lunes, 20 de diciembre de 2010

Etapa 14: BOADILLA DEL CAMINO - CALZADILLA DE LA CUEZA

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Domingo, 10-10-2010: De Boadilla del Camino a Calzadilla de la Cueza (42 Km.)

  Ancha es Castilla... Y larga...

Nuboso o muy nuboso con algunos claros. Temperaturas frescas.


 Después de un animado desayuno, salgo del albergue caminando por la llanura junto a Philippe y Ryohei, pero no será por mucho tiempo, porque yo he programado una etapa larga y ellos tienen planes diferentes para esta jornada. En las afueras de Boadilla, el camino discurre junto a una agradable hilera de chopos y en paralelo al Canal de Castilla. Llegando a Frómista se cruza el canal por un pequeño puente que atraviesa el antiguo sistema de esclusas que lo hacía navegable.




El Canal de Castilla es una gran obra de ingeniería realizada entre los Siglos XVIII y XIX  por iniciativa del Marqués de la Ensenada, para facilitar el transporte de cereal desde las llanuras de la meseta al puerto de Santander. Con una longitud de 207 kilómetros, es navegable a lo largo de sus dos ramales, y fue surcado por numerosas barcazas cargadas con cereal  hasta que perdió vigencia con la llegada del ferrocarril. Actualmente se usa para regadío.

Quelle Beauté! exclama el francés cuando, llegados a Frómista, vemos aparecer esta pequeña joya del arte románico delante de nuestros ojos.



La Iglesia de San Martín de Frómista fue construida en la segunda mitad del Siglo XI por orden de Doña Mayor, condesa de Castilla y viuda del rey Sancho III de Navarra, como parte de un monasterio hoy desaparecido. En ella trabajaron algunos de los canteros que participaron en la construcción  de la catedral de Jaca. Después de sufrir un largo período de abandono, fue desmontada y reconstruida en el Siglo XIX . Junto a las catedrales de Jaca y Santiago y a la Iglesia de San Isidoro de León, representa la cumbre del románico español.

A la temprana hora en que llegamos, la iglesia todavía no estaba abierta. Philippe tenía interés por visitar el interior y se quedó aquí, mientras que los otros dos seguimos nuestro camino. Au revoir, mon ami! Nous nous reverrons, bien sûr!   A la salida de Frómista enlazamos con un andadero, lo que, salvo contadas excepciones, será la tónica general de las jornadas que quedan para llegar hasta León. Esta solución de construir una vía paralela al asfalto se adopta para salvaguardar la integridad física de los peregrinos en los tramos donde el camino coincide con carreteras asfaltadas y en un trazado con escasos desniveles.



Seguimos avanzando con la incómoda compañía de la carretera, y antes de llegar a Población de Campos dejamos a un lado la ermita de San Miguel, coqueta capilla construida en el Siglo XIII. Vamos pasando después junto a los caseríos de Revenga de Campos y Villarmentero de Campos, cada uno con su sobria iglesia parroquial. De vez en cuando cruzo algunas palabras con Ryohei que, aunque no sé si entiende todo lo que le digo, siempre sonríe. El paisaje no da mucho más de sí en los casi catorce kilómetros que hay hasta llegar a Villalcázar de Sirga, otra de las localidades del Camino que merece que se le dedique una parada.



La Villa perteneció a la Orden de los Templarios, que construyó un templo-fortaleza a finales del Siglo XII en un estilo de transición entre románico y gótico, la Iglesia de Santa María la Blanca, que por sus dimensiones más parece una catedral. Además de un rosetón frontal, sobre la portada principal destacan las figuras en piedra de Jesús y sus apóstoles. En su interior se conservan los restos del infante don Felipe y de doña Leonor, hijo menor y segunda esposa de Fernando III el Santo, el rey que unificó las coronas de Castilla y León en un solo reino. Su hijo mayor  Alfonso X el Sabio, se inspiró para componer las Cantigas en los numerosos milagros que se atribuían a la imagen de la Virgen que allí se custodia.


Después de la visita al templo me despido de Ryohei, que decide pedir plaza en el albergue y dar por terminada su etapa,  con lo que  a partir de aquí he de continuar  la ruta en solitario. ¡Adiós al "caballero de la eterna sonrisa"!    Antes de salir de Villasirga, me detengo un instante  en un mesón situado frente a la iglesia para tomar un tentempié (el obligado cañón con ración doble de tortilla). Me quedan casi seis kilómetros del monótono andadero que continúa por el páramo hasta llegar a Carrión de los Condes, ciudad que según el Códice Calixtino ya en la Edad Media era "rica en pan y vino".

Se entra en Carrión por la Avenida de los Peregrinos y, junto a los restos de las murallas de su casco antiguo, se deja a la derecha la Iglesia de Santa María del Camino, en la que se puede ver un pórtico lateral techado sobre cuatro arquivoltas. En las animadas calles del centro urbano se encuentra la fachada de la Iglesia de Santiago que, construida en el Siglo XII, se emplea actualmente como sala de exposiciones. Destaca por las trabajadas figuras del friso superior, donde se representa el Juicio Final con el Cristo en Majestad, los cuatro Evangelistas y los doce Apóstoles. Es domingo, hora del vermú, y la buena temperatura anima a la gente a salir a las calles, que parecen un hervidero de gente ociosa.


En la villa, cuna del Marqués de Santillana, hay además otros edificios civiles y religiosos dignos de mención, como  el Ayuntamiento, las murallas medievales, la Iglesia de San Julián, la de San Andrés, el Santuario de la Virgen de Belén y varias ermitas menores. Al salir de la localidad, después de atravesar el puente de piedra sobre el Río Carrión, frente a una frondosa chopera se alza el voluminoso Monasterio de San Zoilo, hoy convertido en hospedería, que guarda en su interior un hermoso claustro plateresco y cuya iglesia acoge las sepulturas de los Condes de Carrión.


Me enfrento a continuación a uno de los tramos despoblados más largos del Camino Francés. Casi diecisiete kilómetros de "travesía en el desierto" me esperan antes de llegar a Calzadilla de la Cueza, gran parte de los cuales siguen por lo que fue la antigua calzada romana denominada Vía Aquitana, trazada entre Burdeos y Astorga, de la que ya no se aprecian restos. El camino  tiene un firme amplio, compactado a base de tierra y gravilla; en el paisaje domina el secano y las rectas interminables, con escasas sombras y sin un solo pueblo ni fuente de agua potable, lo que hace obligatorio  iniciar el tramo con la cantimplora bien llena y algo de comida en la mochila.

Resignado a superar la tediosa prueba que tenía por delante,  acababa de echar a andar cuando una bendición se cruzó en mi camino. Era Pablo, el mejicano con quien había compartido mesa en la cena de la noche anterior en el albergue de Boadilla y que, a partir de ahora, sería para mí "San Pablo". Seguimos adelante juntos y, gracias a la animada conversación que entablamos, en la que tratamos temas de lo más variado, el que se preveía como recorrido inteminable se transformó en un agradable paseo en el que poco reparé en distancias o en tiempos.














A partir de la Abadía de Benevívere, hoy convertida en explotación agraria, la llanura sólo se ve alterada por un par de pajares, escasos arbustos o alguna solitaria encina. Las únicas referencias son los cruces de caminos que vamos dejando atrás, algún canal de riego o una moderna área de descanso sin agua potable montada en atención a los peregrinos. Pero llegamos por fin a nuestro destino, y a eso de las seis de la tarde vemos el cartel que anuncia el albergue a la entrada de Calzadilla de la Cueza, que con sus 75 habitantes es la mayor aglomeración urbana de esta parte del planeta.

Además de naves agrícolas y algún palomar, el pueblo tiene poco más de cuatro casas junto a la Iglesia de San Martín, levantada casi toda en ladrillo, y algún coche solitario aparcado en la calle. Aquí comienzan a verse las primeras construcciones de adobe y tapial, ya que el barro arcilloso será, mezclado con piedras o paja, la principal materia prima empleada en los pueblos de esta zona. El cementerio está un poco alejado del núcleo, destacando en el horizonte por su alto campanario. El lugar transmite soledad y aislamiento en medio del silencio.



Poco hay que contar de las horas que siguen. El movimiento de personas lo protagonizan casi en exclusiva los peregrinos que se trasladan desde el albergue hasta el único mesón donde sirven comidas. Después de dar buena cuenta del bocadillo que todavía llevaba en la mochila, me conformo con leer allí el periódico y tomar un café con leche. Hoy toca acostarse pronto. Mañana será otro día.



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viernes, 17 de diciembre de 2010

Etapa 13: HONTANAS - BOADILLA DEL CAMINO

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Sábado, 9-10-2010: De Hontanas a Boadilla del Camino (29 Km.)

  Chaparrón en el páramo. O Mors, O AEternitas.

Muy nuboso con lluvia, viento y aguaceros. Temperaturas frescas.


Todavía no ha amanecido. Las calles están mojadas por la lluvia caída durante la noche, y el ambiente muy húmedo, pero no llueve. Salgo de Hontanas siguiendo el cauce del Arroyo de Castellanos, siempre en paralelo a la carretera local que enlaza con Castrojeriz. En el camino hay algunos charcos y pequeñas zonas embarradas que se pueden sortear sin dificultad. Más adelante desemboca en la pista asfaltada, que poco después pasa bajo los arcos góticos de las ruinas del Monasterio de San Antón.




Fundado por Alfonso VII en el Siglo XII, fue convento y hospital de peregrinos. Sus monjes se dedicaban a curar a los que llegaban de Europa enfermos del Mal de Fuego o Fuego de San Antón, intoxicación originada al comer pan de centeno contaminado por el cornezuelo, que provocaba una enfermedad de tipo gangrenoso acompañada de convulsiones, quemazón y agudos escalofríos. Si el mal no estaba muy avanzado, la curación se producía al cambiar de alimentación e ingerir pan de trigo y vino santo; medicina que se completaba imponiendo al enfermo un escapulario con la Cruz Thau,  haciendo sonar las campanillas, y declamando las correspondientes bendiciones rituales.

Avanzando por la misma pista, enseguida entramos en Castrojeriz por el barrio de la colegiata, donde se encuentra la Iglesia de la Virgen del Manzano. A su lado un mesón, donde pararé a comprar un bocadillo con que completar mi mochila para la comida de hoy. Me encuentro aquí con el risueño japonés con el que llevo coincidiendo en el final de cada etapa desde hace ya varias jornadas, y desde aquí seguiremos caminando juntos. Antes de salir comienza a llover y hay que ponerse el chubasquero.



Castrojeriz es desde el Siglo X la primera villa castellana a la que se  concedió un fuero especial, por el cual se otorgaban ciertos privilegios a sus habitantes. Está ubicada en la ladera del cerro donde se emplazaba el Castrum Sigerici en tiempos de los visigodos, en cuya cima se conservan los restos de un castillo medieval.  Las edificaciones del casco viejo están ordenadas a ambos lados de la Calle Real, que se recorre rodeando el cerro. Entre buenas casas de piedra se encuentra la Iglesia de Santo Domingo, la Plaza Mayor y la Iglesia de San Juan Bautista, esta última, una auténtica fortaleza gótica construida a partir del Siglo XIII.

Camino ahora junto a Ryohei, un joven japonés que, una vez terminados sus estudios universitarios, se animó a hacer el Camino de Santiago para conocer otras culturas. De religión budista, domina el inglés y dice que está aprendiendo a hablar español, pero de momento debe de estar en el nivel de iniciación, porque nos entendemos a duras penas. Habla poco pero ríe mucho, y tiene curiosidad  por todo lo que nos vamos encontrando. Va con una simple camiseta de manga corta y lleva la mochila  protegida con el chubasquero, que debe ser su única prenda impermeable, porque aunque no con mucha intensidad, mientras avanzamos sigue lloviendo.

A la salida de Castrojeriz cruzamos el Río Odrilla por un puente de madera y enseguida encaramos la empinada subida al Alto de Mostelares, que con algo más de un kilómetro de fuerte pendiente y un firme con muchas  piedras sueltas, hace sudar a más de uno. Al llegar arriba adelantamos a un numeroso grupo de caminantes que prefieren detenerse allí a descansar y, tras un breve recorrido, llegamos al final de  la corta meseta, desde donde se puede contemplar una excelente panorámica del terreno que cruzaremos más adelante: las grandes extensiones de secano de la Tierra de Campos. Bajamos de nuevo al llano dejándonos llevar por la pendiente, casi a la carrera.



El tránsito entre la provincia de Burgos y la de Palencia lo hacemos cruzando el Río Pisuerga por el Puente Fitero, situado entre las localidades de Itero del Castillo e Itero de la Vega, un  extraordinario puente románico con once arcos de piedra que fue mandado construir en el Siglo XI por el rey Alfonso VI como paso fronterizo entre los reinos de Castilla y de León. Con algo más de 200 metros es uno de los puentes más largos del Camino de Santiago.


Cuando retomamos las pistas agrarias por los campos de trigo ahora segados, comento con Ryohei que nos movemos por la meseta de Castilla. ¡Sí, sí... meseta... conozco!  y que, a pesar de la lluvia, tenemos mucha suerte de venir en esta época, porque en verano hace por aquí ¡muuuuucho calor!, y en invierno ¡muuuuucho frío!. Nada más oportuno que esta breve lección de climatología de la zona porque, al cabo de un rato, aparecen al frente unos nubarrones negros que anuncian lo peor, y casi sin darnos cuenta  nos vemos metidos en medio de un aguacero de los que lanzan agua "a dolor". El fuerte viento le arranca el chubasquero de la mochila y, a duras penas y con la ayuda de unos imperdibles que llevo a mano, conseguimos colocarlo de nuevo "en su lugar".
 
Aislados en medio del páramo, nada a la izquierda, nada a la derecha, camino por delante, y camino también al mirar hacia atrás. Ni un lugar donde guarecerse... ni un árbol... ni una triste roca... ¡Nada...! Estamos casi a ocho kilómetros del próximo albergue. Nos toca seguir andando y esperar a que escampe...

Como el asunto se endurece por momentos, ponemos al mal tiempo buena cara y seguimos avanzando a buen paso, ayudados por el ritmo rápido de alguna canción que nos anima. Al principio nos reímos ¡Más vale reír que llorar! pero el agua, el viento y el frío siguen actuando sin misericordia.

Yo voy bien equipado para el agua, pero este hombre ya lleva la camiseta pegada a la piel, con la ropa completamente chorreando, y lo está pasando mal. Comienza a quedarse atrás. ¡Ánimo, Ryohei!

Nos llevó algo más de una hora de marcha acelerada alcanzar el primer lugar a cubierto, una casa rural con albergue y restaurante que encontramos al llegar a Boadilla del Camino. El viento y la lluvia no cesaron ni un instante.

Enseguida nos recibió el hospitalero, que estaba preparando la calefacción en previsión de que los peregrinos llegasen con mucha ropa que secar al calor de la estufa. Aunque en principio habíamos previsto andar cinco kilómetros más, para terminar la etapa en Fromista, la situación no se prestaba para volver a salir, y decidimos terminar aquí la jornada.



Ya al calor del albergue, después de una buena ducha y con la ropa seca, las cosas se vuelven a normalizar.  En un momento de descanso, después de comer el bocadillo que traía desde Castrojeriz, veo a  Ryohei consultando el diccionario. Con inmensas dificultades para encontrar las palabras adecuadas, me confiesa que hoy ha aprendido que el camino es algo más que andar.


Poco después recibo un mensaje en el móvil. Desde la distancia una persona muy próxima a mí me pregunta si el manto del apóstol me ha protegido de la lluvia. Pero está claro que en este día, el apóstol llevaba puesto el manto que protege a los agricultores y beneficia a la Tierra de Campos.

A las circunstancias inesperadas de hoy se unirá aún otra más, en este caso positiva. A eso de las cinco de la tarde,  Philippe aparece en el dormitorio del albergue. Se han cumplido mis palabras cuando nos despedimos en la ermita de Eunate "Nos volveremos a encontrar en el camino" ¡Bienvenido, amigo!

Boadilla del Camino es una pequeña localidad que no alcanza los doscientos habitantes. Detrás de la Iglesia de la Asunción se encuentra su monumento más destacado. Se trata de un Rollo Jurisdiccional del Siglo XV, especie de columna de piedra labrada que conmemora la autonomía que Enrique IV otorgó a la villa, por la que dejó de estar sometida a la jurisdicción de los señores de Castrojeriz.


Aunque el pueblo da poco más de sí, en el interior del albergue, cuya construcción tiene todo el aspecto de haber sido una tradicional venta castellana, hay algo que destacar.  Junto al dormitorio que ocupamos hay otro que guardan como "oro en paño", porque trata de ser una reproducción de los hospitales que atendían a los peregrinos en épocas pasadas. Con paredes de adobe y techos de madera, cuenta con dos plantas en la misma estancia. La parte superior, a la que se accede por una escalera casi vertical, tiene el suelo también de madera y está sujeto al resto de la estructura con gruesas cuerdas, con lo que el conjunto cruje  cuando se pisa sobre él. Mereció la pena dedicarle unos minutos.



Como no podía ser de otra manera, cenamos en el comedor del albergue, donde nos reunimos diez personas en torno a una mesa  "internacional", entre las que no se repite ninguna nacionalidad salvo la excepción de los dos franceses. Un alemán, un italiano, un noruego, una holandesa, un japonés, un australiano, un mejicano y un español completan el reparto. Como a los antiguos peregrinos, nos sirven una cena típicamente castellana en recipientes de barro. Al vino tinto le acompañan unas buenas sopas de ajo, alubias pintas y estofado de ternera. Un flan y unos chupitos de orujo completan el menú.


¡Al final no fue tan malo el chaparrón! ¡Pues va a tener razón Philippe cuando dice: "il faut toujours faire confiance à la providence"!



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domingo, 12 de diciembre de 2010

Etapa 12: BURGOS - HONTANAS

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Viernes, 8-10-2010: De Burgos a Hontanas (32 Km.)

  La reencarnación de Búfalo Bill

Muy nuboso por la mañana y despejado por la tarde. Temperaturas agradables.



Burgos marca para muchos peregrinos un punto final en el Camino. Bien porque finalizado su tiempo han de terminar aquí su andadura, o bien porque utilizan otros medios para dar un gran salto hasta León, evitando así atravesar la meseta, a la que consideran monótona, solitaria y aburrida. No saben lo que se pierden.

Al salir del albergue, el camino recorre uno de los  laterales de la Catedral y, siguiendo calle arriba, abandona el recinto amurallado por el Arco de San Martín. Tras cruzar el Río Arlanzón continúa por el Parque del Parral en dirección al Campus Universitario y a las últimas urbanizaciones de la ciudad. Me detengo al pasar junto al Hospital del Rey, lugar de acogida de peregrinos desde el siglo XII, que ha sido recientemente restaurado y convertido en sede del Rectorado de la Universidad. Se trata de un conjunto renacentista estructurado alrededor de una iglesia, cuyos patios y jardines merece la pena visitar.


El recorrido que viene a continuación no ofrece muchas alegrías logísticas y hoy todavía no he desayunado. Aprovecho que justo enfrente hay un lugar adecuado y me detengo a desayunar, a comprar un bocadillo y un par de frutas que me servirán de comida, y a cargar la cantimplora de agua. Una vez estoy bien aprovisionado ¡Tira millas!

A la altura de Villalbilla, donde se superan las últimas urbanizaciones a la salida de la ciudad,  la ruta avanza por la Vega del Arlanzón dejando atrás el ruido de las vias del tren, algún tramo de carretera y más de un cruce con la autopista. Sobrepasada la cercana localidad de Tardajos, enseguida llega el silencio y la paz que caracterizan el transcurrir por los amplios y despejados campos de Castilla.


Al salir de Rabé de las Calzadas, un pequeño pueblo de 200 habitantes edificado en torno a la Iglesia de Santa Marina, vuelven las amplias extensiones dedicadas al cereal, dominadas en esta época del año por los colores ocres del barbecho.

Poco que destacar hasta llegar al desvío que lleva a la Fuente de Praotorre, un verdadero oasis junto al camino donde descansar al abrigo de una chopera. Al acercarme, me cruzo con una peregrina que me advierte, con gesto de frustración, de que no merece la pena molestarse, porque "la fuente está seca". Sigo adelante a pesar de la advertencia porque, más que rellenar mi cantimplora con agua fresca, mis necesidades más urgentes requieren que descargue el líquido que me sobra en un lugar apartado... 

Una vez relajado el espíritu desvío mis intereses hacia la fuente, que recuerda a las que salen en las películas del oeste, y es entonces cuando aprecio algún detalle que me hace pensar... A un lado, varias botellas de agua que parece potable... en las paredes, inscripciones en varios idiomas con un mensaje coincidente... ¿Seguro que la fuente está seca?

Para ver el vídeo, "zóupalle ó Play"

Más que una fuente, se trata de una bomba de agua manual, que hay que cebar para que no funcione en vacío.  Por eso había a su lado unas botellas con agua... y multitud de inscripciones en varias lenguas hechas a mano por los peregrinos, advirtiendo con insistencia del asunto. ¡No hay como ser de ciudad para sorprenderse cada día con los pequeños descubrimientos que nos emocionan de la vida rural! Suerte tuvo la pareja que llegó detrás de mí, que tampoco veían la manera de saciar su sed, y quedaron eternamente agradecidos. No costaría nada poner un cartel bien visible, con las instrucciones claras, para evitar un mal rato al peregrino que llega sediento.


El siguiente trecho discurre por una larga y árida meseta que termina desembocando en la bajada de "Matamulos", una fuerte pendiente que desciende a la "Castilla profunda" donde se encuentra Hornillos del Camino.

Aunque no alcanza a reunir cien vecinos, esta pequeña localidad que se articula a ambos lados de su Calle Real cuenta con un albergue de peregrinos. Junto a la Iglesia de San Román hay un monolito coronado por un gallo blanco que recuerda el milagro de Santo Domingo de la Calzada. Aquí vuelvo a encontrarme con la peregrina que no encontró agua en la fuente. Por fin había conseguido saciar su sed.



Al salir de Hornillos, siguiendo siempre por una amplia pista agraria, se inicia la subida a una nueva meseta tan falta de referencias visuales como la anterior. Hay que recorrer casi seis kilómetros para llegar a San Bol, un pequeño oasis algo apartado del camino y en medio de una chopera, donde se encuentra un diminuto albergue ya cerrado en esta época del año. Aunque el agua mana de forma abundante bajo unas piedras, el caudal está canalizado hacia una especie de abrevadero. Sopla un viento bastante fresco, pero aprovecho la quietud del merendero para comer el bocadillo que llevo en la mochila. Algún peregrino pasa por aquí sin detenerse.



De vuelta al páramo, nada nuevo rompe la quietud infinita  de estos campos solitarios. El cruce con una carretera local y un cartel que anuncia el albergue de una localidad próxima son los únicos elementos que destacan en un paisaje invariable. Sopla una suave brisa... Ancha es Castilla... Pero de forma casi inesperada el terreno comienza a descender formando una hondonada, donde surge un nutrido grupo de casas en torno a una iglesia. Se trata de la localidad de Hontanas que, con sus 67 habitantes, es el destino final de mi etapa de hoy.


Junto a la iglesia, en el centro del pueblo, está el albergue El Puntido. Ubicado en una casa del Siglo XVIII restaurada, cuenta con  un pequeño bar  con terraza exterior y un buen comedor donde sirven comidas. Muy bien acondicionado, su única diferencia con una casa de turismo rural es que en los dormitorios hay literas. Buenas duchas, cocina y lavaderos con secadero al sol, y buena atención. Elijo una cama en uno de los dormitorios del primer piso. He llegado pronto y tengo tiempo sobrado para asearme, lavar la ropa, descansar y preparar la etapa de la próxima jornada. Mientras, irán llegando el resto de peregrinos.


Una vez concluidas mis tareas reservo algo de tiempo para descansar, y me tumbo sobre la cama atravesado, mirando al techo, y con los pies en alto apoyados en el radiador de la pared.

En la cama de al lado hay un vecino también recostado. Un tipo de semblante triste, alto, enjuto y ya entrado en años, con una respetable cabellera gris y con una perilla más bien larga, de varios meses. Al cabo de un rato todavía no le he oido articular una sola palabra, y para romper el hielo le comento alguna de las cualidades del albergue... Por su contestación le entiendo que es americano de "iuesei" y que no habla español. Utilizando mis más amplios recursos lingüísticos, de una sola vez y con una perfecta entonación  le digo: "I don´t speak English", y ambos seguimos inmersos en nuestra fase de meditación...


En la posterior visita al pueblo tendré tiempo a recorrer todas sus calles y rincones. A la salida del albergue, detrás de la iglesia, hay una espléndida fuente y una casa de turismo rural donde entro a tomar una cerveza. Un poco más abajo, siguiendo la Calle Real, hay otro albergue recién inaugurado en una casa que también ha sido restaurada con muy buen gusto.

La Iglesia de la Inmaculada Concepción, con una recia torre neoclásica, está atendida por una mujer que la mantiene abierta a los peregrinos. El olor a humedad en su interior y una importante grieta que amenaza la integridad de su estructura, transmiten un aspecto de resignado abandono, aunque la buena señora asegura que la grieta lleva ahí desde que ella tiene memoria.

En un rodeo por el exterior del pueblo observo la actividad de varios paisanos, que descargan uva de un tractor para introducirla en el interior de una cueva. Al acercarme a curiosear, involuntariamente me convierto en el centro de atención y me invitan a probar unas uvas o un vaso de mosto, lo que quiera. Acepto gustoso el vaso de mosto, que me confiesan que sale turbio porque está recién pisado con los pies, a la manera tradicional que ya casi ha desaparecido. Buen vino ha de salir de un mosto tan agradable.


Continúo después con el rodeo que me llevará hasta el cementerio, en este caso separado de la iglesia, y dando por finalizada la visita, de vuelta hacia el albergue me entretengo delante de la puerta de un almacén a contemplar cómo una señora está debullando un buen montón de almendras.  En ese momento, suena a mi espalda una voz femenina:

- Perdón, señor, buenas tardes. ¿de dónde es usted?
- Buenas tardes, soy de La Coruña.
- Veo que le gustan las fotografías. ¿Le gustaría retratar una obra de arte? Le digo esto porque Ud. es español, que si fuera extranjero no se lo diría. ¡Esos son muy raros!
Sorprendido por la proposición, le contesto un tanto desconfiado:
- Pues sí... en serio... me gustaría.
Allí al lado, me conduce al interior de otro almacén. Tras su portalón metálico se encierra una auténtica sorpresa.



Se trata de una maqueta de la catedral de Burgos en madera que su marido ha ido tallando en los ratos libres. En otro rincón está también la iglesia del pueblo con el retablo y el resto de su interior a escala, incluida una figurita que representa al párroco dando misa, además, una maqueta de Hontanas con todas sus calles y casas, y otras obras de arte del estilo ¡Y Yo que pensaba que este pueblo tenía poco que ver!.

Esta noche en el albergue nos hemos reunido un buen grupo a cenar en torno a una mesa, por primera vez compuesta toda de españoles. Cinco catalanes con los que coincidí en el Hospital del Rey, a la salida de Burgos, una pareja de murcianos, recién casados, dos madrileños y un gallego. Alguno no se podía explicar la razón por la cual el gallego se había desplazado tan lejos para volver a casa haciendo el Camino desde tan lejos. Después de una agradable y amena conversación, supongo que seguirá con la duda.



A mitad de la cena comenzó a llover, y estuvo descargando agua durante buena parte de la noche. Aunque no hace frío, la predicción para mañana es que seguirá lloviendo. Ya veremos cómo levanta el día, ahora toca acostarse a dormir. Cuando entro en el dormitorio, mi silencioso vecino ya lleva un rato en posición horizontal, con las luces apagadas.

Mi litera está próxima a la pared, justo al lado de la puerta de salida. Cuando todavía no he caido en las profundidades del sueño, alguien abre la puerta con sigilo y se activa el detector de presencia que enciende las luces del pasillo. Se trata del americano made in USA, que a modo del "caballero de la triste figura" sale a los servicios. Lo curioso es su indumentaria, que parece copiada de una película de vaqueros. Lleva un auténtico pijama de felpa de cuerpo entero, de esos que tienen una simpática abertura con dos botones en el trasero. ¡La viva estampa del mismísimo Bill Cody en sus momentos íntimos! El hombre debe de tener la próstata hecha fosfatina, porque después de repetirse la misma escena al menos en otras cinco ocasiones a intervalos regulares, mi estado de semiinconsciencia se convierte en una mezcla de imágenes que perturban mi cerebro una y otra vez: Seguro que se trata de la reencarnación de Búfalo Bill... O será un auténtico cuáquero de Pensilvania...  ¡Ya lo tengo! ¡Estoy durmiendo junto al abuelo de Lucky Luke redivivo!


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