kilómetros, el Camino de Montamarta avanza en paralelo a la carretera N-630, siempre en línea recta, siempre enfrentado a un horizonte rectlíneo y solitario, casi sin sombras u otros lugares donde protegerse del sol, del viento o de la lluvia, y sin otro sonido que el crotoreo que provocan las cigüeñas con sus picos, que de tan frecuente se va convirtiendo en algo familiar.

El Zapatón, la Gallosa, los Comunes, la Paniega, Laguna Quemada, las Tizoneras, el Bruñero, el Arroyo de las Arrieras... son distintas denominaciones del terreno por el que voy pasando, ya se trate de fincas en barbecho, estén recién roturadas o se vistan de verde con el cereal todavía creciendo, pero que para mí, que no soy capaz de ver diferencias apreciables en este paisaje, no tienen otro significado que el de ir quemando etapas a ritmo ligero...  y monótono...





En la Plaza Mayor de Montamarta dejo atrás la Iglesia de San Miguel Arcángel, y al salir del pueblo y atravesar uno de los brazos, ahora seco, del Embalse de Ricobayo, me encuentro de frente, elevada sobre un pequeño cerro, con la bella estampa de la Ermita de la Virgen del Castillo, que cuenta con restos románicos cuya construcción data del Siglo XII, y que quizá sea la imagen más destacable de esta monótona jornada.


Se bordea el pequeño cerro subiendo por detrás del cementerio para remontar de nuevo a la llanura, pero pronto el camino ha de desviarse a causa de unas obras, recuperando la cañada original poco antes de llegar al cuerpo principal del Embalse de Ricobayo, que retiene las aguas del Río Esla. Otra vez se repite aquí la confusión de flechas y señales para los peregrinos, y algunas indicaciones poco claras señalan hacia el interior de la masa de agua. Mejor bordear por la carretera para cruzar el siguiente brazo del pantano, y seguir por el arcén hasta que sale un camino a la izquierda que conduce al Despoblado de Castrotorafe.



Presente ya en las crónicas del Siglo XII, Castrotorafe fue una antigua ciudad amurallada situada en este lugar estratégico de la Vía de la Plata, en cuyo extremo noroeste se construyó un castillo para controlar el paso por el puente que cruzaba el Río Esla y recaudar el portazgo,  tarea que fue encomendada a los caballeros de la Orden de Santiago. Al estar situada en una zona próxima a la frontera con el vecino Reino de Portugal, el dominio de la villa pasó por distintas vicisitudes, a lo que contribuyeron también las disputas dinásticas entre los Reinos de León y Castilla y la guerra de sucesión entre Isabel y Juana, siendo arrasada en sucesivas ocasiones y reconstruida otras tantas. Fue perdiendo importancia a partir del Siglo XVI, hasta quedar completamente despoblada. Actualmente, a pesar de que tanto el castillo como el recinto amurallado que rodeaba la población han sido catalogados como Monumento Nacional, ambos se encuentran en estado ruinoso y de aparente abandono.


Y yo, que al pasar junto a este lugar desconocía su historia, seguí de largo por el camino que bordea estos restos abandonados, sin llegar siquiera a ver las ruinas del castillo, ni contemplar la excelente panorámica sobre el río que se controla desde la fortaleza, ni el lugar donde reposan para siempre los restos del puente que sirvió para financiar una parte de la construcción de la Catedral de Zamora...

Pero el camino sigue atravesando la llanura y, ya superado el mediodía y retiradas las nubes que matizaban sus efectos durante las primeras horas, el sol comienza a demostrar su fuerza. No hay brisa... ni sombras... ni fuentes... y a la altura de la pequeña población de Fontanillas de Castro, que el itinerario deja a un lado, encuentro de nuevo a Tierry caminando a pleno sol, con aspecto sofocado, la mochila a la espalda, y sin otra vestimenta que el calzado y unas bermudas... se le había acabado la bebida.



Vacié en su cantimplora el agua de uno de mis bidones y, aunque ya llevaba otros dos vacíos, todavía me quedaba un cuarto casi con medio litro que me llegaría para alcanzar el siguiente pueblo, que estaba a poco más de media hora de camino.

A esas horas, Riego del Camino parecía un pequeño poblado del oeste mejicano. Poco más de cuatro casas a cada lado de la carretera, puertas y ventanas cerradas y persianas bajadas, sólo un pequeño cartel de Bar pintado en la pared, con una flecha que apuntaba hacia una oscura entrada, aportaba una leve señal de hospitalidad. Estuve tentado de continuar andando y seguí unos cuantos metros hasta el desvío que retoma el camino, pero ante el riesgo de no encontrar nada mejor hasta el final de la etapa, decidí dar media vuelta.

Al atravesar la puerta, entré en una sala oscura y fresca donde había una barra de bar y unas mesas, y que no tenía más iluminación que la pantalla de un televisor al fondo. Me costó unos instantes adaptar la vista al lugar hasta que vi a una señora sentada frente al aparato... Buenas, ¿Podría ponerme algo de beber? Ahora mismo voy... Me tomé un Aquarius y vacié otro en uno de los bidones. ¿Sabe a qué distancia queda Granja de Moreruela? No, pero aquí hay albergue, si no te quedas es porque no quieres...

Moreruela es el siguiente pueblo, y quedaban poco más de 6 kilómetros bajo un sol infernal, pero yo ya había llenado mis depósitos y estaba dispuesto a enfrentarme en solitario al último tramo de la jornada. El camino sigue en línea recta y pasa junto al pequeño Cerro de la Horca, atravesando poco después el llano de Pilatos y, más adelante, El Rasón, hasta que poco antes de llegar al final se desvía para salir a la carretera. Llegando al pueblo, alcancé a un grupo de tres valientes peregrinas canarias que avanzaban casi arrastrando los pies, como si se tratase de una procesión de penitentes de andar cansino, pero ya tenían la meta al alcance de la mano... ¡Ánimo!





El albergue de Granja de Moreruela está a la entrada, en un pequeño local junto al bar del pueblo, en el mismo edificio del teleclub de la localidad, que es a su vez sala de fiestas, con lo que la animación está asegurada al llegar el fin de semana. Como sólo tiene 10 plazas y es fin de etapa para mucha gente, han habilitado otro dormitorio con literas, dividiendo uno de salones del local social, pero las condiciones no son buenas. Allí se hacinan los peregrinos, que comparten la terraza y algunos de los servicios con los que van al bar a pasar la tarde, o con los que quieren prolongar la fiesta hasta más allá de las tres de la madrugada. Si a todo ello se añade el ruido que genera el tráfico de la carretera nacional que  tiene enfrente, va a ser difícil encontrar unas horas en las que dormir de un tirón. Pero es lo que hay.


El principal atractivo turístico de la zona está situado a casi 4 kilómetros, y radica en las ruinas románicas del Monasterio de Moreruela, erigido en el Siglo XII por los monjes del Císter con la finalidad de repoblar y cultivar la zona reconquistada a los musulmanes. Aparte de la Iglesia de San Juan Evangelista, en la que hoy están celebrando el funeral previo a un entierro, la localidad tiene pocos argumentos para ser destacados, pero constituye un punto estratégico donde se bifurca el camino. Desde aquí se pueden seguir dos direcciones hacia Compostela, continuar hacia el Norte por la Vía de la Plata para enlazar en Astorga con el Camino Francés, o desviarse hacia el Oeste siguiendo el Camino Sanabrés, que entra en Galicia por Orense. Y esta es la opción que eligen la mayor parte de los peregrinos.



Según avanzaba la tarde, el cielo se fue cubriendo de nubes hasta que se liberó la tensión acumulada durante la jornada, y una benéfica tormenta terminó por refrescar el ambiente. Cuando volvió la calma, en un pequeño ultramarinos pude comprar lo necesario para aprovisionar mi mochila para el día siguiente, bebida, fruta y bocadillo, y de regreso al albergue reservé un lugar para cenar en el bar, donde me sirvieron un menú aceptable. El resto de la tarde lo pasé sentado a la terraza, compartiendo conversación con lugareños y peregrinos. Allí conocí a Andreas, un estudiante alemán con aspecto de seminarista que empezaba aquí el camino, y que fue objeto de las burlas de alguno cuando declaró que estaba haciendo un doctorado en teología. Tuve oportunidad de charlar con él, ya que hablaba en un correcto español, y también crucé impresiones con Tierry, al respecto del estado en que lo había encontrado unas horas antes.





Me llamó la atención un árbol plantado en la explanada frente al albergue, en el que había colgadas dos monigotes con formas humanas y por lo que pude enterarme, se mezclan aquí dos tradiciones que se conservan en la zona, la Fiesta de los Mayos, en la que los jóvenes solteros rondan a las mozas casaderas y plantan un tronco en la plaza del pueblo con un trofeo difícil de alcanzar, y la representación del Zangarrón, persona o cargo público del pueblo al que se hace objeto de todo tipo de burlas, y al que finalmente se termina indultando o quemando en la hoguera.

Debido a la animación y al nivel de ruido generado justo a la entrada del dormitorio, acostarse e intentar dormir se convertía en un caso perdido, con lo que dejé pasar las horas, manteniéndome entretenido hasta que el nivel de bostezos que fui consiguiendo me garantizó que podría tumbarme y caer rendido sin grandes problemas. Y al final me dormí pensando en que al día siguiente tendría que desviarme hacia el Oeste...


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sábado, 3 de noviembre de 2012

ETAPA 15: EL CUBO DE LA TIERRA DEL VINO - ZAMORA

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Por el Camino de los Mozárabes: Vía de la Plata

Jueves 31-5-2012 - De El Cubo de la Tierra del Vino a Zamora (33,2 Km.)
Salida: 6.30 - Llegada: 13.05

No se visitó Zamora... en una hora.

Cielos despejados, sol y calor (Máx. 33ºC)



A la hora en que me preparaba el desayuno éramos varios los que ya estábamos levantados, entre ellos el alguacil Felipe, que parecía estar atento a cualquier necesidad de los peregrinos, y por un módico precio servía un café con leche y un par de magdalenas a quien lo solicitase. Siguiendo sus indicaciones, salí por la puerta del patio trasero del albergue y me dirigí hacia la Calle Mayor, enfilando hacia la salida Norte de El Cubo y dispuesto a continuar mi travesía por la Tierra del Vino.

Los primeros cinco kilómetros discurren por terreno arbolado, atravesando la dehesa del Cubeto, y en paralelo a una vía de tren abandonada, pero cuando la Cañada Real sale al Valle de la Corta el horizonte se abre otra vez en una amplia llanura.



Poco más de dos horas me lleva alcanzar Villanueva de Campeán, la única población que atravesaré durante esta jornada y cuya calle Calzada dura poco más de un suspiro. A pesar de que su censo no llega a los 150 habitantes, cuenta con una pequeña iglesia parroquial, un albergue para peregrinos y un bar abierto. El francés Michael, que me acompañaba casi desde el principio de la etapa, se detiene aquí a tomar un café para darse un primer respiro, mientras yo mantengo mi filosofía de reservar el descanso para el final y no interrumpir la marcha.



El sol no ha hecho más que empezar a desperezarse, y recorrer el camino a estas horas de la mañana aún es un paseo agradable, pero la predicción para hoy apunta a que vuelven las altas temperaturas. Aunque, si todo va bien, conseguiré terminar esta etapa antes de que el calor pueda atacarme sin piedad, porque salvo en el primer tramo, en el resto del recorrido no hay ni una sola sombra donde protegerse. Yo, por si acaso, sigo manteniendo desde el primer día la costumbre de llevar camiseta de manga larga y mi particular protección sahariana en la gorra.







De buen caminar, la pista continúa por terreno llano entre cultivos de secano, y aunque hay desvíos hacia varios pueblos de las cercanías, sigue siempre su recorrido hacia el Norte sin desviarse hacia ninguno de ellos. A escasos kilómetros de distancia, a un lado y a otro han ido quedando Peleas de Arriba, Casaseca de Campeán, San Marcial, El Perdigón y Morales del Vino. Andaba yo enfrascado en mis pensamientos hasta que, poco después del mediodía, apareció a lo lejos la torre mocha de la catedral de Zamora, señal de que la etapa de hoy iba llegando a su fin.



Por el Camino Hondo se accede a las casas bajas del arrabal de San Frontis, antes de llegar al cauce del Río Duero. Se alcanza su orilla a la altura de las aceñas de Olivares, un grupo de molinos que aprovechaban la corriente del río y que han sido recientemente rehabilitados. Desde aquí se disfruta de un magnífico recorrido hasta el Puente de Piedra en el que se puede contemplar una de las mejores vistas de la ciudad antigua, ubicada sobre la Peña Tajada, una meseta de bordes rocosos que la protegen de forma natural y que le dieron el sobrenombre de "La bien cercada".



Se accede a la ciudad atravesando el Río Duero sobre los 16 arcos del Puente Nuevo, denominado así porque, aunque se inició su construcción a finales del siglo XII, venía a sustituir a otro anterior de origen romano cuyos restos todavía son visibles aguas abajo. A partir de aquí, entrar en Zamora fue para mí como abrir una caja de sorpresas. La primera, la entrada por la Plaza de Santa Lucía, excelentemente rehabilitada en su aspecto medieval y conformada por el Palacio del Cordón y por la pequeña Iglesia de Santa Lucía, que albergan los fondos del museo provincial.





Subiendo por la Cuesta de San Cipriano se llega enseguida al albergue, que está a la vuelta de la esquina. Aunque todavía tiene sus puertas cerradas al público, uno de los hospitaleros me permite dejar la mochila allí guardada, lo que aprovecharé para continuar conociendo la ciudad durante un buen rato. A la salida paso por detrás de la Iglesia de San Cipriano y entro en la Plaza de Claudio Moyano, y todo lo que veo me gusta...



La ciudad de Zamora cuenta con unos 65.000 habitantes. Su casco antiguo, de configuración alargada y rodeado en buena parte por murallas, cuenta con un destacado conjunto de edificios románicos, por lo que está calificado como Conjunto Histórico-Artístico. De la época de la dominación romana cuenta con Viriato como uno de sus principales símbolos, pero su relevancia como plaza fuerte la adquirió a partir del año 939, en que la Batalla de Simancas dio a los cristianos el control del Valle del Duero y, por su emplazamiento y características, llegó a convertirse en la ciudad fortaleza más importante de los reinos cristianos durante los siglos XI y XII. Fue perdiendo parte de su valor estratégico en los siglos posteriores, a medida que la reconquista se fue extendiendo hacia los territorios del Sur.

A mediodía, la zona comercial del centro está muy animada, y sus calles y plazas presentan un aspecto muy cuidado. En ellas destaca la acertada rehabilitación de sus principales monumentos, lo que aporta la sensación de estar visitando una ciudad con un gran respeto por su historia. En un rincón de mi memoria producto de una visita ya lejana,  recordaba esta ciudad como un conjunto de calles y casas envejecidas, de aspecto pobre y abandonado. Y si bien es verdad que todavía quedan cosas por hacer, el cambio para mejor ha sido notable.



Antes de volver al albergue tuve la ocasión de recorrer la Plaza Mayor y pasar junto al Ayuntamiento Viejo, un edificio de estilo plateresco que, aunque con posteriores modificaciones y reformas, se comenzó a construir en el Siglo XV, en tiempo de los Reyes Católicos. También es de la misma época la fachada del Palacio de los Momos, actual sede del Palacio de Justicia, donde son visibles multitud de elementos decorativos propios del gótico isabelino. Visité también el patio interior del Parador Nacional de Turismo, construido como Palacio de los Condes de Alba y Aliste a mediados del Siglo XV sobre el solar de una antigua alcazaba musulmana. De construcción mucho más moderna, pero también digno de mención, es la fachada modernista y las vidrieras del Mercado de Abastos, de principios del Siglo XX.







Cuando regresé a la Cuesta de San Cipriano, varios peregrinos habían hecho ya su inscripción en el albergue, que está atendido por hospitaleros voluntarios y tiene un gran movimiento de gente. Situado en el recodo de la cuesta, el edificio es de propiedad municipal y tiene una configuración muy curiosa. Se trata de una  casa de tres plantas a la que se accede por el nivel superior. Una de sus paredes laterales es una roca natural, bien visible tanto desde fuera como desde dentro de los locales. Sus instalaciones son muy completas y su mobiliario es moderno y funcional, lo que unido a la buena atención por parte de los hospitaleros hace que la estancia allí sea cómoda y agradable. Y todo ello, con desayuno incluido, por el módico precio de ... la voluntad.







Como elemento principal del destacable patrimonio arquitectónico de Zamora sobresale, además de la catedral, el castillo, el puente y las murallas, un total de 24 iglesias románicas construidas entre los siglos XI y XIII, cuyo conjunto se puede considerar como el más importante de España y uno de los principales de Europa. Pude hacer un breve recorrido por algunas de las que están en situación más céntrica con intención de visitarlas, pero no todas estaban abiertas. De igual manera, me encontré con una circunstancia que no termino de entender muy bien, y es la disparidad de criterios a la hora de permitir las fotografías en su interior. En unas hay libertad absoluta para obtener imágenes y en otras está totalmente prohibido.

Dentro del mismo estilo románico cabría destacar también el Palacio de Doña Urraca y la Casa del Cid, pero las pocas horas de un día no me llegan más que para sobrevolar la superficie, cuando la contemplación de cada uno de estos edificios y su particular historia merecería que se le dedicase un tiempo del que no dispongo, lo que me da una buena disculpa para volver.







Cuando llego a la Catedral, que he dejado para el final porque está situada casi en el extremo del recinto amurallado, están a punto de cerrar el monumento a las visitas, con lo que me quedo con las ganas de disfrutar del interior de la construcción más emblemática de la ciudad. La imagen más completa la pude obtener cuando entraba en la ciudad, desde el otro lado del río, y en ella se puede contemplar perfectamente sus dos elementos más característicos: La Torre del Salvador, auténtica fortaleza de 45 metros de altura, y el cimborrio de estilo bizantino que, con sus 16 ventanas y su techo de escamas de piedra, recuerda al de la Catedral Vieja de Salamanca.



Construida a mediados del Siglo XII, se trata de la catedral más pequeña y antigua de Castilla y León, y a lo largo de los siglos se le han ido añadiendo algunos elementos arquitectónicos que rompen con el estilo románico original, como el Retablo Mayor, los ábsides góticos y la actual fachada principal, de diseño neoclásico. De sus tres entradas originales, la Puerta del Obispo es la única que se mantiene completa, y constituye uno de sus elementos románicos más valiosos.



Muy próximo a la catedral, y en el extremo Oeste de la meseta amurallada que domina la llanura del Campo de la Verdad, se alza el Castillo de Zamora. Construido en el Siglo XI con una planta en forma de rombo y rodeado por un foso que se conserva casi íntegro, fue escenario de mil batallas y asedios, constituyendo uno de los pilares básicos de defensa de los reinos cristianos frente a las tropas musulmanas, así como en las guerras internas entre los propios castellanos. En los últimos tiempos fue sede de varias instituciones educativas, pero actualmente, después de restauradas y consolidadas sus estructuras defensivas, ha sido abierto al público para su visita.



La tarde se me iba echando encima y, sin tiempo para mucho más, salí al exterior de las murallas por la Puerta del Obispado y, bordeando las paredes rocosas que rodean la ciudad, las Peñas de Santa María, culminé mi paseo caminando por la orilla del río, en un plácido momento para inmortalizar el reflejo del Puente de Piedra que, a la caída del sol, se proyecta sobre la superficie del agua.



De vuelta al albergue, mis preocupaciones se orientaron en otra dirección y, desde el dormitorio, bajé al comedor situado en la planta inferior para preparar con comodidad el bocadillo que llevaría en la mochila al día siguiente. Para mi sorpresa, allí estaba Michael, armado con una guitarra y deleitando con sus canciones a varios peregrinos que le servían de público y coreaban los estribillos. Feliz momento que no pude inmortalizar porque me había dejado la cámara dos plantas más arriba.

De la fiesta participaba Gloria, hospitalera nacida en Honduras que, tras haber pasado cuatro años en EEUU y haber enviudado, parecía haber consagrado esta parte de su vida a la atención a los peregrinos. Estaba aquejada de fibromialgia y, según ella misma declaraba, ya había recorrido el camino en tres ocasiones con la ayuda de Dios, ya que gracias a su directa intervención había podido seguir adelante en los momentos de mayor sufrimiento.


Lo que sí pude constatar fue la calidad del arroz con leche que nos preparó con todo el cariño, y que me sirvió de ayuda para acostarme con buen sabor de boca y dormir plácidamente...


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